OpiniónEl granjero

El poder de las palabras

A veces por defender causas por las redes sociales se pueden perder amigos. Malinterpretar intenciones en sus réplicas y llevarlo todo al extremo puede ocurrirnos si no aceptamos nada más que nuestras ideas como el centro del universo. No escuchamos su voz, no sentimos su energía y no vemos su lenguaje corporal y eso es peligroso. Para expresarse sobre un tema o dejar clara una postura, a veces, empleamos insultos o un lenguaje condescendiente, cínico y que roza lo perverso. En una ironía desorbitada desde la frialdad de la distancia y la cómoda seguridad que da expresarse sentado detrás de un PC. Todos tenemos suficientes contradicciones y motivos acumulados a lo largo de nuestras vidas, ya sea por inmadurez o por sobrevivir, donde no hemos sido lo suficientemente íntegros, como para ir dando lecciones a nadie…

Ni el más erudito podría cerrar matemáticamente un debate sobre religión, filosofía o política. Observen las diferentes corrientes éticas en la antigua Grecia y verán cómo dos genios del pensamiento pueden ser antagónicos. Nos pierde nuestra intención por cambiar el mundo a nuestra imagen y semejanza, jugando a ser dioses ¿Cambiar el pensamiento de un individuo? ¡Qué osadía! En un mundo donde hay millones de personas, cada cual con sus vivencias y circunstancias.

Hay que ser fiel a lo que uno cree y siente, en eso no hay dudas y nunca hay que traicionarse. No digas blanco, si crees que es negro. Pero las formas son muy importantes a la hora de mantener a las personas cercanas que componen nuestro círculo de amistades, las reales. Las  buenas maneras conservan a los que en la balanza de nuestra vida, tienen más cosas positivas que negativas. Se puede dejar a alguien sin argumentos desde la elegancia y la buena educación, es más efectivo.

Por muy distantes que tengamos los enfoques sobre cómo se puede dirigir una nación, su economía o cómo vemos al ser humano tanto en sociedad o como individuo, no podemos dejar que la soberbia y la ira domine el comienzo o el final de nuestros diálogos. Porque eso es perder antes de empezar y sobre todo dar armamento pesado al receptor, porque después tendrás que disculparte ante quien defiende ideas contrarias, y eso no gusta, aunque nos honre. Hay que respirar un poco en las redes, observar, silenciarse de un modo más estratégico y sobre todo aprender, porque ser demasiado transparente ofrece pistas demasiado valiosas a los que están agazapados esperando el más mínimo traspiés. Creo que un buen presagio es cuando nos cansamos de escucharnos y de leernos. Porque si no, en un onanismo mental, terminaremos por no reconocernos a nosotros mismos, y entonces nos preguntaremos de qué vale creer tener, en teoría, ciertos conocimientos si luego solo tendemos a tener un Facebook a la carta y nada heterogéneo, descartando a quien te da la contra. Así no se aprende.

Hay que contar hasta diez. O todo lo que queríamos hacer de una manera didáctica se diluirá por el ego. No somos más que una mísera mota de polvo en el universo, pero un prejuicio puede ser más peligroso que una tempestad. Estamos derivando a cambiar el mundo desde las redes pero sin sentir el aliento del otro, algo muy artificial. Creando frases sentenciosas a nuestra medida para hacer publicidad sobre nuestra persona que, a veces, solo está condenada a ser aplaudida por palmeros. La agresividad aleja a quien de verdad tiene un estado mental equilibrado, pues no perderá ni un segundo en intercambiar posturas por miedo a una represalia violenta que sale de nuestras inseguridades y traumas.

Tengamos cuidado porque la palabra es un arma mortal. Los mensajes más sencillos pueden hacer un daño irreparable. Con ella podemos crear el bien absoluto o la mayor de las infamias y de los males.

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