Opinión

Esta columna es una carta

“Esta canción es una carta, esta carta es un poema, este poema es la cara de la cruz de mi moneda“. Así comienza uno de los temas del disco Por Martínez Ares, la obra con la que el carnavalero gaditano de los versos portentosos quiso alumbrar sus propias canciones para el público general más allá de las tablas del Falla. Como bien dice la letra, la canción es un puro poema. Un poema de amor. Y hoy, que estamos en el día mundial de los amores, ha venido a mi memoria. Me la han recordado los certámenes que por estas fechas se extienden por nuestra bella geografía: concursos literarios de género epistolar y de temática amorosa. Será que por San Valentín afloran nuestros mejores sentimientos y recuperamos parte de esta deliciosa costumbre que consistía en escribir a quien se quiere. No es que hayamos dejado de hacerlo del todo pero los emoticonos y los hashtags le han quitado parte del encanto a la cosa.

“Esa sequía en los labios, ese silencio sicario de las noches carceleras, ese frío por los huesos, esa mantita en invierno que no es la que yo quisiera”. Ya no se escriben cosas como estas desde que Correos solo lleva paquetes de compra online y la gente —como el coronel— ya no tiene quien le escriba. Desde que los buzones físicos no nos dan alegrías sino facturas y publicidad del chino, las personas se quieren un poco menos. Y es que las cartas nos entregaban mucho, y lo apresaban entre sus líneas para que el amor no se escapara del papel. Eso han debido pensar en Barakaldo o en Calamocha, donde llevan décadas organizando concursos de cartas de amor. Este año, por ejemplo, uno de los premiados presentaba una original misiva en la que era la propia carta la que se escribía a sí misma y se enamoraba de una de las personas a las que iba destinada. Otra de las galardonadas planteaba la carta que una esposa escribía para que, en su ausencia por motivos de salud, alguien fuera a visitar a su esposo y se ocupara de él. Lealtad, entrega, generosidad, pero también seguridad en uno mismo, independencia y respeto. Todo eso es amor y, como diría el bueno de Lope, quien lo probó lo sabe. Y quien no lo sabe, no ama.

Estamos ante la muerte de las cartas de amor, como estamos ante el cadáver del amor romántico. Un buen lema sería: “el amor romántico ha muerto, viva el amor”. Y es que estamos —deberíamos estar— enterrando la dominación, la supremacía, la renunciación. Deberíamos estar celebrando y celebrándonos a nosotras y a vosotros. Así concibo yo este día y todos los demás. Un día, tan bueno como cualquier otro, para abrazarnos bien fuerte, para besarnos en la calle, en los pasillos de la oficina y en la planta de oportunidades de El Corte Inglés. Un día para significar por nosotros mismos y dotar de más sentido a la vida de otro, de otra, de otros. Porque en esto del amor, como en las cartas, lo importante es tener quien nos escriba y tener ganas de escribir. Pero, por encima de todo, lo importante es que aún nos queden cosas por decir. “Ese sueño que termina cuando bajo por tu pecho. Ese anillo que me dice que para comer perdices antes hay que leerse el cuento”.

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