Paradojas de la vida

El misterioso autor de ‘El algoritmo Rubiales’

Alguien de la prestigiosa editorial Libros Canto y Cuento le facilitó al estudiante Antanas Zukauskas Vienulis la dirección de mi domicilio, dando por descontada su buena fe. Inmediatamente se presentó en mi casa, sin avisar, una mañana del pasado verano.

Zukauskas, que yo creo el verdadero autor de El Algoritmo Rubiales, dijo ser de Monforte de Lemos, hijo de un panadero de origen judío. No especificó muchos más detalles; además, se expresaba de un modo neblinoso lo que añadía desconfianza a la oscuridad. Nunca entendí su intención y apenas sus palabras. No era alto ni bajo, ni joven ni viejo, ni guapo ni feo. Llevaba lentes soviéticas, parecidas a las que utilizaron Chejov y Trosky y algunos alumnos sabihondos antiguamente, y un foulard negro de seda. A mis preguntas sobre su vida y sus estudios me respondía con evasivas, ahora lo veo con claridad.

Entonces se encontraba redactando una tesis en la universidad lituana de Vilna, sobre la cualidad de las emociones a partir del ritmo cardíaco, el tono de la voz y la dilatación de las pupilas. A este procedimiento lo denominó El Algoritmo Rubiales.

Nunca tuve mucho convencimiento de que su propósito llegase a buen fin. Entre divagaciones pretendidamente eruditas y estornudos incontrolados me hizo alguna pregunta a las que no encontré la menor relación con el objeto de su investigación: ¿Considera correcta la antropofagia como una solución alternativa al veganismo radical? ¿No sería adecuada la presencia del padre del paciente en la sesión terapéutica si nos encontrásemos con un complejo de Edipo resistente?

Según su testimonio, Antanas Zukauskas había creído encontrar el método científico para deducir el tipo de emoción a partir de señales fisiológicas de un sujeto. Pero he de confesar que no me mostró su descubrimiento con claridad ni lo adiviné entre sus fórmulas matemáticas.

Portada de ‘El algoritmo Rubiales’.

El día que encontré la portada del libro y el nombre de J. Martín Fernández como su autor sufrí una considerable conmoción. No entendía la razón de este cambio de identidad. Y mucho menos, su esfuerzo ridículo por hablar con acento gallego y hacerse pasar por tal.

Pero más allá de la intención seguramente inocente y honesta de Zukauskas Vienulis, ¿no parece extraño este juego camaleónico? Y si quería pasar desapercibido, ¿por qué llevaba un foulard negro en el mes de julio en Jerez, aunque fuese de seda? Los jerezanos no son tan ingenuos: el más simple de ellos colegiría una intención resbaladiza en un sujeto con foulard negro y lentes soviéticas. Desde luego.

Al parecer, el libro lleva meses agotado. Ni puedo corroborar el algoritmo, ni certificar su autoría. No he tenido la suerte de recibirlo en correspondencia a la atención que le presté al supuesto autor en su día. Y no lo digo como reproche, pero sí con un leve desencanto. Y lo que es mucho peor, a Antanas Zukauskas parece que se lo ha tragado la tierra. Desde que nos despedimos el verano pasado, jamás ha dado la menor señal de vida.

Un velo enigmático cubre todo este asunto. ¿Martín Fernández es Martín Fernández? ¿O es simplemente un seudónimo de Antanas Zukauskas, aquel estudiante lituano que se esforzaba en parecer gallego?

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