Gente sin casa

Esperanza, al borde del desalojo: “He pensado hasta en prostituirme para pagar el alquiler”

Una alemana de 43 años que llegó al país con una falsa promesa de empleo relata su calvario ante la deuda que le reclama su casero y que quiere saldar a toda costa para mantener su vivienda

Esperanza es el nombre ficticio que elige para ser nombrada en este artículo. No es el verdadero, pero quiere pensar que, como es lo único que se pierde, las cosas empezarán a irle mejor que hasta ahora. Es alemana de nacimiento, tiene 43 años, y tres hijas de 25, 19 y siete años, a las que cría sola, desde hace muchos años. Lleva dos años en España y, desde entonces, han sido pocas las alegrías que ha tenido, ya que llegó con una promesa de trabajo que nunca se hizo realidad. Ella tiene formación médica, profesión que ejerció durante un tiempo, hasta que le detectaron una alergia que era incompatible con el desempeño de su trabajo. Luego, por su pasión por el deporte, fue monitora en colegios e institutos alemanes, también en Barcelona, donde vivió una temporada, para luego volver a su país natal e intentar de nuevo suerte en España en un hotel de Chiclana.

O eso pensaba ella. Acudió a una entrevista de trabajo, donde le confirmaron que la contratarían unos meses después, tiempo que aprovechó para preparar la mudanza con sus tres hijas, aunque cuando llegó al municipio chiclanero se encontró con un portazo en las narices. “Fue un engaño”, sostiene, ya que no llegaron a formalizar esa promesa. “Me vi en la calle”, explica Esperanza, a la que un día después le robaron dinero y la tablet donde tenía las pruebas que podía culpar al hotel de haberla engañado. “Una mujer me vio llorando y me ayudó en esos primeros instantes, porque no sabía qué hacer”, rememora con las lágrimas cayéndole por las mejillas. Entonces se vio sin trabajo y sin un techo bajo el que cobijarse con sus hijas —ya que el acuerdo incluía alojamiento—, por lo que empezó a dar clases particulares “para sobrevivir”.

Esperanza atiende a lavozdelsur.es mientras sostiene un pañuelo con el que se seca las lágrimas. FOTO: MANU GARCÍA.

Esperanza sabe cuatro idiomas —alemán, inglés, italiano y español—, aunque su formación no le está sirviendo para hacer más fácil su búsqueda de empleo, por lo que ve pasar las horas y los días con angustia, ya que le debe dos meses de alquiler al casero de la vivienda que habita en Jerez. El propietario le da de plazo una semana para que salde la deuda que tiene pendiente —de unos 750 euros— o de lo contrario intentará forzar su desalojo, lo que la pone en una situación “extrema”. La desesperación hace que se plantee hasta medidas extremas: “He pensado hasta en prostituirme para poder pagar el alquiler”.

“No quiero pensar en todo lo que he pasado, soy positiva y me ha salido mucha negatividad”, dice Esperanza, quien ha enviado su currículo a todo tipo de ofertas: supermercados, tiendas, como limpiadora… “Busco lo que sea”, dice. Algunas ONG como Cáritas la ayudan a llevar la nevera, y la asistenta social también le ha concedido alguna vez un cheque de alimentos, aunque señala: “No quiero limosna, quiero un trabajo”. Ella se muestra dispuesta a ejercer de lo que haga falta. “Tengo experiencia como camarera pero me rechazan, no sé si porque creen que soy muy mayor o por qué”, señala.

“No puedo quedarme en la calle otra vez”, repite como un mantra a lo largo de la conversación, “eso sería un palo muy duro para mi niña”. De momento prefiere luchar para quedarse en Jerez, para lo que pide más ayuda por parte de los servicios sociales. “No entiendo cómo no asisten a una madre soltera”, sostiene, y agrega que lucha para “apoyar a otras mujeres que se encuentran en la misma situación”. Su sangre española —“mi padre es de Barcelona”, dice— la hace apostar por un país que solo hace darle motivos para estar triste, aunque lucha contra eso: “Soy positiva, siempre pienso que va a salir todo bien”.

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