Gypsy Rock

El rock y la India: historia de una ida y una vuelta (I)

La paleta musical india es más colorida de lo que sugieren los ragas indostaníes, la música carnática o las modernas canciones de Bollywood de las que todos hemos oído hablar. A lo largo del subcontinente encontramos una asombrosa diversidad de formas musicales cultas y populares, como los bhajans hindús o jainas, el baul sangeet bengalí, el qawwali sufí… o el rocanrol. Porque la India también tiene una escena roquera, si bien minoritaria. A diferencia de Gran Bretaña o Estados Unidos, en el sur de Asia sólo una élite se ha sentido atraída por el rock y su estilo de vida, que son percibidos mayoritariamente como una importación extranjera; de ahí que las bandas clásicas de rock y metal indio (Indus Creed, Motherjane, Pentagram, Parikrama…) mantengan un sonido bastante internacional.

La razón de fondo de esta marginalidad del rocanrol es que se enfrenta a una sociedad opuesta a los valores de hedonismo y rebelión juvenil que acompañaron su nacimiento en Occidente. Aunque otros países asiáticos tuvieron sus pequeñas revoluciones y contraculturas, políticas, artísticas e incluso sexuales, la India nunca ha conocido una liberalización de sus costumbres. El grueso de su población permanece aferrado a valores e instituciones milenarias: el alcohol es un tabú prohibido en un número creciente de territorios, y, de acuerdo con un estudio reciente, el 95% de los indios se sigue casando escrupulosamente dentro de la casta de sus ancestros. Y si no hay sexo y no hay drogas… No por casualidad un estado pequeño y culturalmente periférico como Meghalaya, de mayoría tribal y cristiana, ha disfrutado durante décadas de una escena roquera más vigorosa que las megalópolis de la India hindú o musulmana.

Fue a partir del nuevo milenio cuando se multiplicaron, bajo el influjo de la world music, las agrupaciones de música fusión, la más famosa de las cuales es Indian Ocean. También se popularizaron las temáticas sobre la antigua mitología, en la estela de los singapurenses Rudra (del llamado vedic metal), e incluso apareció alguna banda con letras en sánscrito, como Dhruvaa. Ahora que el pop-rock empieza a aclimatarse a la idiosincrasia local, surge el interrogante: ¿será este el preludio de una verdadera contracultura, un agente de la globalización o una simple moda patrocinada por disqueras internacionales y la Rolling Stone?

El tiempo dirá, y esperemos que no pase tan lento como de costumbre en la India. La gran paradoja es que, aunque el gigantesco país asiático ha tardado décadas en apreciar el rock, el rock amó a la India desde el principio. Sorprende la escasa influencia que ejerció sobre el país un movimiento, la contracultura norteamericana (y, en menor medida, europea), que hizo de él poco menos que la meca de una generación. Durante los años sesenta peregrinaron a la India figuras clave de la contracultura, como Ralph Metzner (1964), Timothy Leary (1965) o Allen Ginsberg (1962-63), que vivió un año entre Benarés y Calcuta con su pareja Peter Orlovsky. Y en 1968 aterrizarían sus invitados estrella, los Beatles, estrechamente asociados con el país en el imaginario popular y pioneros en introducir el sitar en la música occidental.

Empujados por George Harrison, los Fab Four viajaron con toda su corte a la ciudad sagrada de Rishikesh, para purificar sus conciencias en el centro donde el Maharishi Mahesh Yogi, apodado cariñosamente “el gurú de las risitas”, enseñaba la técnica que le había hecho mundialmente conocido: la Transcendental Meditation®. (Hay que decir que la cacareada TM, que ha pasado a la historia como sinónimo del Maharishi, es sólo una de las muchas técnicas y disciplinas que el gurú desarrollaría con los años, entre las que se cuentan una Maharishi Vedic Science [MVS] e incluso un programa de entrenamiento en el Vuelo Yóguico [TM-Sidhi Program], aunque tras la Década Prodigiosa su popularidad en Occidente perdió mucho fuelle.)

