Sociedad

El ‘último adiós’ al quiosco de Mario

Joaquín Naranjo inauguró hace 72 años el despacho de prensa que ahora, por jubilación, clausura su hijo. "Desmontando el tinglado" de la escalerilla junto al Villamarta, el mítico quiosquero jerezano hace memoria: "Nunca nos hicimos ricos, pero se vivía mucho mejor; la última etapa ha sido catastrófica"

No era un domingo cualquiera para Mario Naranjo. Era su último día atendiendo en la escalerilla junto al Teatro Villamarta. Su último día al frente de un negocio familiar que inauguró su padre hace 72 años en Jerez. Un negocio que pasó de una casetita de madera a un local que aprovechó el hueco que antiguamente servía de abrevadero para los arrieros que llegaban a la ciudad desde el campo. Este domingo aquello tuvo aire de velorio, aunque también, como él mismo explica, de fiesta de despedida, porque “jubilación viene de júbilo”. Esta nueva etapa que ahora abre junto a su mujer, Mercedes, inseparable tras el mostrador repleto de revistas, periódicos y muchas más cosas que el tiempo ha ido poniendo en su sitio, borra de la ciudad la estampa de siempre del emblemático quiosco del Villamarta, el quiosco de Joaquín y su hijo Mario.

Este lunes hay frío sol de invierno, los expositores están vacíos, no hay prensa extranjera. Quedan puñados de revistas amontonadas y algunas todavía tan bien colocadas como ayer. En el interior del quiosco, Mario ha comenzado el desmontaje y prepara a marchas forzadas las devoluciones de los ejemplares no vendidos. Sigue la despedida a cada minuto de la conversación con este medio:

Esto a todos los efectos está cerrado, responde a un cliente que le pide una recarga de la tarjeta prepago del móvil.

— Qué pena, Mario. Me ha entrado pena hasta de pucherito esta mañana, pero me alegro mucho por ti.

¿Qué vamos a hacer corazón? Ya me tocaba, le replica a una vecina que también se deja caer para dar su último adiós al quiosco de Mario.

Su padre inauguró el negocio, donde llegó a vender a escondidas publicaciones de izquierdas y de tinte comunista en plena Dictadura, y ahora Mario echa el cierre definitivo. “Yo iba al colegio, llegaba, él se iba a almorzar, luego me iba al colegio otra vez, y así lo hemos ido llevando”, recuerda. En 2000 se hizo con las riendas del establecimiento, pero antes estuvo estudiando Bellas Artes en la antigua Escuela de Arte y Oficio, y pasó una larga etapa en Reino Unido, lo que le sirvió para perfeccionar el idioma. De hecho, explica a lavozdelsur.es, “echaré mucho de menos a muchos cursillistas que vienen al Festival de Jerez. Como hablo en inglés, charlaba mucho con estadounidenses y canadienses que venían cada año a Jerez. Y han sido 23 años”.

El quiosquero ultimando las devoluciones, este lunes en la escalerilla de Villamarta. FOTO: MANU GARCÍA

De unos años a esta parte, el negocio ya no era rentable, pero la dureza era la misma de siempre. “Entraba a las seis de la mañana y podían darme las cuatro de la tarde, llegaba mi mujer y nos daban las nueve o las diez de la noche. Todo fue menguando, y al final fui diversificando, dedicándome no solo al mundo de la prensa y la información, sino que esto se convirtió en confitería, vendía juguetitos…, tuve lo de las quinielas y lo de la ONCE que daba mucho trabajo y poco dinero…; esto ha sido siempre una bola que ha estado rodando continuamente”, comenta. La crisis generalizada y la crisis en los medios de comunicación, en el modelo de negocio de la prensa, con la irrupción de lo digital y la caída casi definitiva del papel, le llevaron ya a sobrevivir como pudo en los últimos tiempos.

