Opinión

El imperio de la mentira emotiva

Ahora que Unamuno vuelve a estar de moda —si es que alguna vez lo estuvo— y que las reediciones de sus obras pueblan las mesas de las cadenas de librerías por obra y gracia de Movistar Plus, se ha popularizado una de sus anécdotas más célebres. Tal vez la hayan oído estos días. Al parecer, en cierta ocasión un joven discípulo preguntó a Unamuno si creía en la existencia de Dios y este le respondió que antes de contestar deberían ponerse de acuerdo en qué era para ambos creer, en qué era para ambos existir y en qué era para ambos Dios. No sé si ustedes palparán el relativismo viviente en las palabras del autor de Niebla, pero a mí me han sabido muy recientes. Quizás por malentendidas. Si el filósofo bilbaíno apelaba a la razón y la fe para consensuar o no unos postulados a priori distantes —sobre el existir, el creer y el ser de Dios—, el mundo actual padece una epidemia bien distinta.

En el año 2016, el diccionario Oxford estableció un nuevo término que trataba de poner nombre a una realidad que ha ganado enteros en los últimos años: la evidencia de que las verdades se imponían socialmente cada vez más no por la fuerza de la razón sino por el poder de lo emocional, escapando así del nexo con la razón lógico-científica. La denominada ‘post-verdad’ deriva de la voz inglesa ‘post-truth’ y alude a esa distorsión deliberada de la realidad con el fin de influir en la opinión pública, de manera que las apelaciones emotivas acaben siendo más poderosas que los hechos objetivos. Es por ello por lo que también se conoce a la posverdad como “mentira emotiva”. Esas falacias de la razón han aupado a la Casa Blanca a Donald Trump, propiciaron el rechazo del referéndum de paz en Colombia e impulsan a diario la cultura del odio a través de los medios especializados en construir noticias falsas a sabiendas de que lo son.

Esta semana hemos vuelto a asistir al imperio de las mentiras emotivas, de los discursos proyectados con fuegos artificiales y recibidos con alharacas por quienes han decidido que los quieren creer. El candidato de Vox a la presidencia del gobierno nos demostró el lunes que la posverdad está en todo su apogeo. Ni corto ni perezoso le dio por soltar que el 86 por ciento de las denuncias por violencia de género son archivadas o que siete de cada diez agresiones sexuales masivas en España las cometen inmigrantes. A tenor de la razón, lo uno es tan rotundamente falso como lo otro pero, a pesar del imperio del embuste, todos los mentideros coinciden en que el patriota Abascal fue sin paliativos uno de los vencedores del debate a cinco. Y es que ante la quiebra del valor de los hechos, las mentiras emocionales triunfan sin necesidad de justificación. Resulta más relevante creer lo que se desea creer que proporcionar la fuente legítima de una información o atender a lo fáctico. Cuando la importancia de la verdad se resquebraja, los ratones bailan a su antojo. Todo es posible y a la vez nada tiene valor.

Y así hoy la barbarie es unánime. Es el régimen de terror por las dos partes. España está asustada de sí misma, horrorizada. Aúllan y piden sangre los unos y los otros. Y aquí está mi pobre España, se está desangrando, arruinando, envenenando y entonteciendo. Eso escribió un tal Miguel de Unamuno allá por noviembre de 1936.

Etiquetas

Más artículos en esta categoría:

