Ojo por diente

El Quijote jerezano. Retratos (III)

Usted no sabrá que le sigo pero, como buen escudero que elegí ser de vuestra merced, lo hago cada mañana.

Nada más verlo salir de su casa, con ese porte distinguido de los hidalgos por tesón y aventura, me oculto tras los árboles de aluminio para cuidar sus pasos. Los dados y los que han de venir, porque es sabido que el hombre muerde al hombre y en esta tierra de infieles y de borregos ni hasta los pájaros del cielo tienen al resguardo su sombra. Tampoco usted, aunque sabido tiene la ciencia y la plebe que nunca ladró a nadie y que cuida de no mirar al que tiene al lado por no hacerle pensar que espía su mente. Así se cura de espanto y de verse en los laberintos del que tiene sólo un camino en su cabeza. Que no hay peor cosa en este mundo que encerrarse en las enseñanzas que vinieron dadas con la sangre y el miedo.

Pero si me permite… dejaré a un lado mis cavilaciones y le invito a seguir leyendo mi humilde historia.

Esta mañana le observé y fue muy curioso como, después de tres largas semanas, volvió usía a acercarse a las terrazas donde el gentío se nutre de las miserias del otro. Que bien dice el saber del pueblo que los cerdos gustan más de la basura que de las letras y así nos va.

Ya verlo caminar sereno hacia la plaza, que dicen del Arenal, me alegró como antaño me hacía saltar de alegría ver el reflejo del cielo en los charcos. Que no hay cosa más hermosa que el cielo en la tierra y la tierra en la suela de los felices viajeros. Pero verlo inalterable, sereno, ante las garras de los gigantes y las miradas de las serpientes ya me ha colmado de orgullo para varios días más con sus noches y sus pesadillas. Que mejor conoce su señoría que hasta su propio Dios que el que no duerme es porque quiere vivir más de lo que vino a vivir y las pesadillas son el precio que están dispuestos a pagar los inconformistas como yo.

Pero volviendo a usted, con todos mi respetos, podrán decir que no habla porque no puede pero yo, si me da su aprobación, seguiré diciendo a cada gamberro insano que lo hace a tientas dentro de su mente para no errar como ellos; otros dirán que olvida los pasos y el rumbo, pero yo clamaré a los vientos, por usted y por aquel que tenga la salud de defenderle, que aunque tenga la desgracia de no recordar sus días de gloria sí firmo que los tuvo por miles y más que cualquier perro parlante.

Es cierto. Es verdad que todavía no ha llegado el día de que usía haya podido pararse, durante tres segundos, en los fondos de mis ojos. Pero sé por los suyos que no muy lejos en el tiempo de aquí se detendrá ante mí y me invitará a luchar junto a usted, codo con codo, contra cada uno de los demonios que taladran el mundo de los que dicen estar cuerdos.

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