Versión original

Entre la realidad y el deseo

Es seguro que, en lo que dura un año, todos hemos pasado por momentos buenos, dulces y también por situaciones amargas o complicadas. Siempre es así y siempre será así. La vida para nuestra fortuna, no es plana, no es una línea monótona ni en las alegrías ni en las tristezas, por eso, cuando hacemos balance, es recomendable no cebarse en la apreciación que todos tenemos de cuáles han sido los acontecimientos más importantes o los más recordados, como cuando escuchamos una conferencia, un discurso o una clase magistral: que solemos rememorar con más claridad el comienzo y el final de la charla (por eso los buenos oradores preparan con especial dedicación las formas y fondo del comienzo y final de sus discursos).

En cualquier caso el fin de año nos sirve para, como punto de partida, predisponernos a avanzar lo que queremos para los próximos 365 días, es decir, repasamos y hacemos una descripción del estado actual e intentamos describir el estado deseado para el futuro. Esa es la pulsión de cambio, y cuando me refiero al “cambio” entre otras acepciones señalo la adaptación del hombre al mundo, y esa capacidad adaptativa precisa de cambio porque la evolución del mundo (tanto del mundo físico como el social, lo externo y lo interno) es tal, que una actitud inmovilista nos fija en el pasado y no nos permite conciliarnos con lo que hay y habrá.

Cambiar, por lo tanto, no es un acto que solamente se produzca con la participación de la voluntad, no es solo un acto volitivo que se ejecuta en un momento determinado, es un camino, el camino del cambio, el cual precisa que esa voluntad se acompañe de una serie de acciones, como es que se inicie identificando que es lo que quiero cambiar. En ese camino imaginamos el estado deseado, nuestra mente nos dibuja nuestros deseos, como queremos que esos cambios se hagan realidad en el futuro, y así, en nuestras ensoñaciones, disfrutamos con lo que “esperamos”, esas expectativas que nos mueven y deseamos vivir. Es como cuando somos capaces de ver en nuestra imaginación el coche que nos vamos a comprar porque nos ”va” a tocar la lotería. Nos imaginamos que lo conducimos, vemos esos lugares que queremos ver y que con ese coche conseguimos. O cuando queremos a alguien e inmediatamente nos imaginamos como vamos a estar con ella, hacemos casi un plan imaginario de vida, todo placentero por supuesto.

El paso más importante para que ese camino del cambio no se tuerza o, cuando menos, sea posible su consecución en el tiempo, es “convertir el pensamiento en acción”. Hay personas que tienen especial capacidad para que su visión sea concretada en la ejecución de las misiones que contempla y otras personas que van dando palos de ciego porque, posiblemente, no tienen claro lo que desean, vértigo o simplemente que sus imaginaciones no dibujan con claridad que es lo que quieren hacer.

Todos ponemos entre paréntesis nuestros deseos, es más, en muchas ocasiones no somos capaces ni de discernir que es lo que realmente queremos y desde luego, a veces, no tenemos claro si lo que queremos es lo que nos conviene, por eso, entre otras tipologías humanas tenemos a los idealistas y también a los pragmáticos. Pues bien, el camino del cambio pasa por hacer una buena mixtura de ambas personalidades, conseguir que lo que deseamos no pase desapercibido por nuestra mente y que tengamos la sagacidad de concluir si nos interesa o no. La vida es una aventura, desde luego, pero no tiene que ser una aventura sin un mínimo de seguridad, de la misma manera que un alpinista sensato no se atrevería a escalar las más altas cumbres sin tener los medios suficientes que le garanticen en alguna medida su integridad física.

Por todo esto es muy importante que seamos capaces de establecer correctamente cuales son los estados deseados y ponerlos en contradicción con nuestra intimidad, verificando claramente que es lo que realmente queremos, que es lo que podemos y que es lo que nos asegura un estado de flujo, a lo mejor menos intenso, pero más duradero o más gratificante a largo plazo.

Terminado el año, propósito de mejorarnos y de encontrar lo que queremos, y de querer lo que encontramos.

Feliz año 2020 a todos los lectores de este periódico y de estos artículos que no son más que un divertimento que me permite, fundamentalmente, a través de esta forma de comunicación, conciliarme conmigo mismo y comunicarme contigo. No se si decir eso tan manido de que lo mejor está por llegar, pero desde luego te lo deseo con todo mi cariño. Todo tuyo. Todo vuestro. Y recuerda lo que le dijo Clint Eastwood a Meryl Streep en Los Puentes de Madison: Tuve viejos y buenos sueños, ninguno se cumplió, pero fue bueno tenerlos

Etiquetas

Más artículos en esta categoría:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *