Amurallados

Electromagnetismo

Resulta curioso cómo la vida nos lleva de unos extremos a los otros, uniendo dos polos que siempre se habían considerado opuestos y casi irreconciliables. En mi caso, que soy de letras puras, purísimas, un negado para las matemáticas que siempre aprobaba en septiembre (y por los pelos) todo lo concerniente a logaritmos, derivadas o raíces cuadradas, en los últimos años me ha interesado muchísimo todo lo relativo a la mecánica cuántica. He leído libros y artículos y he visto documentales sobre ello, siempre teniendo en cuenta mi incapacidad, como cualquier mortal que no se haya especializado en campos como la física, la química o las propias matemáticas, y buscando información accesible sobre el tema para, al menos, crear una idea general en mi cabeza y llegar a alcanzar un mínimo de comprensión. Y es a través de la mecánica cuántica, que se ocupa de un mundo subatómico y molecular que tiene sus propias normas físicas, como también se llega al conocimiento de las dos fuerzas clásicas de la naturaleza, que son las que afectan al mundo macroscópico y a escala planetaria: la gravedad y el electromagnetismo.

Es a esta segunda fuerza, la electromagnética, a través de cuyo control y dominación obtenemos una gran parte de lo que en estos tiempos llamamos bienestar, a la que pertenece el interesante, y en gran parte ignoto, mundo de los enchufes. La electricidad está por todas partes: el cerebro funciona mediante impulsos eléctricos  que no se sabe muy bien de dónde provienen y el corazón late también a causa de estos mismos impulsos; está en la naturaleza, cuya manifestación más evidente y dañina la encontramos en los rayos; está en nuestras casas, poniendo en marcha los electrodomésticos que nos hacen la vida más fácil o simplemente dándonos esa luz que nos libra de las tinieblas de la noche; está en todo lugar donde hay movimiento y se acumula en cualquier sitio donde se encuentre un componente metálico u orgánico que le sirva de conductor, por eso nos llevamos descargas en barandillas, en los carros de la compra o al acercar nuestra mano a la de otra persona; y, desde luego, también está en los enchufes.

El principio de la complementariedad de dos elementos contrarios que rige su funcionamiento también aparece en todos los aspectos de la vida. La electricidad, por un lado, y el magnetismo, por otro, necesitan de dos polos opuestos, uno positivo y otro negativo, que se atraigan, contacten y propicien el flujo de energía, mientras que dos elementos iguales terminan repeliéndose entre sí. Es muy frecuente que personas de caracteres totalmente opuestos se embarquen en una relación que dure toda la vida, mientras que nos extrañamos cuando otras se separan al poco tiempo de haber comenzado la convivencia (“si estaban hechos el uno para el otro” o “si eran iguales”, diremos). Pues lo mismo sucede en la administración, aunque periódicamente con efectos catastróficos para todos: gente que no tiene capacitación alguna para ejercer un puesto público de responsabilidad, personas que no sirven para nada o que el único mérito que pueden presentar de su vida es la pertenencia vitalicia a un partido político, precisamente esos, son los que terminan enchufados en fundaciones, empresas públicas o simplemente como asesores de los políticos de turno que gobiernen en un período determinado, por fortuna siempre finito en el tiempo.

Es lo que venimos llamando desde hace muchos años el cortijo, el mismo que seguimos avalando paradójicamente con nuestro voto cada cuatro años. Cortijo de masoquistas, quizá sea un buen calificativo que defina nuestra comunidad desde el punto de vista administrativo y ciudadano. Somos todos muy simpáticos, muy abiertos, muy graciosos y tendremos todo el arte del mundo pero, tan zorros que somos para lo que nos interesa, miramos para otro lado porque, claro, a mi primo, que no vale “pa na”, lo han colocado en el ayuntamiento o a la cuñada de mi hermano, que no tiene ni el graduado escolar, la han puesto de secretaria en una delegación municipal. Después nos encontramos con un ayuntamiento como el nuestro con un 80% del personal sin ser funcionario, pero no pasa nada.

Al final resulta que eso que se dice normalmente de que en la vida no se regala absolutamente nada a nadie, se queda en nada cuando observamos que millones de ciudadanos le estamos regalando la vida a unos pocos con parte de lo que trabajamos para poder pagarnos la nuestra y después, para colmo, nos tenemos que hacer cargo de sus pufos en forma de deuda, de ruina patrimonial, de suciedad o de inseguridad, acumulados todos a golpe de incompetencia en la gestión, por muy guapos que hayan salido en todas las fotos donde han aparecido. Aquí también se puede establecer una analogía con la electricidad: cada vez que enchufamos algo, pagamos por lo que ese enchufe ha consumido, y paulatinamente vamos pagando más por lo mismo. Pero es curioso cómo otros enchufados terminan trabajando en las eléctricas a las que anteriormente han favorecido. Son enchufes que los ciudadanos siempre pagamos, siempre.

En el caso de nuestro centro histórico, del que hoy parece que me he evadido un poco (sólo lo parece), a menudo en frecuentes conversaciones me he referido a una línea invisible que divide en dos la zona intramuros. Es la que transcurre desde calle Francos al Arco del Arroyo pasando por el Carmen, José Luís Díez y la plaza del Arroyo. Esa barrera, que yo siempre llamo electromagnética, impide que cualquier actuación, cualquier evento la traspase y que todo lo que se organiza se haga en plazas como Asunción, Plateros, Arenal, Rivero o del Banco (curiosamente son las que tienen mayor concentración de bares, qué casualidad). Es como un campo de fuerza, una barrera energética que lo repele absolutamente todo. Responde al impulso de la dejadez, del abandono y de la desfachatez política, por una parte, y del pasotismo y la falta de concienciación del jerezano, por otra. Es un cortocircuito integral, posiblemente agravado por enchufes mal conectados, que hacen que muchos ciudadanos nos chamusquemos a causa de tanto calambrazo de incompetencia e ineficacia. Y es que la presencia del electromagnetismo en la administración, sea al nivel que sea, es directamente proporcional al caos y la nefasta gestión que termina provocando.

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