Opinión

El Palacio de Pemartín y su incierto futuro

José Joaquín Carrera Moreno. Promotor del proyecto (1985-1987). Ex director gerente de la Fundación Andaluza de Flamenco (1987-1993). Ex director del Centro Andaluz de Flamenco (1993-1994).

En julio de 1985, y trabajando en el área de Cultura de la Diputación de Cádiz, redacté el proyecto cultural que luego se llamó Fundación Andaluza de Flamenco. Presentado al entonces Presidente de la Diputación Alfonso Perales —un gran político, añorado y de grata memoria, cuyo fallecimiento tantos hemos lamentado— el proyecto contó desde el primer minuto con su complicidad e impulso, y con el de Rafael Palomino Kaiser, diputado de Cultura. En el resto del año 1985, logramos conciliar voluntades, gracias  al apoyo entusiasta que encontró el proyecto también en Pedro Pacheco, alcalde de Jerez; en Paco Vallecillo —también de gratísimo y añorado recuerdo— quien nos abrió las puertas de la Junta de Andalucía desde su puesto de asesor de flamenco, sumando para la causa al Consejero de Cultura, Javier Torres Vela, e igualmente gracias a mi viejo amigo Mariano Ruiz Carretero, subdirector general de la Caja de Ahorros de Jerez, y gran amante del flamenco, que nos abrió las puertas de la Caja.

Con estas complicidades compartidas, por encima de siglas políticas, y con el común interés en el flamenco y en que la provincia de Cádiz, y en concreto Jerez, tuviera uno de los centros de cultura de rango andaluz, logramos constituir la Fundación Andaluza de Flamenco, en escritura pública, el 12 de diciembre de 1985. Pasamos el año 1986 con retrasos presupuestarios y perfilando el proyecto. Finalmente, en enero de 1987 arrancó a funcionar: fui nombrado director gerente del organismo, y éste comenzó su andadura. Fue el 9 de junio de 1987, cuando se aprobaron sus Estatutos por el Protectorado de fundaciones de la Junta de Andalucía, pues era una fundación de derecho privado. Como aportación inicial, el Ayuntamiento de Jerez entregó en 1986 a la fundación el inmueble —en ruinas— del Palacio de Pemartín, que dejó en ese momento de pertenecer al patrimonio municipal, y fue inscrito bajo la titularidad del nuevo organismo. Aprobamos un plan de rehabilitación y articulamos un plan de financiación de la misma, donde jugó una parte esencial la Caja de Ahorros de Jerez, patrono también de la Fundación, que facilitó al máximo todas las condiciones, además de aportar altruistamente importantes sumas, para el noble fin de rehabilitar el Palacio Pemartín como sede de los estudios flamencos. También aportaron cifras muy considerables la Diputación de Cádiz y la Junta de Andalucía, exclusivamente con ese fin.

7 de mayo de 1988. Acto de inauguración de la Fundación Andaluza de Flamenco. / ARCHIVO.

En julio de 1987 comenzó la obra de rehabilitación que duró hasta abril de 1988, y finalmente el 7 de mayo de 1988 el presidente de la Junta de Andalucía, José Rodríguez de la Borbolla, presidente de honor de la fundación, inauguraba, junto a todos los demás patronos, el renovado Palacio de Pemartín, un “templo” dedicado a la memoria del arte flamenco. Tuve el honor de abrir, físicamente, por primera vez tras su rehabilitación, la puerta principal del Palacio tras la cual esperaban todas las autoridades. Vinieron unos años de intensa actividad, de lo que dan fe eventos como la conferencia internacional Dos siglos de flamenco, los Premios de Investigación, los Premios de Pintura, los Seminarios Internacionales de Baile y Guitarra, los Anuarios Flamencos, los Seminarios sobre didáctica del flamenco, y un largo etcétera.

La Fundación Andaluza de Flamenco convocó a esta ilusionante aventura a lo mejor del arte flamenco, en relación a estudiosos y artistas: nos acompañaron en esos años (trabajando en serio, no como figurones mudos, hoy tan al uso en la administración) grandes artistas como Manuel Morao, Fosforito, Matilde Coral o Manuel Cano, y los mejores estudiosos del arte flamenco: José Blas Vega, Félix Grande, Bernard Leblon, Luis Suárez Ávila, Antonio Murciano, José Luis Buendía,etc.

