La Rotonda

El no análisis del debate electoral en mi clase de ‘spinning’

Vientecillo frío en la mañana de este martes posdebate electoral. Supongo que fui uno de los pocos españoles que sucumbió y no pudo llegar al minuto de oro final. La televisión en España parece ser que es para los que no madrugan y entonces era difícil después de un duro lunes laborable llegar hasta entrada la madrugada escuchando a nuestros reputados políticos. Y eso que estaba interesante la cosa, pero no tuve fuerzas. Como me perdí el desenlace, estaba ansioso por comprobar las reacciones y las tertulias improvisadas que esta mañana se sucederían en la palestra jerezana sobre lo que dio de sí la contienda. No leí nada en Twitter, solo quería escuchar la opinión de la gente a pie de calle.

Eso sí, iba hacia el gimnasio en el coche escuchando a Ángels (tú no te acordarás de mí, pero me llamaste hace poco cuando aún conducías Hora 25 por el tema de unos hinchas que se infiltraron en un autobús del PP para viajar de balde a Madrid y ver un partido del Cádiz). No me ha quedado muy claro en la tertulia, también muy cipotuda (cinco analistas alpha), quién ganó, ya que sobre todo hablabais del adoquín de Rivera (que por cierto lo venden en Amazon) y de lo por encima que cabalgó Abascal, evitando el conflicto y mostrando su cara menos radical (que es mucho decir).

He llegado al gimnasio y esperaba que alguien me recibiera como María Casado recibía a los invitados al debate de anoche, y no me refiero a pelada de frío, sino con complicidad, sonrisas y palmadas en el hombro. No ha sido el caso, pero al menos tenía la esperanza de oír algún comentario, algún chascarrillo, algo sobre lo que ocurrió anoche en directo ante millones de españoles. No he oído nada. Todo el mundo concentrado en quemar calorías.

He visto de refilón a Aitor Esteban. Y no es que estuviera haciendo gimnasia de buena mañana, es que salía por las muchas pantallas de las instalaciones en una entrevista en Los desayunos. Al bajar a la sala de máquinas, oía el murmullo de las 30 o 40 personas allí preparadas en sus bicicletas. Nada, nadie hablaba de lo que pasó anoche. Yo tenía ganas de preguntar, pero no quería quedar de pardillo por haberme perdido lo mejor del espectáculo en la antesala del 10N. Ni un triste comentario. Ni un jo, Pedro lo bordó; menudo estuvo Pablo, tendrá chalé en Galapagar, pero es el único que se acuerda de los proletarios; Casado estuvo vibrante, desde que se dejó la barba es otro diferente… Nada sobre nada.

Con sus toallas y botellas de agua, aguardando el momento de pedalear de nuevo con la música en un duelo a muerte con los chillidos de la abnegada monitora, la gente estaba en lo que estaba. Sin saber muy bien en qué quedó la cosa, he rodado en la bici pensando que la monitora era en realidad spin doctor de cualquiera de los candidatos que intervino anoche y que sus consignas nos empujaban a seguir. Sin más. Aquello daba igual, todos acabaríamos ganando si salíamos airosos de la clase. He anotado algunas de las frases motivacionales que ha dicho, todas muy de argumentario partidista: “Yo también estoy cansada, pero trato de superarme; si podéis, apretad; bajamos la cadencia, pero no toquéis la carga; estamos en la recta final, seguimos con intensidad alta, vente arriba; volvemos al trabajo de resistencia…” Y así.

En la sala no olía a leche ni a cachorrillo pasados 45 minutos. Era otra cosa. Pero sí sonaba atronadora una canción que fue como una premonición Désenchantée. Sin saberlo, la spin doctor en maillot ciclista había situado en su playlist de la clase la canción que mejor resumía todo lo de anoche: Soy de una generación desencantada, desencantado / Todo es caos / Al lado todos mis ideales: palabras dañadas… / Estoy buscando un alma que me pueda ayudar. Un temazo de Kate Ryan que no envejece. “Colócate… vente arriba”, exige en última instancia la monitora. Así hasta el domingo. Las veces que hagan falta. Sonó Désenchantée, pero podía haber sonado A quién le importa. ¿Quién ganó en el debate? Eso ya daba igual, aquí siempre ganamos todos.

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