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El Real Tesoro de Cádiz: su Carnaval

El proyecto museístico de la casa-palacio de los Marqueses de Recaño pretende reforzar la industria, la economía y la cultura que generan la fiesta genuina gaditana.

El proyecto museístico de la casa-palacio de los Marqueses de Recaño pretende reforzar la industria, la economía y la cultura que generan la fiesta genuina gaditana.

En la zona más alta dentro del Cádiz dieciochesco se culminaba un edificio arquitectónicamente clásico, pero que incluía una de las torres que venía a ser el lugar donde anticiparse a cualquier cosa que llegara por mar. Por mar en todo el contorno que era aquella ínsula de nombre Cádiz, 360 grados de marítimo paisaje que se divisaba desde la torre vigía de nombre Tavira. Dejando a un lado este atalaya, el edificio que se erigía venía a ser un casa-palacio, que los Marqueses de Recaño decidieron fuera su morada. La calle tomaba el nombre del Marquesado del Real Tesoro, un título nobiliario concedido por Carlos III a don Joaquín Manuel de Villena y Guadalfajara. Un jefe de la flota de Veracruz-La Habana del que utilizó su propia plata (su tesoro), como munición contra los piratas, cuando comandaba la flota real, lo que hizo no poner en jaque al propio tesoro de la Corona. Su arraigo con Cádiz viene porque llegó a ostentar la presidencia de la Real Casa de la Contratación y fundó sendos hospitales en la capital y en El Puerto de Santa María, lugar donde reposa sus restos.

De alguna forma, su historia ha cobrado vida tres siglos después para utilizar como arma arrojadiza contra el desempleo y a favor del turismo, el tesoro más preciado de Cádiz: su Carnaval. Así lo expone José María González, el regidor gaditano, en cada visita –y ya lleva unas cuantas- que realiza al conocido palacio que pretende ser, con la ayuda de la Junta de Andalucía, el deseado Museo del Carnaval. Los museos se encargan de dar cobijo elementos relacionados con el mundo del arte y claro, en Cádiz, es la fiesta carnavalesca uno de sus principales artes, si lo tenemos en cuenta como patrimonio cultural.


No solo es un baúl que esconde un tesoro, sino que quieren desde la Alcaldía buscar el auténtico significado del término museístico y que pase a ser un lugar consagrado a las musas. “Un lugar vivo donde se vea el arte y que puedan aprenderlo”, poniendo como ejemplo salas donde se pueda aprender a tocar los instrumentos, una escuela para los niños, un lugar de retiro para los mayores que todavía sientan la necesidad tanto aprender como de enseñar, un sitio que funcione como espacio de ocio y expansión de la industria carnavalesca a la vez. “Con la ayuda de los profesionales, aquí se dar trabajo y oficio a muchos gaditanos que lo necesiten”, siendo ésta una de las prioridades para relanzar la fiesta.

El edificio, que consta de varias plantas, ha pasado por diferentes funciones para la ciudad, casi todas relacionadas con la enseñanza y el arte. La Escuela Gratuita de Aritmética, Dibujo y Geometría, la Escuela de Nobles Artes de Cádiz, la Escuela Normal de Magisterio o, como su última utilidad, el Conservatorio Manuel de Falla, sin olvidar el tiempo que fue Colegio de Jesús, María y José. También fue espacio donde se ubicó el primer Tribunal Supremo en 1812, cuando el Cádiz de la Pepa. Posteriormente, el Archivo Municipal se pretendía instalar en el edificio de Recaño con el anterior gobierno, sin embargo, el actual fin es otro.  

Y es que el proyecto del Museo del Carnaval de Cádiz lleva años cogiendo la autopista con documentos que van y vienen entre Ayuntamiento y Junta de Andalucía. Años con cambios de ubicación o de idea, hasta de nombre. Aunque nunca, hasta la fecha, ha estado tan cerca de que llegue a ser una posibilidad real. Cerca porque ha sido presentado a todos los colectivos relacionados con el Carnaval, desde artesanos, hasta los que forman las agrupaciones, pero también a otros sectores sociales como la Universidad de Cádiz, colectivos de peso en la ciudad o, últimamente, a todo el público en general. Esto último se hizo ante varios centenares de personas el pasado sábado, que quisieron ver cómo es el edificio y la idea que tiene el equipo de gobierno actual. El propio alcalde hizo las veces de cicerón y fue guiando planta por planta, habitación por habitación, visualizando qué podría ir en cada estancia.

El proyecto tiene un importante coste económico, pero, como el mismo alcalde apunta, “menor que si hubiera que levantar un edifico de cero”. Seis millones separan a Cádiz de su Museo y eso no es poco, pero “con el aporte del Consistorio y el empuje de la Junta seguro que se consigue”, comentaba González. Un empuje que se cifraba en dos millones y que el alcalde veía viable porque entendía que si se le había dado un importante coste al Museo de Camarón en la Isla -“bien merecido”, matizaba- u otro tanto prometido al Museo del Flamenco de Andalucía en Jerez –“también más que necesario”- por qué no puede financiar a algo que es único de Cádiz: su Carnaval.

“Carnavales hay muchos, pero el Carnaval de Cádiz es genuino, con identidad propia”, y eso es lo que hay que poner en valor, según el regidor. Por otro lado, ya se se presentó una solicitud para las ayudas al Programa 1,5% Cultural del Ministerio de Fomento para la rehabilitación, cuyo coste supone cerca de dos millones y, si se consiguiera la subvención, el Consistorio solo debería aportar medio millón.

División por plantas

En términos técnicos, el anteproyecto cuenta con un documento que recoge la distribución del edificio por plantas. En la planta baja del Museo del Carnaval se ubicarían dos elementos esenciales: la exposición permanente y el pequeño Teatro de ‘El Tío de la Tiza’. Y a pie de calle se situarían el vestíbulo de recepción, la consigna, una tienda y un café-bar, además de servicios higiénicos, como en el resto de plantas. Y no se descarta la posibilidad de recuperar el aljibe como estudio de grabación si las condiciones lo permiten.

 La entreplanta contendría una sala de juntas y prensa, salas de exposiciones temporales, el Centro de Proceso de Datos ubicado en el interior del laboratorio de digitalización y  el Archivo-depósito documental de originales en proceso de digitalización, además de una biblioteca, una fonoteca, una mediateca, cabinas de audición y visionado, y los talleres de conservación y restauración, siendo uno de material textil, para los fondos de guardarropa, y otro de restauración de documentos en distintos soportes, como papel, cartón, cintas magnetofónicas, vinilo, pizarra, etcétera.

En la primera planta funcionarían dos salas de investigadores, la sala de firmas y recepción de visitantes destacados, despachos de dirección, de jefatura de administración y oficinas de auxiliares administrativos. La segunda planta, según recoge el anteproyecto, se dedicaría a la docencia, con cuatro aulas para cursos y talleres.

La tercera emplearía inicialmente las cinco salas como almacenes provisionales de clasificación de materiales hasta la ubicación definitiva de estos. Abierto el Museo, pasarían a ser utilizadas como salas para reuniones puntuales de colectivos, el paraninfo permitiría celebrar bodas civiles, inauguraciones y otros actos sociales. Y en el altillo la intención es recrear el ambiente de un lavaero, lugar donde ensayaban las agrupaciones.  

La voz del romancero

En la última visita muchos fueron los carnavaleros que no quisieron perderse la cita, como José Luis García Cossío, Manuel Santander (padre e hijo), Mario del Valle, Pepe Fierro, Mario Rodríguez, Antonio Procopio, así como gente más involucrada en el Carnaval callejero. No en vano, aunque estaba preparado una selección de coristas actuando en el pequeño salón de actos (que lo hizo en la apertura de puertas), lo primero que sonó en el patio del edificio –muy propio de su carácter revolucionario y anárquico- fue la voz de una pequeña actuando con su romancero ‘La maldita niña’. Fueron las primeras risas y el compás marcado en el cartel fue el ritmo que se escuchó por vez primera en un proyecto, por ahora, con unas necesidad de restauración y de puesta a punto bastante importantes.

Ahora mismo, la pelota está en el tejado de la Junta, pero mientras el alcalde sigue mostrando, con la ilusión del que sabe que puede dar un zarpazo a los años de gestión del gobierno anterior al respecto, los desconchones y los caliches que se van cayendo de un lugar que necesita un buen remozado para ser algún día el necesario inmueble que Cádiz requiere. Mientras, desde el último piso, impasible al tiempo se muestra una ciudad entre torres, campanarios y ropa tendía en su azoteas, con un mar de futuro al mirar el horizonte. 

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