Y, para su realización, el proyecto de la Fundación contó con la ayuda esencial de grandes técnicos de la cultura: Pedro Grimaldi y Sebastián Rubiales, que aportaron una gestión creativa, a la vez inspirada y profesional, y  -un poco despues- contamos con el enorme aporte de Ana Tenorio, documentalista, que supo vertebrar los servicios documentales del centro y sostenerlos con brillantez y tesón, contra viento y marea, a lo largo de esos 30 años. A todos ellos, mi profundo agradecimiento.

La Fundación, además, fue creciendo en sus fondos documentales de toda índole, a partir de la generosísima primera donación de la gran Biblioteca Flamenca de Paco Vallecillo. Pero en estos años, sin embargo, fuimos entrando en una grave crisis económica y de liquidez, por la cuantía y por los retrasos en las distintas aportaciones de los patronos. Se comenzó a desplegar —en esos mismos años— la red de centros culturales de la comunidad autónoma, apareciendo la Filmoteca de Andalucía en Córdoba, la Biblioteca General de Andalucía en Granada, el Centro Andaluz de la Fotografía en Almería, el Centro de Documentación Musical de Andalucía en Granada, el Centro de las Artes Escénicas en Sevilla, etc, y sin embargo ningún centro cultural de la comunidad autónoma de Andalucía se había planteado en la provincia de Cádiz.

Se propuso, pues a la Junta de Andalucía, que aprovechando la experiencia y andadura de la Fundación Andaluza de Flamenco, asumiera el centro y lo transformara en un centro público. Tuvimos la enorme suerte de contar con la complicidad, desde el propio año 1988, de Juan Manuel Suárez Japón, quien fue nombrado miembro del consejo asesor de la fundación, y fue miembro activo del mismo, y posteriormente, en 1990, fue nombrado consejero de Cultura y Medio Ambiente: Juan Manuel ha sido, con diferencia —gracias a la confianza e inteligencia de Manuel Chaves— el consejero de Cultura más preocupado por la defensa y promoción del arte flamenco  de los que nos han tocado en suerte en la lotería andaluza, desde siempre. Y pasó a ser el presidente del consejo rector de la fundación, pero él no era meramente el “consejero de turno” que pasaba por allí, sino la persona, con profundo conocimiento del flamenco y del proyecto que logró articular el tránsito, nada fácil, de un organismo de derecho privado a un centro de la comunidad.

Como he señalado, el Palacio de Pemartín fue levantado de su total ruina en 1987 expresamente para el arte flamenco, por la acción concertada y financiera de cuatro patronos, que finalmente lo cedieron a la Junta de Andalucía con unas condiciones explícitas, recogidas y aceptadas en  la orden de 6 de julio de 1993, publicada en el BOJA el 9 de noviembre de 1993 por la Junta de Andalucía. Entre otras condiciones, cabe resaltar la siguiente, que afecta no sólo al edificio del Palacio Pemartín, sino a todos los bienes documentales que entregó la Fundación Andaluza de Flamenco:

“Dicha transformación queda condicionada, según la voluntad de las Excmas. Corporaciones de la Diputación Provincial de Cádiz y Ayuntamiento de Jerez de la Frontera, también patronos de la fundación a que esta nueva entidad gestora que se integraría en la Red de Centros Autonómicos de Cultura, siempre permanecería en Jerez y su ubicación continuaría en el edificio que hoy constituye la sede de esta fundación“.

Esta voluntad fue adoptada por los respectivos acuerdos plenarios de ambas corporaciones, y también por el consejo rector de la —entonces— Caja de Ahorros de Jerez. Con esa voluntad se entregaron el edificio y todos sus bienes documentales: permanencia en Jerez y permanencia en el Palacio de Pemartín, y así fue aceptada por la Junta de Andalucía.

En la aceptación la orden indica: “Los efectos de esta orden quedarán condicionados suspensivamente a la efectiva creación por la Junta de Andalucía de un ente u órgano dependiente de esta consejería, cuyos objetivos sean análogos a los fines de la fundación que se extingue, cuyo domicilio permanente, sea radicado en el inmueble de la Fundación Andaluza de Flamenco”. Este proceso culminó con el Decreto 159/1993 de 13 de octubre, por el que se creó el Centro Andaluz de Flamenco, publicado en el BOJA 126, de fecha 20 de noviembre de 1993, señalando, entre otras cosas, que este centro “se constituye sobre la base de la experiencia y andadura de la Fundación Andaluza de Flamenco”. En la misma fecha, fui nombrado igualmente director del Centro Andaluz de Flamenco. Y dicha aceptación de los bienes se terminó de formalizar tres años más tarde, en Decreto 281/1996, de la Consejería de Economía Hacienda, de fecha 4 de junio, adscribiendo el bien a la Consejería de Cultura con destino a Centro Andaluz de Flamenco, y la mención expresa a que “sea cualquiera la forma de gestión legal que elija para ese fin, el ente u órgano que cree al efecto tendrá su sede y domicilio social permanente en los indicados inmuebles“.

En 2007 se inició el “Expediente para la Declaración del Palacio Pemartín Bien de Interés Cultural”, elaborado por José Manuel Aladro Prieto, Manuel Castellano Román, Fernando Aroca Vicenti, y Fátima Lourdes Domínguez Fernández. En este informe puede leerse:

“En su etapa actual el bien cumplirá el próximo 2008 dos décadas como sede institucional. Veinte años en los que la fundación inicial, y su heredera el CAF, han desarrollado su labor de documentación y difusión del flamenco, asumiendo desde los primeros momentos la imagen de la edificación como parte integrante y relevante de la propia institución. En este sentido, su ubicación próxima al barrio de Santiago le confería también a la edificación, y por ende a la propia institución, una especial vinculación con el barrio mencionado, considerado tradicionalmente como uno de los focos flamencos más importantes de Andalucía. Amortizada su etapa residencial su nueva función como equipamiento público, y en concreto como equipamiento abierto al uso y disfrute habitual de jerezanos y turistas, le confiere un nuevo valor de representación y difusión de la arquitectura y la historia ante la ciudadanía local y foránea”.

Lámpara de hombres-pájaro, siglo XVII. Donación de José Joaquín Carrera Moreno. / PACO URRI.

Y finalmente, en 2008, el Palacio de Pemartín fue declarado Bien de Interés Cultural.

Estos evidentes valores patrimoniales que cita el informe se vienen respetando desde hace 30 años. El Palacio de Pemartín es un patrimonio cultural rehabilitado expresamente para la grandeza del arte flamenco, que ha encontrado en él su sede y representación más digna, y es ya un patrimonio cultural del arte flamenco. No puede pasar de ser patrimonio del flamenco a ser mero ladrillo en subasta para hacer caja por cualquier administración. Un ejemplo, venderlo para un hotelito o para mansión de cualquier rico, local o foráneo: ello constituiría un expolio literal al propio arte flamenco. Pero ni siquiera cabe dedicar el Palacio Pemartín a otras consideraciones “altruistas”, sociales o culturales: no puede entregarse, por ejemplo a una asociación, o a una hermandad, o a una escuela de dibujo —son ejemplos hipotéticos—. Ello constituiría igualmente un expolio al patrimonio del flamenco.

Las dos condiciones citadas, de permanencia en Jerez y en el Palacio de Pemartín, han venido cumpliéndose desde ese día de 1993 hasta el 12 de mayo de 2017, día en que —en un acto oficial en el Museo de los Enganches, en Jerez— la entonces consejera de Cultura, Rosa Aguilar, anunció el traslado del Centro Andaluz de Flamenco a unas casas —hoy aún en ruinas— en la plaza Belén, para “confluir” con un proyecto de Museo Flamenco que financia la Iniciativa Territorial Integrada.  Ignoro, pues no se han argumentado, las razones ni el fundamento jurídico de dicha decisión, pero caben varias preguntas: ¿Es una decisión informada por los órganos de asesoramiento legal de la propia consejería de Cultura? ¿Es una decisión aprobada? ¿En qué órganos? Puede que la ignorancia sobre todos los antecedentes citados en este artículo haya precipitado una decisión incorrecta, puede que haya información transmitida con errores por otros interlocutores, y que haya sido dada por buena con ligereza por la Junta de Andalucía, sin contrastar los aspectos legales, y todo ello haya precipitado igualmente el anuncio de esa decisión errónea.

Precisamente ha sido el ex consejero de Cultura Juan Manuel Suárez Japón quién de forma magistral ha calificado este traslado anunciado, con las palabras “¡Qué error! ¡Qué inmenso error”. No se puede decir más claro con menos palabras. Y, ciertamente, la decisión es un inmenso error, porque incluye en sí misma la suma de varios errores, a saber:

—Considera que que el Palacio de Pemartín puede servir para cualquier otro fin, ignorando las condiciones con que se aceptó el bien patrimonial.

—Considera, solapadamente, la idea de que el Palacio de Pemartín era patrimonio municipal, cuando fue enajenado —como ruina— del mismo en 1986. No era patrimonio municipal cuando se se entregó a la Junta de Andalucía.

—Ignora que el propio Palacio ha pasado en estos 30 años a fundirse como valioso patrimonio del flamenco, más allá de los valores histórico-artísticos del edificio.

Sala de juntas del Palacio de Pemartín. / PACO URRI.

—Considera que lo más inteligente es agrupar en la plaza Belén el Museo de Flamenco, el Centro de Documentación del Flamenco, el Museo de Lola Flores… y lo que venga. Algunos defendimos hace 20 años tesis parecidas, y yo mismo redacté el proyecto primero de la Ciudad del Flamenco en agosto de 2002, cuando triunfaban las tesis sobre la ciudad creativa y el papel de los grandes contenedores culturales —véase a este respecto toda la obra de Richard Florida—. Pero el mismo gran experto mundial en el tema ha reconocido en 2013 que sus tesis sobre la ciudad creativa han fracasado, y han generado aún mayor desigualdad. Y que, en definitiva, es mucho mejor crear una red con nodos múltiples, itinerarios, acompañado de una intervención inequívocamente integral, no cultural, en el tratamiento de la renovación de los centros urbanos, y donde se armoniza el papel de la cultura y las industrias culturales con el resto de estrategias habitacionales, de producción, de consumo, servicios, etc. Y hay que evitar en todo este proceso una gentrificación cultural. Algunos empezamos en las posturas que he señalado el siglo XXI, hemos evolucionado y en esto ya venimos de vuelta, pero al parecer otros están aterrizando aún en el siglo XXI.

Como señala Fermín Lobatón en un artículo sobre el traslado del centro: “Los cambios deben ser para mejorar. ¿Lo es éste? Yo lo dudo. ¿Es, además, necesario? No lo veo. La distancia con el futuro museo es mínima, de escasos minutos andando y dentro del mismo casco histórico que se pretende revitalizar. Siempre me enseñaron que la Administración está obligada a la gestión racional de los recursos y a su optimización y, en este caso, no veo la racionalidad ni encuentro una razón que justifique la inversión. Pienso que el CADF va a perder una sede que lo prestigia y me pregunto cuál será el destino asignado a un Palacio que es Bien de Interés Cultural y que fue remodelado para acogerlo”.

Como también señala Juan Luis Sánchez Villanueva en otro reciente artículo: “Considero que el continente debe estar al nivel del contenido”. El Centro Andaluz de Documentación del Flamenco, albergando gran parte del calificado como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, no puede estar en cualquier edificio, ha de tener una sede acorde a su categoría y el espacio del Zoco de Artesanos no está a la altura”.

La propia Cátedra de Flamencología de Jerez, entidad pionera en España en los estudios flamencos, se acaba de pronunciar igualmente en contra de dicho traslado —que igualmente les afectaría al contar con su sede en el propio Palacio Pemartín— por la pérdida patrimonial que supondría para el Centro de Documentación, para la propia Cátedra y para el flamenco en general.

Y como —por último— señala mi viejo amigo Pedro Grimaldi, en un tercer artículo muy reciente, titulado El flamenco merece un palacio: “Hoy, una decisión equivocada, un inmenso error, pretende enterrar 30 años de historia, de la que me siento partícipe, y desahuciar la memoria del flamenco desde un Palacio, desde un templo, a un espacio que no corresponde a su dimensión universal. No es tarde para rectificar“.

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