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El Rubio: “En un día bueno despacho más de 800 cervezas”

Jesús Pérez Mateos regenta el mítico bar de la barriada de La Constancia que lleva su nombre. Antes de ser camarero repartía periódicos, trabajó en la juguetería Álvarez y fue un culturista hipermusculado. Os contamos la historia secreta de este popular barman

Todos le llaman El Rubio, pero él no es rubio, es claramente pelirrojo. “¿Qué le voy a hacer, picha, si la gente es un poco daltónica?”. Jesús Pérez Mateos (Jerez, 1967) es el propietario de uno de los bares más populares de La Constancia, una persona conocida y apreciada no solo en el barrio, sino en toda la ciudad. ¿Quién no ha pasado por su bar, con el buen tiempo, para tomar unas cañas?

El Rubio se crió allí mismo, en esa barriada, y ya siendo un adolescente comenzó a trabajar. Hizo de todo sin que se le cayeran los anillos. Oficios duros para un chaval joven que en aquella época estaban normalizados. Estuvo sirviendo como mozo en el ultramarinos Lorenzo, trabajó en una bolera plantando los bolos (que por aquel entonces se recogían y se colocaban… a mano), pasó por la azucarera y hasta fue dependiente en la célebre juguetería Álvarez. Pero su trabajo más duradero discurrió en el extinto Información Jerez, en la calle Córdoba, donde empaquetaba los periódicos que más tarde repartía. Pasó horas y horas en aquella nave junto a otros compañeros. 

Cansado de aquellos horarios —ocupaba el turno de noche— decidió trabajar con su hermano Paco en el antiguo bar Chirri, que regentó durante cinco años antes de emprender su aventura en solitario en el 2002. Al bar lo llamó, obviamente, ‘El Rubio’. Ahora es el dueño, su propio jefe. El que manda. “Uno siempre aspira a más, a vivir mejor, por eso monté mi bar. No quería quedarme estancando. Además, había que darle de comer a la familia”. Y es que El Rubio tiene tres hijos, de 18, 25 y 30 años respectivamente, con los que le hubiera gustado pasar más tiempo. Hace poco ha sido abuelo de una nieta que tiene ya ocho meses. “La vida en el bar es dura y da tiempo para poco. Calidad de vida, la justa”.

‘El Rubio’ despacha una cerveza bien fría en su bar. FOTO: MANU GARCÍA

Cuando la gente disfruta, él está trabajando, es la ley del hostelero, y cuando la gente vuelve al trabajo —el lunes— él descansa. “Mi clientela es selecta (bromea). No, en serio, aquí viene gente de todas clases y condiciones, desde jubilados, estudiantes, a padres y madres de familia. Ha venido gente famosa, músicos, abogados, políticos… aquí cabe todo el mundo”, explica, señalando que “cuando más se llena el negocio suele ser los viernes al mediodía. En una jornada buena podemos despachar más de 800 cervezas”, asegura, confesando que “el secreto de ‘El Rubio’ es que se está a gusto, que el precio es económico y que tenemos la cerveza más fría de España”, un dato importante para los amantes de la rubia.

El bar funciona a modo de diván

La entrevista transcurre entre un continuo entrar y salir de gente. Es el ajetreo propio de los bares cada mañana. Llegan los proveedores, a los que atiende. Una vecina le pregunta si su coche está bien aparcado en una esquina, un joven le pide cambio y otro señor participa en la conversación recordándole anécdotas a El Rubio, aportando chascarrillos. “A mí siempre me gustó el trato con el público. Llevar este bar es psicología, es saber cómo hablarle a la gente, qué decirle y conocer hasta dónde puedes llegar. Aquí ha pasado de todo. Un camarero tiene mucho de psicólogo”, explica a lavozdelsur.es. “Yo soy una persona de la calle y escucho a la gente”. Y se le nota, tiene esa familiaridad con los clientes propia del buen barman y la capacidad de dominar todo el escenario sin que se le escapen los detalles.

‘El Rubio’ nos enseña una foto en su móvil de su etapa como culturista. FOTO: MANU GARCÍA

Antes de despedirnos nos confiesa que fue culturista durante más de 20 años y nos enseña una foto antigua en el fondo de pantalla de su móvil. En la instantánea sale un chico joven, también pelirrojo, hipermusculado, al más puro estilo Arnold Schwarzenegger. Se identifica con él: “Ese era yo; pasaba horas y horas haciendo deporte. Tenía mucha vitalidad. Después de eso practiqué taekwondo durante tres años, pero al final lo dejé porque tenía que atender en el bar”. Es la cara desconocida de un tipo ciertamente peculiar, que ha hecho de su bar su segunda casa. La de él y la de muchos otros. 

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