El club del Pitufo gruñón

El silencio de los borregos

Deben saber que a este Pitufo gruñón le gusta mucho el cine. Tanto es así que, en un principio, era conocido por los demás pitufos como Pitufo cinéfilo. Sin embargo, un buen día decidió salir de la aldea pitufa para conocer el mundo de los humanos y cuando regresó, meses después, le había cambiado el carácter. Aún así, Gruñón conserva la costumbre de asociar situaciones de la vida real a escenas o personajes de películas y estarán de acuerdo conmigo en que, para tal ejercicio, la política es un gran filón. Él siempre ha defendido el enorme talento artístico de Mariano Rajoy.

Pocos han alcanzado su máxima capacidad interpretativa con una vis cómica surrealista que nos ha dejado momentos memorables. Frases como “es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde” o “España es una gran nación y los españoles muy españoles y mucho españoles” son imposible de recordar sin evitar soltar una carcajada. Diálogos míticos de tal calibre dejan a “La parte contratante de la primera parte…” del gran Groucho Marx a la altura del betún.

Pero Mariano no solo era digno de alabar como cómico, muchos recordamos su faceta de bailarín. Míticos son esos pasos suyos mientras la voz de Raphael entonaba Mi gran noche, al nivel de lo que hacía John Travolta con la música de los Bee Gees en Fiebre del Sábado noche. Pero su talento no quedaba ahí, lo más increíble de todo era su capacidad camaleónica. Rajoy, cual experimentado actor tocado por las musas, era capaz de interpretar bajo esa apariencia socarrona a personajes cínicos y sin escrúpulos, que conseguían acojonarnos a todos en títulos míticos de nuestra política como La ley mordaza, Reforma Laboral 2 o Luis, sé fuerte, donde alcanzaba el nivel del mismísimo Marlon Brando interpretando a Vito Corleone en El Padrino.

Para el Pitufo Gruñón, el anterior presidente fue un grande que no supimos valorar en su justa medida. Pero no fue el único. Su antecesor en el cargo, Zapatero, aunque lejos del gran Mariano también nos brindó momentos inolvidables, que iban desde sus habituales papeles de hombre afable pero heroico en títulos como Memoria histórica, El fin de ETA o Matrimonio homosexual, hasta terminar sus días como presidente interpretando al pelele ciego de Crisis, ¿qué crisis? o al triste traidor de Reforma Laboral. Parte 1.

Tampoco olvida nuestro cinéfilo pitufo a los políticos clásicos. Un Felipe González capaz de interpretar en sus inicios, recordando a James Dean, al joven rebelde inconformista que pretendía luchar contra las desigualdades en una recién nacida sociedad democrática, para con el paso de los años interpretar títulos complejos como El señor X, Cal viva o Corrupción en los que recuerda al Frank Underwood de la genial House of Cards. Por desgracia, sus actuaciones son hoy una triste caricatura de lo que fueron, quedando encasillado en papeles de viejo forrado de pasta que se lanza a la mar desde yates lujosos y se codea con multimillonarios mientras aún se permite dar discursos morales como hombre de izquierdas. Con un par.

De aquellos años también destaca nuestro pitufo al José María Aznar de sus comienzos. Gruñón lo recuerda como el joven “sin tutelas, ni tutías” que convenció a la mayoría del país, incluido al mismísimo Pitufo gruñón, de que tanto él como su partido eran de centro, alejándose inteligentemente de una derecha rancia y caduca. Pero su interpretación duró poco y pronto apareció bajo aquel frondoso bigote un tic chulesco y amargado, propio de malos actores, que impregnó títulos lamentables como Boda en el Escorial, Estamos trabajando en ello o Armas de destrucción masiva para, al final, tocar fondo con su patético papel en 11-M. Hoy en día, al igual que González, lucha por mantenerse en el candelero como defensor de los valores constitucionales y la patria. Sin embargo, ni uno ni otro engañan a nadie. Todos sabemos que para este tipo de actores caídos en desgracia, la única patria es el dinero.

Y así llegamos a nuestros días. El problema está en que Pitufo gruñón se hace mayor y, como un viejo cascarrabias, no reconoce públicamente ningún talento en las actuaciones de los políticos de hoy. Después, en la intimidad con sus pitufos más cercanos, habla de la decepción que le han supuesto dos jóvenes que parecían dispuestos a cambiar el panorama gris y sombrío de los políticos acomodados que nos llevaron a una gran crisis económica y social.

Ambos, de ideas contrapuestas, intentaban alejarse de todo lo que recordaba a política tradicional. Términos como izquierda y derecha, bipartidismo…, eran rechazados en algún que otro programa televisivo donde, incluso afables entre ellos, estaban dispuestos a llegar acuerdos por el bien común para conseguir verdaderos cambios. Pero la ilusión duró poco y sólo cinco años después desapareció ese soplo de aire fresco. El ocaso, al igual que a los clásicos que antes mencionábamos, les ha llegado a ambos a velocidad de vértigo, tanto que para evitar caer descabalgados de sus propios partidos, aprendieron muy pronto a eliminar cualquier oposición que se encuentran a su alrededor.

