Paradojas de la vida

Límites

Hay un juez de menores en Granada que se llama Emilio Calatayud. Por muchas de sus sentencias y comentarios se ha convertido en una especie de Pepito Grillo en la educación que los padres deben tener con sus hijos adolescentes. Ahora acaba de encarar el asunto de las graduaciones escolares y sobre ellas dice que “se nos está yendo la olla”. Algo de razón no le falta al juez.

Hace no mucho tiempo, le pregunté al niño de unos amigos dónde iba a hacer la Primera Comunión y me respondió sin dudarlo: “En el Don Pepe” (un conocido restaurante de la ciudad en el que organizaban la comida familiar después de la ceremonia religiosa). Qué dolor.

Yo creo que el hecho de ser un buen juez de menores no te habilita automáticamente para dirigir la instrucción nacional (porque la educación es cosa de los padres). Esto deberíamos dejarlo en manos de los profesores y maestros: hacerles caso, colaborar en lo que nos pidan y poner a su disposición los medios necesarios. Igual les vendría bien asesorarse con otros profesionales (psicólogos, jueces, mediadores sociales…) pero son ellos los que conocen el paño educativo. Y, en esto, debe ser suya la mayor responsabilidad. Quizás tampoco se trate de volver al Catón y la vara verde para justificar la frase escrita a fuego: “La letra con sangre entra”. Lo cual no significa que en muchas cosas este juez socarrón no tenga toda la razón del mundo. Pero acierta más cuando señala algunas cosas que no debemos consentirles a nuestros hijos que cuando abandona la toga y se erige en maestro de maestros. Nos pasa un poco a todos: sabemos con más claridad lo que no queremos que lo que queremos.

Este tiempo nuestro es un tiempo de desmesura. Nada es bastante. La fiesta se ha convertido en su mejor metáfora. La celebración de todo y por todo. El día de fiesta no es ya el descanso del tiempo laboral que se espera con alivio, sino un maratón infinito de excesos que va ganando terreno sin parar y nos deja con la lengua fuera: bautismos, primeras comuniones, graduaciones, cumpleaños, despedidas de solteros, de casados, de viudos, prebodas y bodas, aniversarios de plata, de oro, de diamantes, zambombas, carnavales, procesiones de semana santa, ferias y verbenas, fiestas de la primavera, de verano, de otoño, del orgullo gay, del orgullo hetero, de los que no tienen orgullo… Cansa hasta leer la lista. Ya puestos, podríamos añadir la celebración del Mundial de Motociclismo para que no falte un ruido ensordecedor, cascos de botellas y bolsas de plástico esparcidos por la ciudad durante otro largo fin de semana del mes de mayo.

Ahora el problema es encontrar un tiempo que no tenga celebraciones, al menos, durante dos meses seguidos. Y una ciudad para vivir con cierta tranquilidad y que no las reivindique todas. Como el pobre que ha pasado hambruna y es invitado a un restaurante de lujo. No hay hartazgo posible.

Esta es la ecuación de la sociedad postmoderna para alcanzar la “felicidad”: todo lo podemos imaginar; por tanto, todo lo podemos desear; y todo lo que podemos desear lo podemos (tenemos que) obtener. Además, aquí y ahora. No hay límites pero sí impaciencia. Por eso los modelos sociales son los triunfadores fáciles, los vendedores despabilados, los aduladores del poder, los cuñadísimos monárquicos…y no científicos, ni médicos, ni ingenieros, a los que les cuesta tanto esfuerzo conseguir una excelencia que es, por desgracia, tan poco valorada. Si en España se organizara un premio nobel del prestigio profesional, elegido por votación popular, probablemente lo ganase Belén Esteban o Mario Vaquerizo. La nada televisada.

El juez Calatayud dice que hay que aprender a poner límites a nuestros niños, adolescentes y jóvenes. Es verdad. ¿Pero cuándo les ponemos límites a los padres? O, mejor, ¿cuándo aprenderemos a ponernos límites a nosotros mismos? Y, si no lo sabemos hacer, ¿cómo vamos a saber ponérselos a nuestros hijos?

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