El sol de los gitanos

El fracaso de la escuela (II)

“Espera de tu hijo lo que hiciste con tu padre”, dice el refrán. Cierto. Pero también podría haber otro no menos acertado que dijera “espera de tu padre lo que con él hizo el suyo” (o sea, tu abuelo). Porque a la hora de ejercer la paternidad nadie ni nada nos enseña tanto como el modelo que hemos mamado, nuestra propia experiencia de hijos. Y lo mismo que en la familia ha venido sucediendo en la escuela, donde maestros y profesores tienden a reproducir frente a sus alumnos los métodos de enseñanza que mejor conocen: los que con ellos emplearon en su infancia. De ahí el carácter esencialmente conservador de estas dos instituciones.

Esto ha sido así durante siglos, mientras la tradición y los mayores han gozado de prestigio y respeto. Pero hay en la Historia puntos de inflexión, en los que lo antiguo pierde todo atractivo hasta el punto de tornarse incluso indeseable. Así sucedió al final del franquismo, cuando el rechazo de la dictadura, y de todo lo que tuviera visos de autoritarismo, supuso el de muchas otras cosas que poco o nada tenían que ver con ella, salvo su coincidencia en el tiempo. Había que hacer borrón —o “borbón”, como decía el chiste— y cuenta nueva. Y así se ha hecho en el ámbito de la familia, con padres que, por no parecer autoritarios, y en contra de la educación recibida, pretenden ser amigos en vez de padres de sus hijos, a quienes eximen del cumplimiento de cualquier tipo de normas. Y así les va.

Y lo mismo ha sucedido en la escuela, de la que han desaparecido muchas normas, elementos, actitudes y métodos de aprendizaje que erróneamente muchos han considerado franquistas o autoritarios. Y todo ello reforzado por una pedagogía que en aras de la motivación y la creatividad, abomina de todo aquello que tenga un carácter disciplinario o repetitivo, como es el caso de la memorización, la caligrafía, el cálculo mental, los dictados, formar filas para entrar en orden en las clases, el empleo del “usted” para dirigirse a profesores y maestros, la tarima desde la que estos gozaban de una posición preeminente y de un mayor dominio visual de la clase, etcétera. Las mismas reválidas que ahora trata de volver a instaurar la LOMCE han sido tachadas de franquistas por muchos profesores —en contra de ellas se han manifestado hace algunos días—, ignorantes de que estas pruebas se establecieron por primera vez en España durante la II República.

En Francia, paradigma de las libertades y país nada sospechoso de franquismo, los alumnos no pueden tutear a los profesores y les siguen tratando de monsieur o madame, y las autoridades educativas han recomendado recientemente recuperar los dictados y el cálculo mental, entre otras tradiciones de la escuela, con el fin de detener el deterioro del sistema educativo. Es una pena que en España, donde los resultados escolares son aún peores que en el país galo, las nuevas corrientes dominantes entre los sectores políticos que se denominan progresistas, no solo no cuestionen esta nueva pedagogía que nos ha traído hasta aquí, ni el rechazo de brocha gorda de todo lo que huele a antiguo, sino que, en una huida hacia adelante, o quizá en un retorno a la mentalidad antifranquista e incluso a la estética juvenil de los años 70, se siguen oponiendo a cualquier revisión que suponga el rescate de prácticas tradicionales de contrastada eficacia.

No pretendo hacer un alegato contra las innovaciones pedagógicas, que me parecen absolutamente necesarias, sino aplicar el sentido común y ser conservador cuando de conservar la salud se trata —no la sarna—, y progresista en lo que realmente supone algún progreso. Que no toda innovación es buena por el hecho de ser nueva, ni todas las tradiciones son malas por ser antiguas, y ni siquiera porque mantuvieran su vigencia durante el franquismo, un período de la Historia que para muchos, afortunadamente, ya es solo eso, Historia que hay que conocer y estudiar para aprender de ella, pero que algunos necesitan resucitar para darle sentido a sus vidas —”contra Franco vivíamos mejor”, escribió alguien con lucidez en una pared al final de la Transición—, y para mantener artificialmente encendida la llama juvenil de la indignación y la rebeldía.

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