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El país de las tentaciones

La Crítica de Villamarta. Marco Flores estrena en el XX Festival de Jerez 'Entrar al juego', una provocativa obra en la que su explosivo autor cede el protagonismo a un reparto coral donde sobresalen los veteranos Carmela Greco y Alejandro Granados, en plena forma.

La Crítica de Villamarta. Marco Flores estrena en el XX Festival de Jerez ‘Entrar al juego’, una provocativa obra en la que su explosivo autor cede el protagonismo a un reparto coral.

Dirección y coreografía, y producción: Marco Flores. Dirección escénica y coreográfica: Juan Carlos Lérida. Colaboración en la dirección artística y coreógrafa invitada: Olga Pericet. Artistas invitados: Carmela Greco Y Alejandro Granados. Dirección Musical: Marco Flores. Música Original: Jesús Torres y José Almarcha. Bailarines: Claudia Cruz, Agueda Saavedra, José Manuel Alvarez, Alejandro Granados, Carmela Greco y Marco Flores. Diseño de iluminación: Gloria Montesinos, A.A.I. Diseño de sonido: Beatriz Anievas. Regiduría: Elena Vilaplana. Diseño gráfico: Loredana, Pellecchia. Fotografía: Paco Villalta. Diseño de vestuario: Felype de Lima. Lugar: Teatro Villamarta. Día: 22 de febrero. Aforo: Lleno (***)

¿Es un lugar en el que habitamos? ¿Ese sórdido antro es parte de nosotros mismos? ¿Es ese universo paralelo repleto de tentaciones y deseos mutilados un territorio de nuestra conciencia? ¿O es el hemisferio en el que dejamos volar nuestra imaginación y nuestros sueños? Todo o nada. Marco Flores ha estrenado en el XX Festival de Jerez su nuevo trabajo con compañía propia, Entrar al juego. Una tercera creación radicalmente distinta a lo que habíamos podido verle antes bajo el trío Chanta la Mui (con Pericet y Doña) o ya como autor en solitario. Están presentes, cómo no, sus inquietudes y sus constantes vitales, aunque canalizadas de modo bien distinto a lo que le conocíamos. Con las novedosas muletas esenciales de dos veteranos en plena forma, Carmela Greco y Alejandro Granados -quizás volviendo a ese formato de trío protagónico que tanto le hizo disfrutar-, el bailaor arcense no da prácticamente tregua sin que necesariamente el peso escénico siempre recaiga en él. Como demiurgo, mueve los hilos de sus replicantes, pero deja claro que su juego en esta ocasión es más el de las ausencias y los silencios que el de copar la escena.

Del negro que predominaba en Deflamencas y Laberíntica, sus anteriores propuestas, pasa aquí a un rojo sangre que baña toda la caja. A veces asfixia. Es necesario para llegar al clímax. “No te pongas colorá…”, es el primer fraseo que pronuncia un cantaor en el inicio del espectáculo. Una advertencia en toda regla de lo que sucede a continuación. Seis bailaores-bailarines completamente vestidos de rojo y unas electrizantes luces del mismo color jalonando el telón de fondo de arriba a abajo. La estética en la puesta en escena -vestuario, atrezzo mínimo, juego de espacios con la luz…- tiene un gusto a Lérida que empieza ya a ser más que reconocible en el mundo del flamenco y de la danza. Aquí, gracias al soporte de una impagable iluminación comandada por la inefable Gloria Montesinos, el rojo también se convierte en negro a su antojo para subrayar la vertiginosa ruleta en la que el artista sumerge al espectador durante hora y media de función. Para ello, obviamente, este tiene que dejarse llevar; y el anfitrión no se anda con medias tintas: o participas del viaje o abandonas. La decisión no es cómoda en ningún caso y aunque solo sea por ese riego y provocación en el timorato conjunto de propuestas actuales, salvo honrosas excepciones, ya sería digno de ovación cerrada.

Este país en medio de ninguna parte, esta dimensión paralela a medio camino entre club de carretera y antesala del infierno, a veces ofrece otras visiones más amables. Bien podría ser la Babilonia borgiana en la que la victoria en el juego de la lotería equivale a unas monedas de oro y los números infaustos a la tortura y la muerte. Lo primero que se muestra es a un futurista grupo enmascarado, como una especie de panda de fetichistas salidos de Mad Max o de algún cuadro de Otto Dix. Es Flores el que destapa a voluntad los rostros de sus acompañantes para manejarlos y tentarlos a cada movimiento coreográfico, a cada nota o quejío. A la postre, entenderemos quién movía realmente los hilos, aunque es mejor ahorrarnos el spoiler.

A nivel musical, la pieza es una joyita: la gama y el ensamblaje de estilos en el mismo primer movimiento va del apunte por farruca a una gama de tangos y tientos en los que el ritmo es vibrante y cada vez más sugerente. La soleá también se detendrá en sus variantes internas, como el Charamusco apolao que se marca Luis Moneo -el más notable del atrás cantaor-. Si la calidad de los invitados veteranos es indiscutible –algo sobreactuado al principio Granados-, el trío de bailarines jóvenes raya a gran nivel, con especial detenimiento en la figura de la gaditana Claudia Cruz -deliciosa en las alegrías, mirabarás y cantiñas-. En esa misma secuencia inicial hay un corrillo de jaleos entre los bailaores que paraciera emular una ruleta rusa. Giran y giran, agitándose hasta que descerraje la única bala. Provocativa, chocante e imprevisible, Entrar al juego es una partida de póker en la que el farolero no siempre gana. 

Marco Flores pertenece a la pujante nueva generación de creadores en el baile flamenco contemporáneo. Gente no solo bien preparada a nivel físico sino, especialmente, a nivel mental. Esforzados y completos en sus movimientos, pero también sobrados en lo conceptual. Aquí lo vuelve a demostrar. Si en Laberíntica la propuesta estaba muy lejos de su explosivo baile, en este nuevo trabajo su repleta gama de recursos dancísticos encuentran buen acomodo en un argumento conciso y en un reparto de papeles más coral. Eso sí, cuando baila, baila. Ya sea por seguiriyas, donde se desgarra en el que parece el desenlace es fatal, o por la inolvidable guajira, con abanico negro, que se marca en un bello paso a dos a modo de coda con una institución como Carmela Greco. Una seductora pieza que sintetiza el alma de la obra: sí pero no, te quiero-no te quiero, me atrevo-no me atrevo, aparezco o desaparezco, juego o no juego. Tentaciones y dualidades de esa lotería de Babilonia en la que, ya escribió Borges, aceptar errores no es contradecir el azar: es corroborarlo. Hagan sus apuestas.

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