OpiniónParadojas de la vida

El horizonte

Si tomamos la acepción del término ‘real’ como aquello que existe en sí mismo con independencia del sujeto que lo observa, entonces el horizonte es algo irreal: no hay ninguna línea física que separe el cielo y la tierra. Y, mucho menos, un lugar donde las olas salpican las nubes, como dice la canción de Serrat. Sería bonito sentarse en la barandilla y ver qué hay del otro lado… pero, a veces, muchas veces, la realidad no coincide exactamente con nuestras ilusiones. Propiamente hablando el horizonte es algo que nosotros construimos.

En sentido metafórico, a veces empleamos la palabra ‘horizonte’ junto al adjetivo ‘personal’, para señalar la meta hacia la que navego de una manera vital. Paralelamente a lo que acontece con la línea física aparente, las metas de mi vida se van diluyendo en la medida en que las voy teniendo a mano para, inmediatamente, formular otras más lejanas que me impulsen a seguir navegando tras ellas. Solo que en la vida se sustituye el espacio por el tiempo.

El asunto consiste en averiguar si es mejor o peor tener muchas metas o pocas, concretas o difusas, lejanas o cercanas… o, incluso, tener metas expresas o no tenerlas. Cada cultura, cada religión, cada cofradía ha dado una respuesta diferente. ¿Es mejor procurar el éxito económico, vivir entregado a la pasión o llevar una vida de privaciones rechazando placeres y comodidades? Y, lógicamente, no es lo mismo responder a estas preguntas siendo calvinista, Madame Bovary o un monje anacoreta.

Yo confío poco en las recetas y, menos aún, en las recetas universales. Para eso ya tenemos las redes sociales y los cuñados. Me molestan las frases que comienzan con un “tú lo que deberías de hacer…”, y, para ti y para mí, creo que suelen conseguir exactamente lo contrario de lo que intentan. Yo propongo mejor para determinar nuestras metas, en el caso de que tuviéramos que tener alguna y no más bien dejarnos ir al pairo de la vida, formularlas junto con expresiones adverbiales relativas, para hacer los objetivos más llevaderos y huir de su frecuente tiranía: en cierto sentido, de alguna manera, en ocasiones, a veces, desde un punto de vista, de vez en cuando, casi siempre, hasta cierto punto…

Para entender la conducta de una persona, estamos obligados a conocer su historia personal, su biografía, sus relaciones, su familia de origen, sus necesidades confesas e inconfesas, sus éxitos y fracasos… Y solo, con esta condicional, podríamos encontrarle un sentido a sus propósitos y a sus metas. Es decir, a sus deseos propuestos como fines. Y, por tanto, a los actos que realiza para conseguirlos.

En realidad, y contrariamente a lo mantenido por el espíritu científico desde Grecia, el auténtico conocimiento es siempre conocimiento de lo singular. El conocimiento universal quiere abarcar tanto que el resultado es puro humo, no añade nada. No nos interesa saber de Sócrates si es hombre y, por tanto, mortal; esto es una pura tautología; Nos interesa saber de Sócrates aquello que lo hace único, insustituible. Lo que hace que Sócrates sea Sócrates, su particularísima manera de estar en el mundo. Para poder entenderlo. Como inevitablemente hay que proceder en la consulta del psicólogo.

No hay un horizonte. Hay un número indefinido de horizontes. Tantos como voluntades. Si aceptamos esto nos podremos ahorrar la oratoria insufrible de casi todos los predicadores —defiendan la causa que defiendan— y todas las frasesitas de autoayuda del Facebook. No es poco. Porque, visto lo visto, puede ser tan correcto anteponer el amor a uno mismo tanto como anteponer la propia renuncia a favor de los demás. Depende. Según. Habría que ver.

El horizonte personal es un punto de partida, un viaje que está siempre en el mismo sitio, en nuestra insustituible perspectiva del mundo. Las auténticas metas ya las llevamos a cuestas con nosotros, pero, a veces, no nos damos cuenta. Al contrario que la libertad, que es una conquista, un punto de llegada. Y los entendemos justo al revés.

Toda la vida frente al mar soñando con alcanzar el horizonte, suspirando por sentarnos en el balcón donde las olas salpican el mar. Y ahora descubrimos que no hay balcón, ni olas, ni mar. Que ese balcón, si está, está dentro, no fuera. El horizonte es un puro espejismo. Cuanto más deprisa voy, más lejos se va, como dice Serrat.

Más artículos en esta categoría:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *