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“El fútbol sala es mi vida: acabé dejando el flamenco para cumplir mi sueño”

La gaditana Amelia Romero vive, a sus 27 años, el mejor momento deportivo de su vida tras la nominación al premio para ser la mejor jugadora de fútbol sala del mundo. 

La gaditana Amelia Romero vive, a sus 27 años, el mejor momento deportivo de su vida tras la nominación al premio para ser la mejor jugadora de fútbol sala del mundo.

La sonrisa aún permanece en la cara de Amelia, que acude a la entrevista junto a su hermano Ale. Ambos son jugadores de fútbol sala: él, portero; ella, cierre. La protagonista lo es por haber sido nominada recientemente a mejor jugadora del mundo, siendo la única española que este año opta a tan prestigiosa y honorable distinción. Competirá el día 10 de enero —cuando se entrega— con, entre otras, las brasileñas Vanessa Cristina Pereira —ganadora en 2010, 2011 y 2012— o Amandinha —ganadora en 2015, 2016, y 2017—. Para Amelia, sin embargo, ya es un premio simplemente el hecho de ser una de las candidatas a ganarlo. “Nos enteramos en la cena de Nochebuena y porque empezaron a decirlo por el grupo de WhatsApp las compañeras de equipo”, aclara. Y es que, a pesar del buen año realizado, “no me lo esperaba”.

A sus 27 años, la jugadora del Futsi Atlético Navalcarnero (Atlético de Madrid) entiende que se encuentra “en mi madurez deportiva, 2017 ha sido el mejor año de mi carrera”. No es para menos. Ha ganado “todo menos la Copa”, incluida “la Liga haciendo récords, como por ejemplo las 25 victorias consecutivas o un menor número de goles encajados que de partidos jugados”. Algo extraordinariamente difícil en el fútbol sala, donde se anota una mayor cantidad de tantos que en fútbol once, a pesar de que “está cambiando”, como reconoce su hermano, que se queja de que “ahora muchos equipos se olvidan del espectáculo y se centran solo en el físico y en defender”.

Amelia empezó a jugar a fútbol sala con él. Lo hacía, además de porque le gustaba, “porque teníamos que acompañar a mi madre en el centro de educación infantil en el que trabajaba”. Como no tenían nada que hacer y había que matar el tiempo “nos poníamos allí a jugar a futbito”. Eran los primeros pasos que daba, sin saberlo, una futura campeona de todo en el fútbol sala español. “Mi madre vio que de verdad era lo mío, tanto que acabé dejando el flamenco para centrarme en el deporte y cumplir mis sueños”.

Su carrera comenzó, como no podía ser de otra forma, en el Cádiz FSF —que actualmente milita también en la máxima categoría, junto al Guadalcacín—. Su técnico, el mismo que dirige hoy día al cuadro gaditano, Kiko Oliva. “Sigo en contacto con él, hablamos de su equipo, del mío, del fútbol sala en general…”, apostilla Amelia, que abandonó su ciudad natal con 18 años para marcharse a Córdoba. “Tenía que buscar el momento exacto para irme, no podía hacerlo con 14 años que seguía siendo una niña. Además, tenía que mirar también a qué equipo me iba para que no me cortaran la progresión”. En la ciudad califal estuvo de paso antes de recalar en Valladolid.

Allí se dio cuenta realmente “de que estaba fuera de casa”. Aquella época la recuerda como “de transición” antes de marcharse al Universidad de Alicante, donde buscaba “ganar títulos, aunque ya me puse la meta de llegar a la selección española”. Cuando lo logró, se marchó a Navalcarnero. El Futsi es, para Amelia, “el mejor equipo en el que he estado, ya no quería quedar tercero o cuarto, ya buscaba un equipo que peleara por títulos cada temporada”. Por aquel entonces, el cuadro rojiblanco era el campeón de todo “y con lo que había en el club sabía que iba a mejorar más”. Y lo está haciendo gracias, en buena parte, a “un entrenador que dedica cuerpo y alma al fútbol sala, igual que todo el equipo técnico y médico”. Las compañeras, para la cierre gaditana, “son las mejores jugadoras de toda la Liga”.

Ahora echa la vista atrás. En ningún momento se imaginó todo lo logrado cuando apenas levantaba un palmo de suelo. “Nunca pensé que fuese a ganar dinero haciendo mi pasión, ni que ésta tuviera una recompensa tan grande”. Un premio más que merecido tras una vida de esfuerzo y dedicación a un deporte que, desgraciadamente, no le reporta todo el beneficio económico que una futbolista de su calibre debería percibir. Por ello tiene que dividirse entre un comedor escolar y la dirección deportiva de un club para poder mantenerse en Madrid.

De la boca de su hermano Ale la palabra que más resuena es orgullo. Orgullo por luchar por lo que ella siempre ha creído. Orgullo por no rendirse jamás y orgullo por un “gen competitivo que la ha llevado a donde está ahora mismo”. Amelia tiene hambre de más y quiere seguir ganando. Con ese objetivo continúa entrenando cada noche al terminar de trabajar, sin importar el cansancio acumulado. “El fútbol sala es mi vida”, afirma. No resulta difícil de creer. La única española nominada a mejor jugadora del mundo vive en Madrid, es de Cádiz y quiere más. Ahora, tras el periodo vacacional, vuelve a la rutina de trabajo y entrenamientos para preparar los partidos. La mejor cierre de España tiene aún tarea por delante.

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