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En la bodega más antigua de Jerez

En el palacio de Campo Real, en el barrio de San Mateo, visitamos el histórico edificio, fechado entre 1480 y 1490, junto a sus propietarios, Manuel Domecq-Zurita y Carmen Cristina López de Solé.

En el palacio de Campo Real, en el barrio de San Mateo, visitamos el histórico edificio, fechado entre 1480 y 1490, junto a sus propietarios, Manuel Domecq-Zurita y Carmen Cristina López de Solé.

Boabdil no había entregado las llaves del reino de Granada a los Reyes Católicos y, por ende, Colón ni siquiera había puesto sus pies en América, pero en Jerez, la Sheris de los musulmanes, la Xerez de los cristianos tras su reconquista por Alfonso X, ya se había construido, entre 1480 y 1490, la primera bodega. Sería la collación del Salvador, la más antigua de la ciudad y donde empezó a extenderse la población en torno a su antigua mezquita en lo que hoy es la Catedral, la que vería nacer el primer edificio dirigido en exclusiva a guardar los famosos vinos jerezanos, que ya eran fabricados desde la época fenicia.

La historia de dicha bodega está vinculada al magnífico palacio que se alza en la plaza Benavente, el de Campo Real. Su construcción, sobre lo que fue una antigua edificación islámica, la promovía Pedro de Benavente y Cabeza de Vaca, caballero 24 y gran comendador de Jerez, que atesoraba un gran poder político y militar y que poseía grandes ingenios de azúcar en Canarias así como la concesión de todas las tiendas que poblaban por entonces la ciudad. Un hombre, en resumidas cuentas, muy poderoso, que aportaba militarmente al rey mucha y brava soldada para sus ejércitos, según consta en antiquísimos documentos que se guardan en el archivo municipal. El origen del edificio, según reza en una lápida situada en el portal del mismo, data de 1545, por lo que es posterior a la construcción de la bodega.

Entrar en el palacio de Campo Real es sumergirse en la historia. Un majestuoso patio porticado, de planta rectangular, recibe al visitante. Plantas y una fuente en su centro; columnas de mármol —alguna ligeramente torcida, recuerdo de aquel terremoto de Lisboa de 1755 que llegó a notarse en la provincia—; medallones con los escudos de la familia Zurita y con los motivos alegóricos de las virtudes (la fe, la templanza, la lisonja…); magníficos y enormes cuadros, cargadas de simbolismo, que conforman el Decálogo que pintara el sevillano José Villegas Cordero… De la monumental escalera del siglo XVI, que conecta las estancias de arriba con el patio, llegan ladridos. Enseguida aparecen varios jack russell terrier, que juguetean entre las piernas de los invitados. Tras ellos su propietario, quien lo es a su vez del palacio, Manuel Domecq-Zurita, vizconde de Almocadén, uno de los últimos grandes caballeros jerezanos y durante muchísimos años embajador por todo el mundo de los vinos de Jerez. Lo acompaña su esposa, Carmen Cristina López de Solé Martín, su gran apoyo y firme defensora del patrimonio que han legado.Se diría que ser propietarios de un inmueble como el suyo es un lujo, qué duda cabe, pero también conlleva una gran responsabilidad, reconocen. En 2015 el Ayuntamiento les concedió el premio Ciudad de Jerez a la Conservación Patrimonial por su ingente labor en pos de rehabilitar un edificio que, hasta los años 80 del pasado siglo, pertenecía a tres familiares de Manuel. Cuando se hicieron con su absoluta propiedad se encargaron de volver a darle lustre a un lugar que hoy podría ser escenario, perfectamente, de Juego de Tronos. “Me encanta, estoy enganchada a la serie”, confiesa Carmen Cristina, pañuelo al cuello para protegerse de la humedad del otoño jerezano, cuando le hacemos ese comentario. El palacio, de hecho ya ha sido escenario de películas como Volaverunt, del desaparecido Bigas Lunas, con, entre otros, Jordi Moyá, Aitana Sánchez Gijón y la hoy oscarizada Penélope Cruz, que paseó desnuda por las estancias palaciegas en su papel de Pepita Tudó, modelo de Goya para su Maja desnuda.

Accedemos a la histórica bodega a través de un jardín de estética romántica. Infinidad de plantas cubren gran parte de la fachada, escondiendo esa imagen robusta que sí se aprecia desde el exterior, en la calle Campanillas. Desde ahí se puede observar un contrafuerte, elemento que podría datar la edificación del edificio aun antes de esa década entre 1480 y 1490 en la que se calcula que se erigió, según explica Carmen por fuentes de expertos en arquitectura, algo que no obstante no puede corroborar. Además, como particularidad, el edificio cuenta con una primera planta, que se destinaba como granero, a donde todavía se puede acceder a través de unas empinadas escaleras de piedra.

La bodega, explica el matrimonio, siempre se ha usado para uso particular —aunque a lo largo de sus más de 500 años tampoco descartan que en algún momento tuviera algún tipo de actividad comercial—, lo que da a entender sus dimensiones más bien reducidas si se compara con la mayoría de bodegas jerezanas. Suelo de albero, paredes de grueso ladrillo ennegrecidas por el moho y techos abovedados, que en su día fueron cubiertos por una fina capa de cemento para ocultar la piedra, algo que lamenta Carmen, que más pronto que tarde espera devolverles su estado original. Hoy, el histórico lugar solo guarda unas pocas botas de vino para consumo de los inquilinos del palacio y de sus invitados. Otras, centenarias, permanecen como recuerdo, aunque ya no conserven líquido alguno en su interior.Hay mesas, sillas y un tablao, señal de que aquí la familia Domecq-Zurita organiza fiestas en días señalados. La pareja no descarta abrirla al público en un futuro para organizar algún tipo de actividad cultural, como ya de hecho celebran en el patio del palacio los meses de verano. “Es la única manera que tenemos de financiar todas las reformas que la casa necesita, a nosotros no nos ayuda nadie”, recuerda Carmen, que vuelve a incidir en la responsabilidad que han legado. “Después de 700 años en la familia, decirle adiós a esta casa sería muy duro. Parecerá una frivolidad, pero no lo es. Es legar humanidad, historia, interés, cultura, sensibilidad, belleza a esta ciudad, son muchas cosas las que hay en juego”, considera Carmen, a quien el estado del centro histórico le “duele en el alma profundamente”. “Aunque soy de Sevilla, me casé con 20 años y llevo 45 años viviendo aquí. Adoro Jerez, porque tiene una personalidad única, unos valores únicos y una idiosincrasia especial. Las administraciones no hacen nada. A mí no me vale que le hagan un lavadito de cara a Riquelme. Que el Ayuntamiento no puede hacerlo porque no tiene dinero, lo comprendo, pero se puede apelar a la Junta”, y apela a la responsabilidad de los políticos: “La cultura creo que está por encima de la ideología. Aquí no es izquierda o derecha, es que Jerez está abandonado y hay que concienciar a la gente de que tiene su historia totalmente abandonada. Si todo el mundo pusiera su pequeño grano de arena esto sería otra cosa”.

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