El objetivo de los Beatles al asistir a aquel curso era principalmente meditar, y algunos asistentes se lo tomaron muy en serio: se recuerda que uno de los estudiantes meditó durante cuarentaidós horas seguidas y Pattie Boyd, esposa de George Harrison, consiguió empalmar siete. Entre este exigente programa, la disentería, el jet-lag, la comida vegetariana y los omnipresentes insectos, los Beatles hallaron sobradas razones para abandonar el curso antes de lo previsto, en estricto orden de inquietud espiritual: Ringo duró unos diez días, McCartney un mes y Lennon y Harrison seis semanas. La gota que colmó el vaso fueron algunos detalles del gurú risueño, quien aparentemente sugirió que ingresaran en su cuenta bancaria el 25% de los beneficios de su próximo disco a modo de donativo, y los rumores sobre sus avances con algunas alumnas. Esto, que enfurecería a Lennon e inspiraría su célebre “Sexy Sadie”, pudo deberse a un malentendido cultural: es habitual que un santón hindú realice la imposición de manos en señal de bendición, lo que tal vez fue interpretado de otra forma por las señoritas o por sus cónyuges…

Lo cierto es que George, Paul y Ringo elogiaban la Meditación Trascendental décadas después, y celebrarían conciertos en su apoyo en 1992 o 2009. Los seguidores del Maharishi sostienen que ciertos visitantes sin escrúpulos propagaron rumores maliciosos contra el santón en busca de excusas para huir de la incomodidad o el tedio del ashram (centro espiritual). Ciertamente, nos gustaría haber visto cómo observaban el abstemio código de conducta estos roqueros irredentos…

Pues los Beatles no estaban solos allá dentro: coincidían con otras celebridades de la contracultura de los sesenta que habían visto la luz en el Maharishi, como Mia Farrow, Donovan, Mike Love o Gyp Mills. Se ha escrito mucho sobre las influencias musicales mutuas a lo largo del retiro (pese al rigorismo de Harrison, que los exhortaba a meditar) y se fantaseó sobre un concierto en Delhi presentando a los Beatles, los Beach Boys y Donovan en ese rincón del mundo, que no llegó a materializarse.

Sólo los Harrison viajaron un poco tras el retiro, por el sur de un país que ya conocían (George había pasado seis semanas aprendiendo el sitar en 1966). Los otros Beatles llegarían y se irían, del aeropuerto al centro de yoga y de vuelta al aeropuerto. Así lo hicieron muchos viajeros espirituales de aquella década, lo cual ayuda a explicar el pobre recuerdo que dejaron en la India y su cultura… aunque es posible que el indio promedio comprendiera mejor las letras de John Lennon que la Maharishi Vedic Agriculture (MVA).

Si la influencia de los Beatles sobre la India fue inapreciable, sus canciones sí consiguieron infiltrarse. En aquellos años se apreciaban las versiones de grandes hits del pop “orientalizadas” con sitar (Ananda Shankar, Big Jim Sullivan, Balsara And His Singing Sitars…), un producto que hoy puede sonarnos fácil o forzado, pero que encontró un curioso nicho de mercado, sobre todo en el mundo anglosajón. La India, por su parte, nunca se ha andado con chiquitas a la hora de absorber novedades: los sagaces productores de la industria cinematográfica solían rebuscar en la escena internacional melodías que adaptar (o directamente copiar) para un público tentadoramente ignorante de lo que se cocía en las radios de los bárbaros occidentales. Janwar, un musical romántico de 1965, nos presenta una divertida rendición de “I Want to Hold Your Hand”, una de las canciones más versionadas del momento. Los vestidos y pases de baile (con un aire al vídeo del inmortal single de Conchita Velasco de aquel mismo año) serían todavía un escándalo fuera de algún local chic de Bombay o Bangalore, pero al menos el argumento no nos engaña, como en otras películas hindi, pretendiendo que se trata de gente ordinaria

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