Opinión

La España del Cid

El pasado octubre, en una de las sesiones de investidura, un diputado de extrema derecha llamó analfabeto a Pedro Sánchez porque éste acusaba a esa formación política de defender “la involución y la marcha atrás en la historia” y, como ejemplo, conectaba en la misma frase a Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, del siglo XI, con la toma de Granada por los Reyes Católicos en el siglo XV.

No hay una figura histórico-legendaria, desde el año 1200, en que se compuso al parecer la versión conservada del famoso Cantar, hasta la actualidad, que haya ejercido mayor fascinación y haya generado más literatura, cantares de gesta, romances, poemas, novela histórica u obras de teatro, no sólo en nuestro país, sino también a nivel internacional. Y lo mismo ocurre con la pintura, las obras musicales desde óperas hasta canciones estilo rock, las películas -la más emblemática y a la vez anacrónica sigue siendo la americana de Anthony Mann El Cid, de 1961- o las cintas de dibujos animados.

La literatura y pintura en torno a Rodrigo Díaz de Vivar tuvo mucho éxito en época romántica, en la que se forjó el arquetipo de un personaje fundamental en el imaginario colectivo español, modelo de invicto caballero cristiano, político hábil, juez generoso, amante esposo y padre de familia y símbolo perfecto de las esencias patrias. Como tal alimentó el nacionalismo español de mediados del siglo XIX, y así lo reflejó la pintura historicista de la época. Lo cierto es que la figura del héroe castellano se ha ido transformando en función de las necesidades ideológicas a lo largo de la historia de España. Y es que lo más interesante de los mitos es su capacidad de adaptación a contextos y situaciones diferentes.

Ya en el siglo XV, en que se le comparaba con Santiago o San Isidoro, hubo un intento de canonización por parte del monasterio de Cardeña, y la idea de su santidad se mantuvo durante mucho tiempo. Con la invasión francesa, en cambio, se produce una desacralización del personaje, siendo sus restos profanados en el monasterio de Cardeña, aunque el general Thiébault le erige un túmulo en Burgos, monumento que fue destruido tras la expulsión de las tropas galas.

Hemos hablado de su amplia popularidad durante el siglo XIX. A principios del XX, Joaquín Costa,  ante la decadencia y atraso del país y ante el desastre del 98, con el desmoronamiento de lo que antes había sido un imperio, resume su ideario regeneracionista en el famoso lema Escuela, despensa y siete llaves al sepulcro del Cid, frase que simboliza su afán por europeizar y modernizar España en lo político, lo social y lo económico, porque veía al país anclado en la alabanza de las glorias del pasado y en el corrupto sistema caciquil de la Restauración, y por tanto, sin posibilidad de progreso.

Es lógico entonces que la figura del Cid fuera recuperada e incorporada a su aparato de propaganda por los vencedores en la guerra civil a partir de 1939. José López Prudencio, escritor del bando franquista, en una crítica a Costa hace precisamente alusión al “glorioso 18 de julio en que El Cid rompió las cerraduras de su sepulcro”.

Aunque Menéndez Pidal, principal estudioso del Cantar, tuvo dificultades con el régimen franquista, debido sobre todo a su neutralidad política, no por ello sus teorías, particularmente la del tradicionalismo en cuanto forma de pensar y sentir el pasado, dejaron de ser utilizadas durante este periodo. Especialmente el patriotismo y fidelidad al rey Alfonso VI de Rodrigo Díaz inspiran la unidad nacional propiciada por el bando vencedor.

O lo que es lo mismo: la defensa que Menéndez Pidal hace del Cid como héroe nacional contribuyó, aunque ésta no fuera su intención primitiva, a alimentar la necesidad de un caudillo militar que convirtiese otra vez a España en esa “unidad de destino en lo universal” que proclamaba José Antonio, frase que, los que tenemos cierta edad, estudiábamos en el instituto como algo incomprensible pero que sonaba muy bonito.

La conocida Enciclopedia Álvarez, compendio de conocimientos para los niños de aquellos años, recogía sobre El Cid afirmaciones de este jaez:

“Hace mucho tiempo entraron en España unas gentes que no eran cristianas. Se llamaban árabes y se apoderaron de casi todo nuestro suelo. Los cristianos españoles lucharon durante ochocientos años con ellos y por fin los echaron de nuestra Patria. Entre los guerreros cristianos sobresalió uno que se llamaba el Cid. Este famoso guerrero venció a los árabes en muchísimas batallas y les quitó la ciudad de Valencia. El Cid es considerado modelo de caballeros porque era muy bueno y todo lo hacía bien”.

