Feria del Caballo

El suplicio de moverse por la Feria en silla de ruedas

Raúl, David y Daniel cuentan las dificultades que se encuentran para desplazarse por unas casetas que, en su mayoría, no están adaptadas para personas con movilidad reducida

Raúl circulaba en moto por la carretera que une Cádiz con San Fernando, hacia donde se dirigía, cuando sucedió. No recuerda qué pasó exactamente, solo que despertó en la UCI y que su vida cambió para siempre. Desde entonces, tras la lesión medular que le produjo el accidente, hace ahora nueve meses, se mueve en silla de ruedas. O lo intenta. Por el parque González Hontoria le cuesta más trabajo. Los baches que tiene el Real y el empedrado dificultan que pueda desplazarse con normalidad. “Todo para mí es nuevo ahora mismo”, cuenta, “no quería pisar la Feria, porque sé lo que es una feria estando normal, y no está capacitada para nosotros”. Ese nosotros hace referencia a sus compañeros de la asociación de lesionados medulares y grandes discapacitados físicos de Cádiz (Aspaym), que está de convivencia en la Feria del Caballo. La realizan en la caseta Usted Perdone, de la hermandad del Perdón, una de las pocas que están totalmente adaptadas para personas con movilidad reducida.

“El año pasado venía y no me fijaba”, dice Raúl, quien trabajaba como repartidor a domicilio cuando tuvo lugar el accidente, apenas 15 días antes de su entrada en la Legión, en Ceuta, donde tenía su destino. “Tenía mi vida resuelta, era lo que yo quería, pero me faltó el tiempo”, comenta. Ahora intenta acostumbrarse a su nueva situación —“todas las noches me acuesto pensándolo”—, aunque afronta el futuro con optimismo. “Hace dos semanas estuve en el Circuito de Jerez probando las handbike, y también quiero experimentar con el piragüismo o el pádel, a ver qué se me da mejor”, dice.

Raúl y su novia, en su primera Feria en silla de ruedas. FOTO: MANU GARCÍA.

Daniel llevaba nueve años sin pisar la Feria. Hace trece desde que se desplaza en silla de ruedas tras caer de un techo en el que se encontraba trabajando sin las medidas de seguridad adecuadas, cuando tenía 22 años. No puede coger el autobús, se queja —muchos de ellos no tienen rampa para personas con movilidad reducida—, y por el firme —es un decir— del Real es muy difícil desplazarse. “Me aburrí”, confiesa. Pero este año se decidió a pasar un buen rato con sus compañeros de Aspaym, que lo animaron a asistir a la comida de la asociación.

Las casetas, por primera vez este año, eliminaron las pletinas de la entrada que impedían el acceso de personas con movilidad reducida, una “reivindicación histórica” de este colectivo, en palabras de la alcaldesa Mamen Sánchez, aunque la gran mayoría dista mucho de ser totalmente accesible. Apenas seis de las 193 casetas que tiene el González Hontoria durante esta edición de la fiesta son movilidad reducida friendly. El resto, o no tienen rampa para acceder a los baños, o cuentan con tarimas que impiden el desplazamiento por el interior. ¿Saben que incumplen la ley? Concretamente, la Ley general de derechos de las personas con discapacidad y de su inclusión social, que entró en vigor en 2013 y cuyo plazo límite para adaptar edificios y servicios expiró en diciembre de 2017.

David, con compañeros de Aspaym, en el Real. FOTO: MANU GARCÍA.

“El impulso de las medidas que promuevan la igualdad de oportunidades suprimiendo los inconvenientes que se oponen a la presencia integral de las personas con discapacidad concierne a todos los ciudadanos, organizaciones y entidades, pero, en primer lugar, al legislador, que ha de recoger las necesidades detectadas y proponer las soluciones y las líneas generales de acción más adecuadas”, apunta la ley, que no se cumple en la Feria, ni en muchas otras instalaciones.

“Solo pido que lo prueben por un día nada más, iban a saber lo que es moverse en silla”, comenta David, que nació con espina bífida, en referencia a los políticos que, en ocasiones, les niegan las medidas de accesibilidad que necesitan. “Que no nos lo pongan más difícil de lo que ya lo tenemos, que es bastante”, solicita. “Concienciación no es que haya mucha”, señala David, quien es la primera vez que viene a la Feria del Caballo. Nació en Trebujena, pero con once años hizo las maletas y se mudó a Barcelona, donde ha estado 20 años. “Ahora que he vuelto no veas cómo lo paso para subir las cuestas…”. Se refiere a las de su pueblo, que dista mucho de ser accesible. “Nosotros no hemos elegido estar en una silla de ruedas”, dice, por lo que considera que es “una pena que haya que tener una persona al lado para ayudarte, queremos ser independientes”. Desgraciadamente, aun queda para que puedan serlo.

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