Vieja política con caras más jóvenes. Quizás por todo ello, el Pitufo gruñón dice que la política de hoy es una mala, muy mala, versión de Juego de Tronos y relaciona a nuestros actuales representantes con los personajes de esa magnífica serie. Empezando por Albert Rivera que, como el caprichoso Joffrey Lannister —pero sin la grandiosa capacidad interpretativa del joven Jack Gleason— declama todas sus intervenciones con un histrionismo exasperante, nervioso, que provoca en Gruñón unas ganas irresistibles de arrancarse sus propios ojos cada vez que tiene que verle actuar.

Tampoco Pablo Iglesias escapa a su feroz crítica. Quien, por un momento, llegó a recordarle al Jon Nieve de las primeras temporadas de la serie, ha acabado convertido en un Lannister, viviendo en palacio y obsesionado sólo con ocupar poder y trono. “Y eso que estos dos eran las grandes esperanzas… qué triste todo”, gruñe el pitufo.

¿Y qué opina de las caras nuevas de los viejos partidos? Con respecto al líder actual del PP, Gruñón lo califica como soso y desubicado. Estos son sus epítetos para un Casado que pasó del tipo duro de sus primeras apariciones a representar al “hombre tranquilo” que nadie se cree. Sin embargo, para Pitufo gruñón en el PP lo más llamativo es su elenco de secundarios. Entre ellos destaca sobremanera Cayetana Álvarez de Toledo, esa Cersei Lannister —volvemos a la serie basada en los libros de George R.R. Martin— con el rostro hierático digno de la malvada reina. Es tan perfecta para el papel que si HBO la hubiera descubierto antes, no tendríamos que sufrirla en nuestra política a día de hoy. De Vox, Gruñón no quiere hablar demasiado pero califica sus actuaciones como rancias, caducas, falsas y sólo creíbles por quienes están deseando pensar como ellos.

Y, por último, llegamos a nuestro presidente de Gobierno. Cada vez que aparece en televisión, Gruñón recuerda una frase del psicópata Hannibal Lecter, magníficamente interpretado por Anthony Hopkins quien en su primera película le decía a una joven Clarice: “Siempre deseamos lo que vemos a nuestro alrededor…”. Si el psiquiatra caníbal estaba en lo cierto, está claro entonces que Pedro Sánchez ha vivido siempre rodeado de espejos porque lo que nadie puede negar es que el presidente está encantado de conocerse. Su ego es tan grande que ha perdido el halo positivo que logró al salirse del partido para luchar contra el sistema y regresar triunfador.

Pasó de ser el héroe de Solo ante el peligro a Presidente por accidente para acabar siendo el Pedro Bello de los Autos Locos. Postureo al que hay que sucumbir y rendir pleitesía gratis y sin contraprestaciones. Es muy triste, pero así acaba el repaso cinematográfico de nuestro pitufo al panorama político. Sin embargo, Gruñón no puede despedirse sin decir que lo que más le fastidia no es este patético elenco de personajes que juegan con nuestro presente y futuro sin importarles las consecuencias que, al final, siempre sufrimos los mismos.

Lo que más le jode son los que nos quedamos al otro lado de la pantalla. La mayoría de nosotros no movemos un dedo pase lo que pase: que hay que volver a votar, pues nada, se vota las veces que haga falta, cueste lo que cueste. Que los políticos incumplen sus promesas, tampoco importa. Que mienten descaradamente y malgastan el dinero público, da igual, total, todos roban. Lo que realmente nos importa es que nuestro equipo sea líder, que el Madrid está fatal pero ha ganado tres Champions y que el Barça de Messi sólo gana ligas. ¿Para qué luchar por los puestos de trabajo, la sanidad y la educación pública y todo lo demás? Está todo inventado. “Pan y circo”, la fórmula que funciona perfectamente desde tiempos de los romanos.

Somos los extras sentados en el Coliseo que animan a los gladiadores. No tenemos otra función y nuestros políticos, hijos en definitiva de nuestra propia sociedad, lo saben y nos utilizan. El Pitufo gruñón piensa que quizás no hagamos nada contra ellos porque, en el fondo, pensamos que si llegáramos a sentarnos en sus sillones haríamos lo mismo. Por ello, cuando Gruñón piensa en el pueblo le viene a la cabeza el título de una de los mejores thrillers de la historia aunque cambiando ligeramente su nombre: Está claro —me comenta cabreado— el título que mejor os define es El silencio de los borregos.

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