Hoy la aproximación a esta figura semilegendaria es muy distinta. En su última novela, Sidi, Pérez-Reverte recrea con mayor conocimiento histórico la atmósfera fronteriza de los reinos de taifas. En sus páginas, mesnadas salvajes de tipos duros cabalgan por un escenario violento en el que las lealtades se miden más por el valor en la batalla que por la religión, y la amistad entre iguales es uno de los valores más apreciados, por encima de diferencias sociales, nacionalismos, razas o credos.

El pasado diciembre salió a la luz un libro de David Porrinas, historiador de la Universidad de Extremadura, titulado El Cid: historia y mito de un señor de la guerra, publicado por la editorial Testa Ferro y ampliamente documentado tras 20 años de investigación. En él se retrata a un Cid Campeador (de Campidoctus, “experto en el campo de batalla”) como un híbrido de héroe, oportunista, político y hombre brutal. Un hombre que, como mercenario, hacía tratos con cristianos lo mismo que con moros -por ejemplo, con el rey musulmán de Zaragoza, Al-Muqtadir- y que, con una inteligencia práctica muy hispánica, acabó alcanzando la dignidad de príncipe autónomo de Valencia, tras un duro y prolongado cerco de esta ciudad no exento de episodios oscuros.

Rodrigo Díaz, lo mismo que su señor Alfonso, su adversario catalán Berenguer o sus fieros enemigos almorávides, hacían fortuna con el botín obtenido en las victorias o la cobranza de las parias a las ciudades derrotadas. Sus cabalgadas no tenían lugar por una fe y un país unidos, sino gracias a la disolución de Al-Andalus, descompuesta en muchos reinos de taifas enfrentados entre sí después del colapso del Califato Omeya.

Difícilmente, por tanto, puede ser El Cid símbolo de una unidad nacional ni de la España eterna, sino más bien de la posibilidad de entendimiento -o alejamiento, según el caso- entre las distintas religiones y culturas que coexistían en esa Alta Edad Media hispana por la que transcurrieron sus “algaras”.

Hoy día, los manuales escolares se acercan algo más a la realidad histórica del guerrero burgalés. Por ejemplo, el libro de Geografía e Historia de la editorial Vivens Vives de 2º de ESO, en su página 94 afirma:

“Rodrigo Díaz de Vivar (1043-1099), apodado “El Cid Campeador” fue un caballero castellano que sirvió a Alfonso VI de Castilla y también al rey de la taifa de Zaragoza. Sus hazañas le convirtieron en un personaje mítico de la Edad Media castellana”.

En cuanto al Cantar, anónimo y atribuido a los más diferentes autores, la especialista en Filología árabe Dolores Oliver Pérez, en su documentadísima obra El cantar de Mío Cid: génesis y autoría árabe, publicado en Almería por la Fundación Ibn Tufayl de Estudios Arabes en 2008, tras un análisis directo y detallado de las fuentes tanto árabes como romances, plantea como hipótesis que fue una obra de propaganda política compuesta en la corte valenciana de Rodrigo en 1095 por el célebre jurista y poeta Abu-I-Walid al-Waqqasí. El talento y espíritu tolerante de este sabio musulmán le habría llevado a ganarse la confianza del Campeador y a conseguir que se tratase con justicia y generosidad al pueblo valenciano.

Al-Waqqasí habría ayudado al Cid a gobernar la capital del Turia, le habría creado una corte literaria que le diera prestigio, en la que se leían las gestas de los paladines árabes, y habría compuesto en su honor una epopeya, que recitada ante sus nuevos súbditos en árabe vulgar y en romance, le habría permitido obtener el perdón por los sufrimientos sufridos a lo largo del cerco y a hacer que se sintieran orgullosos de tenerlo por “señor” (“Sidi”, en árabe dialectal) o “Cid”.

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Un comentario

  1. Pues mal empezamos cuando en un libro escolar se llama a Alfonso VI rey de Castilla. Alfonso VI nunca se intitulo rey de Castilla sino rey de la Corona de León.

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