“La última etapa ha sido diferente y esta última ha sido catastrófica para lo que es el papel. Ya todo es diferente. Los quioscos de prensa en el sentido del papel tienen poco futuro, no ves a chavales ya aquí venir a por un periódico, como mucho a por una revista de videojuegos, pero muy pocos compran ya periódicos, ya lo que hay son yemas de dedos por pantallas, continuamente”. Gran aficionado a la fotografía y pintor de vocación, Mario ahora tendrá tiempo para todo eso. También organiza “un buen viajito con mi mujer, que no hemos salido de aquí en mucho tiempo”.

Naranjo atiende a lavozdelsur.es, mientras desmonta las estanterías de su emblemático quiosco. FOTO: MANU GARCÍA

Atrás deja “un montón de historias, muchísimas, no sé ni qué decirte, de mucha gente buena, aunque algunas malas, como cuando me asaltaron con una pistola, de lo peorcito que me ha pasado; otro con una navaja”. Pero luego, lógicamente, “ha habido muchas historias buenas. Ha habido muchos momentos buenos porque ha venido mucha gente buena y yo no me he debido de portar demasiado mal con ellos porque este domingo fue esto una feria, todo el mundo saludándome, abrazándome, me trajeron botellas de vino, yo qué sé, regalitos, todo el mundo muy bien, muy bien…”.

“Aquí estoy desmontando el tinglado”, responde a otro viejo cliente que se acerca a despedirse. Sigue organizando el cierre, mientras recuerda tiempos mejores. “Esto era sota, caballo y rey, nunca nos hicimos ricos, pero se vivía mucho mejor que ahora. Ahora se vivía bastante mal”. Y aquí, sin perder su espíritu combativo, manda un mensaje como coda a 72 años de quiosquero que ha vendido periódicos con verdades, medias verdades y mucha propaganda interesada: “Los únicos que viven bien son los políticos, con las ganas de que teníamos en el franquismo de que aquello pasara de una vez…, que llegara la democracia como en el resto de países europeos, y de buenas a primeras nos encontramos con toda esta chusma llevándoselo todo, trincando, robando, qué asco de gente de verdad. Te deja en el cuerpo la decepción. Esto debería haber sido otra cosa”. Ha habido muchas primeras planas en la escalerilla de Joaquín y Mario, pero también mucha tertulia y debate político de lo local a lo global.

—Ya se acabó, comenta a un empleado del Tabanco El Pasaje que asoma la cabeza por el recoleto quiosco.

—“¿Ya has acabado? ¿Y ahora nosotros qué…?”

— Le di al jefe la tarjetita…

— ¿Nos veremos?

— Iré por ahí a tomar una cervecita, gordo

Con dos hijas, una en Jerez, docente, y otra en La Haya, música, Mario y su mujer se preparan para disfrutar de la merecida jubilación. “Mercedes podía haber aguantado un par de años, pero ya no se iba a quedar al frente de esto y al final eso habría sido no tener jubilación nadie”, afirma. “Nunca he dejado de hacer cosas, de pintar, me gusta mucho la fotografía, y ahora voy a hacer un buen viaje con mi mujer, que hace muchísimo tiempo que no salimos de aquí, y a ella también le tocaba”.

Las estanterías apenas contienen ya revistas. FOTO: MANU GARCÍA

Qué lástima de esto, que es de toda la vida, lamenta una nueva visita, casi como un pésame.

— Todo llega…

— Lo bueno es que llega la jubilación para vivir la vida.

— Yo lo que quiero —reconoce Mario— es que por lo menos echemos unos añitos disfrutando; teniendo la salud suficiente para vivir tranquilo unos añitos. Ya llevo ocho meses más de la cuenta, ya tenía que haberme jubilado, que viene de júbilo.

— Bueno, Mario, salud para disfrutar de la jubilación.

Mario sigue a lo suyo. Ella se para, piensa, y añade:

—Es que esto lleva tantísimos años… ¿Su padre es el que hablaba en la radio, no?

— Aún lo siguen poniendo… Mario sonríe al infinito y cierra esta página, la contra del periódico de una vida que acaba y da paso a una nueva.

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