Comentarios

  1. Como dije ayer con mayor detalle, en mi comentario (al que me remito) sobre el artículo “Las mentiras aberrantes de VOX y sus socios” publicado en esta misma sección de opinión, los datos estadísticos que dio Abascal sobre la “violencia de género” son verdaderos, con la única precisión léxica (errata) de que, donde dijo que el 86% de las denuncias son archivadas, debió decir que el 86% de las denuncias terminan en una sentencia absolutoria por falta de pruebas, errata que no desvirtúa su conclusión; esto es, que las denuncias falsas son muchas más de las que oficialmente se admiten y (esto lo añado yo) también se concluye que no sabemos cuántas denuncias falsas hay realmente en delitos por “violencia de género” porque no interesa políticamente saber la verdad, pero que lo más probable es que estén en el entorno del 20 – 30 %, como sucede en otros delitos. Y, como también dije ayer, tampoco mintió Abascal cuando dijo que el 70% (EL PAÍS, le corrigió precisando minuciosamente que es el 69%) de los detenidos o imputados por delitos sexuales del tipo “manada” son extranjeros (dato de la Secretaría General Técnica del Ministerio del Interior). Así que Abascal no mintió, convenga o no convenga lo que dijo a determinados intereses políticos y económicos. Y, es más, como también dije ayer, dejar que sea Abascal el único que dice esas verdades y, a mayor abundamiento, tratar de negar esas verdades es hacerle un gran favor electoral a VOX, es una grave torpeza política de sus adversarios; favor al que contribuye este artículo como una gota más. Por eso Abascal ha quedado en las encuestas como vencedor del debate, del debate en la derecha (porque había dos debates dentro del debate), que es de lo que se trataba y, ello, presumiblemente le reportará algunos votos, tampoco tantos como se dice. El vencedor del otro debate, del debate de la izquierda, fue Iglesias por incomparecencia de Sánchez, que estuvo grogui, que tuvo una intervención pésima, negándose a contestar preguntas que le hacían los contertulios y mirando a su atril, en el que no cesaba de tomar apuntes de no se sabe qué, cabizbajo y con el semblante agrio.
    Decir que Trump llegó a la Casa Blanca a base de post-verdades (término que él puso de moda para contraatacar a los medios del establishment –inclusive de la órbita del propio partido republicano- que le difamaron durante la campaña con toda clase de bulos e insultos y que siguen difamándole) es no saber nada de la sociedad estadounidense. Trump ganó a la (odiada y nefasta) Clinton, contra todos los pronósticos (manipulados), porque conectó con la gran mayoría silenciosa de electores blancos, varones, heterosexuales, del Medio Oeste (principalmente) y de clase media trabajadora o pequeños y medianos empresarios hartos del pensamiento políticamente correcto dominante y de las políticas contrarias a ese grupo social de la casta extractora y autista de Washington y a quienes Trump les dijo las verdades que nadie les decía sobre los problemas que realmente les preocupaban. Trump ganó porque es multimillonario y no necesita la política para vivir, por lo que puede enfrentarse a los poderosos “lobbies” mediáticos y decir abierta y claramente lo que piensa y lo que ningún otro político se atrevía a decirles a los ciudadanos, especialmente a los votantes republicanos (que son mayoría). Y también ganó por su magistral dominio del discurso mediático, especialmente del televisivo y de las redes sociales. Pero, además, Trump está consiguiendo casi todo lo que prometió en su programa electoral y tiene altas probabilidades de repetir mandato presidencial, sale de caballo ganador. Trump es un gañán con unos pésimos modales, pero muy inteligente y con mucho dinero; y sus adversarios cometieron el grave error de infravalorarlo, error en el que se mantienen, como la autora.
    Sobre el referéndum de Colombia para el acuerdo de “paz”, eufemismo para tratar de blanquear lo que era una rendición a la guerrilla narco-comunista criminal que estaba a punto de ser derrotada, fue (como la rendición de ZP ante una ETA prácticamente derrotada) una maniobra de la izquierda para garantizarse unos aliados políticos en el Parlamento que la perpetuaran en el poder. El pueblo colombiano, con muchos más valores morales que el español, tuvo la valentía y la decencia de no aceptar aquella rendición en un primer referéndum cuyo resultado la casta política no aceptó y que no cesó de manipular hasta conseguir imponer lo que quería. La falacia de aquél acuerdo de “paz” se está evidenciando ahora que numerosos guerrilleros, ya repuestos, están volviendo deslealmente a las armas.
    Como también es una “post-verdad”, un disparate monumental, siquiera insinuar que la situación política actual de España pueda ser comparable en modo alguno a la barbarie, al régimen de terror y al horror de la España de noviembre de 1936, a la España de la guerra civil; eso denota, como mínimo, en desconocimiento absoluto de cómo era la España de 1936. Por fortuna, estamos lejísimo de aquello, aunque muchos irresponsables no cesan de hurgar en heridas cicatrizadas desde hace décadas.
    Resumiendo, la autora cae en lo que critica, en la “post-verdad”, para tratar de atacar a VOX, cuando ingenua y realmente le hace un favor. Consejos vendo y para mí no tengo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *