OpiniónEdición Cádiz

Elogio del adolescente

“Formamos parte de una sociedad de la que los adolescentes representan quizá la versión humana más actualizada, la 4.0 podríamos decir y, posiblemente, la que desde cualquier óptica tenga más futuro”.

La adolescencia, pese a ser un concepto de raiz latina, en su significación como una etapa del desarrollo humano es relativamente reciente. La toma en consideración de la transición de la niñez a la vida adulta depende de épocas y culturas. Recuerdo una vieja foto en la que mi abuelo, con apenas seis o siete años se me antojaba un señor muy serio en miniatura. Nada que ver con los selfies que mis alumnos comparten cada nanosegundo en las redes sociales. A día de hoy, la pubertad, es una de las fases de crecimiento más relevantes y turbulentas que padecemos. Se abandona el dulce mundo de la infancia para introducirnos en el desconcertante mundo de los adultos, primero llegan los cambios físicos, difíciles de asimilar y, poco a poco, cada vez más lentamente, el cambio de roles. Pero no quiero hablarles de cuándo y por qué apareció la adolescencia. Es ya una realidad, lo que me interesa es cuestionar cómo la percibimos como grupo, qué mitos lastran la valoración que la sociedad hace de los adolescentes.

Entre las edades del hombre, la llamada “edad del pavo” es la época más denostada. Los adolescentes son híbridos de madurez intermitente, a ratos niños que juegan a ser adultos, a ratos adultos que sufren rabientas infantiles. Se les estima inconformistas a la par que acomodaticios. Parecen vivir una suerte de extraña esquizofrenia.

Los educadores tampoco somos muy valorados socialmente, curiosamente, si hay una sola deferencia que he oído repetir frecuentemente es siempre relativa al sobresfuerzo que realizamos al trabajar con “chicos” que han dejado de ser niños mayorcitos sin llegar a convertirse aún en jóvenes adultos, personas que viven en una indefinición social que suele poner de los nervios al entorno que los rodea sin saber muy bien cuál es el lugar que les corresponde. Lo más habitual es infantilizarlos, sobreprotegerlos y tratarlos con infinitos cariño y condescendencia. Pero no quiero aprovechar este espacio para vindicarme como profesora de enseñanzas medias, no hay mérito en cultivar la paciencia con los educandos, es obligación y una forma de crecimiento para el educador.

Formamos parte de una sociedad de la que los adolescentes representan quizá la versión humana más actualizada, la 4.0 podríamos decir y, posiblemente, la que desde cualquier óptica tenga más futuro, puesto que todo apunta a que es una etapa que se está alargando y cuyo rastro se puede percibir en no pocos adultos que han cumplido ya los cuarenta años.

Nunca me imaginé dando clases de secundaria, ni tutorizando adolescentes, he tenido alumnos de todas las etapas y edades. Me han puesto en muchos aprietos y no tengo miedo a equivocarme si afirmo que un docente se hace en secundaria, cuando entiende, acepta, aporta, enseña, aprende y desaprende gracias a sus alumnos. Es un período clave en sus vidas y la oportunidad que se brinda al profesor de aportar algo en ellas es mucho mayor que en cualquier otro momento vital, siendo también entonces cuando te devuelven con creces lo nada, poco o mucho que hayas podido marcar sus vidas, aunque pasen los cursos y se te desdibujen sus caras y vayas olvidando sus nombres.

No sé si terminaré mi vida profesional como educadora, ni qué edad tendrán mis alumnos, pero sí sé que es en el trato diario con los chicos de secundaria cuando he comenzado la fascinante aventura de convertirme en docente.

Fotografía tomada el 21 de marzo de 2017, día en que muchos de los alumnos de 3º ESO B del Colegio Argantonio incumplieron la uniformidad de forma espontánea, añadiendo a su atuendo un calcetín de colores, rayas, topos, animalitos, alguna media de fútbol, el primero chillón que encontraron por casa. Se trataba, explicaron, de reivindicar la diferencia arrancando una sonrisa, en el Día Mundial de las Personas con Síndrome de Down. La lección la han impartieron ellos aquella mañana. No siempre lo ponen fácil, pero cosas como esta me recuerdan el porqué de que merezca la pena ocupar el tiempo a su lado.

 

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