Opinión

El viaje de Nisha

Después de unos meses de sequía cinematográfica, he tenido que trasladarme a Cádiz para poder ver algo interesante, ya que en Jerez nos han dejado a merced de una programación cinematográfica insufrible.

Hace días llamó mi atención un título: El viaje de Nisha, una película dirigida por una mujer de origen asiático, pero nacida en Noruega. Es en ese país donde transcurre la historia que nos cuenta Iram Haq. Una familia paquistaní, aparentemente integrada en una sociedad culturalmente tan diferente y tan distante como la noruega, pero que de puertas para adentro mantiene los cerrojos echados a las costumbres que ya ha asumido de forma natural su hija adolescente. De pronto, Nisha, con 16 años, toma conciencia de esa distancia, cuando no tiene ninguna posibilidad de tener unas relaciones normales con sus compañeros de colegio, concretamente con un muchacho que parece enamorado de ella. Las circunstancias que dan lugar al drama no pueden ser más inocentes, pero los padres, incluso el hermano mayor, reaccionan de forma totalmente desmedida. Nisha se ve expulsada de la casa familiar y acogida por los Servicios Sociales de la ciudad donde vive, que tratan de mediar sin conseguirlo, porque el padre, de forma obstinada, se niega a entablar un diálogo. Simplemente impone sus reglas, a las que la chica tiene que doblegarse, a riesgo de ser expulsada del núcleo familiar.

Las conversaciones que mantienen los miembros adultos de la casa, incluido el hijo mayor giran en torno al honor, la vergüenza, el qué dirán, etc. etc. Algo que no resulta tan extraño en nuestra cultura, si volvemos unos años atrás. Y es que, tal y como se narra, las familias paquistaníes forman una especie de grupo compacto a través del cual parecen estar defendiendo su identidad, frente a los valores y las costumbres de la nueva sociedad. Se visitan, se aconsejan, se apoyan… En definitiva, reproducen en el norte de Europa sus tradiciones comunitarias y no muestran ningún interés por cambiarlas. Eso, naturalmente la generación adulta. Mientras tanto, sus hijos e hijas se están socializando en una cultura totalmente abierta, laica e individualista. Hay un momento en el que el padre recrimina a Nisha su conducta con una frase que lo dice todo: ¿Qué quieres, vivir sola como estos desgraciados? Con esta pregunta el hombre está señalando una característica de la sociedad nórdica: el individualismo.Miedo a ser absorbidos, a ser señalados y abandonados por su comunidad de origen. Miedo a perder las tradiciones que les hacen sentirse seguros, reconocidos e integrados en su grupo de origen.
El padre es el brazo ejecutor de los castigos, algunos de ellos desproporcionados a todas luces y poco creíbles. Lo mismo que algunas conductas de Nisha tienen algo de insensato, aunque son comprensibles si pensamos en una joven de 16 años, nacida en Noruega y que ya no comprende que sus actos puedan ser castigados con ese nivel de crueldad.

Pero quiero destacar el papel de la madre. Resulta curioso la poca capacidad de empatizar con una hija que, antes de estallar el drama, era una niña modelo que preparaba su ingreso en la Facultad de Medicina. No, la madre, así como las demás mujeres adultas de la película, no sólo son transmisoras de los valores culturales, sino las que los reproducen a través del control y del apoyo a la figura patriarcal y tremendamente intolerante, hasta el fanatismo. Ambos, padre y madre, así como el resto de la familia, están dispuestos a sacrificar la vida y el futuro de Nisha para no traicionar sus viejos principios morales. Tal vez al final, sólo al final, el padre duda, aunque la directora nos deja con el interrogante.

Una película que hace pensar en los conflictos de tantas y tantas familias que dejan un mundo en el que la obediencia a la ley del padre es incuestionable, y la vida familiar un bunker donde nadie tiene derecho a entrar. En ese sistema, las hijas especialmente son objeto de una continua vigilancia por los varones de la casa. Son ellas las que públicamente deben seguir guardando el honor familiar.

Educadas en otro sistema de valores, vestidas como sus compañeras de colegio, con un móvil en el bolsillo y escuchando a Beyoncé, es difícil que no se produzca un choque, ya no generacional, sino cultural. Pero lo más grave es lo que emocionalmente supone para todos. Ni los Servicios Sociales, que en el caso de la película tratan de mediar, ni los jueces, aplicando las leyes que pretenden proteger a los menores de padres intolerantes, podrán evitar una ruptura traumática dentro de un núcleo familiar que, en su medio, era perfectamente funcional, y en contacto con otra civilización se rompe en mil pedazos.

Es inevitable que historias como éstas, quizás menos dramáticas, pero igual de conflictivas y dolorosas para sus protagonistas, ocurran cerca de nuestras casas. Me temo que no somos conscientes de lo que supone para la segunda generación de inmigrantes, nacida en los países europeos, esa transición entre lo que aprendieron de la tradición familiar y los nuevos valores en los que ya están inmersos. No es suficiente, creo yo, con decir eso de “donde fueres haz lo que vieres”, o quejarse de que ellos no quieren integrarse” La sociedad de acogida tiene que estar preparada para asumir estas nuevas realidades humanamente muy duras y complejas. Europa es ya un mosaico multicultural, eso es inevitable y no nos queda más remedio que aprender a gestionar esa realidad. El Estado y sus instituciones se tendrán que dotar de herramientas que vayan más allá de lo estrictamente legal, porque judicializar los conflictos familiares no va a producir más que traumas y sufrimiento y no ayuda a un proceso de integración en el que todos tenemos una parte de responsabilidad. No hay integración donde no hay acogida, diálogo y comprensión del otro. El esfuerzo debe ser de doble dirección.

¿Acaso es tan fácil ver que tu mundo se desmorona sin poder evitarlo? ¿No deberíamos intentar ponernos en la piel de quien tiene que sufrir ese desgarro? ¿O acaso pensamos que los padres de otras culturas no sufren por las mismas cosas que nosotros?

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