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El festival y la tapia

No demasiado lejos de Sevilla capital, en lo que a día de hoy no es más que un páramo desolado, se levantó una calurosa institución psiquiátrica. Un manicomio de gran espectro asistencial, con un nombre que rozaba el esperpento: El manicomio de Miraflores.

No demasiado lejos de Sevilla capital, en lo que a día de hoy no es más que un páramo desolado, se levantó una calurosa institución psiquiátrica. Un manicomio de gran espectro asistencial, con un nombre que rozaba el esperpento: El manicomio de Miraflores.

Fundado a finales del siglo XIX, el hospital, que llegó a encerrar a más de 1.500 personas durante varias décadas del franquismo, dejó en 1984 de acoger nuevos residentes. Y, aunque en los 90 todavía quedaban unos pocos (no más de 20), terminó cerrando definitivamente durante el primer decenio de nuestro siglo. Al menos en calidad de hospital psiquiátrico.

Las confabulaciones y leyendas que se erigen en torno a Miraflores parecen aguardar al visitante tras los escombros y la ruina. Fue un desagüe social, el bastidor donde la Andalucía del flamenco y la “buena gente” encontró su excepción. Un mal sueño que cantó Triana para todos aquellos que no salieron en la foto al pie de la Giralda.

Se cuenta, y resulta ser cierto, que en 1927 el torero Sánchez Mejías llevó allí a un grupo de canallas de corta edad que, con nocturnidad, se habían propuesto alcanzar la comprensión del límite en la locura. Eran poetas fascinados con las redes jugosas e intrigantes del surrealismo. El mismo Sánchez Mejías escribió un juguete trágico que fabula sobre el tema de la locura: Sinrazón. Ese grupo de talento juvenil sería conocido más tarde como generación del 27. Y de Miraflores se dice que marcharon a una finca de algún conocido a disfrutar de un espectáculo flamenco aparentemente inolvidable.

Cumplieron así una tradición literaria obligada, emulando  a Paul Éluard cuando recorrió el Hospital Psiquiátrico de Sainte-Anne para escribir sus maravillosos poemas como Souvenirs de la maison des fous.

Entre ilustres visitas e inolvidables residentes, destacando Isaac del Vando Villar, el impulsor de la revista ultraísta Grecia, surgida en 1918 en Sevilla, trascurría la peculiar rutina de la convivencia, donde entre pabellones se hacinaban ancianos, trastornados y toxicómanos bajo el amparo de muchos trabajadores, que insistían en la denuncia de tal deplorable condición asistencial.

Allí tuvieron lugar varios de los festivales de música rock más revolucionarios de todos los tiempos. Un derroche de trasgresión, denuncia social y labor terapéutica. Y es que, en un contexto de malestar y rechazo a la psiquiatría clásica en general, y a los mal llamados manicomios en particular, no fueron pocas las voces que exigían el cierre de Miraflores. Y con la revolución psiquiátrica y la reforma sanitaria aún por asentarse en nuestro país, se fue consolidando en Andalucía un movimiento cultural e ideológico que terminó por confluir en otra de sus mayores expresiones. El rock andaluz y el flamenco.

Comenzaron por tanto los preparativos de un festival gratuito que serviría a la par de actividad terapéutica y de movilización social, cuyo éxito se tradujo en las más de 5.000 almas que se dieron cita en el segundo de los varios festivales que se llevaron a cabo, bajo el nombre de Salta la tapia.

Aunque primero se llevó a cabo en el 78, con la colaboración de varios artistas flamencos, sólo existen imágenes de su homónimo del 84 donde esta vez el rock sí estuvo fuertemente representado gracias al productor Ricardo Pachón, promotor del proyecto y encargado de la dirección artística del mismo. Una labor encomiable, pues gracias a su profesionalidad dicho movimiento encontró el respaldo de los principales artistas de nuestra tierra.

Es precisamente ese festival del 84 el que tiene mayor relación con nuestra sección musical y sobre la cual el lector guarda mayor inquietud debido a la disponibilidad, limitada, claro está, de cierto contenido visual.

Por aquel entonces el rock andaluz andaba de capa caída a excepción de Lole y Manuel o alguna que otra banda como Pata Negra o Alameda, esta última empezando a vivir más de la nostalgia que de la reivindicación propia. Ya lo reconocía el propio Ricardo cuando confesaba el duro momento que atravesaba la música en nuestra comunidad, mientras se miraba con recelo el auge del techno-pop madrileño. 

Aquella noche sin embargo fue especial. Público, residentes, trabajadores y músicos convivieron en una realidad alternativa. Donde se versó en flamenco y se bailó rock. Donde la gitanilla octogenaria dio rienda suelta a su estereotipia o José Mateo, un interno conocido por sus pericias en el movimiento progresivo quince años atrás, volvió a cantar por Jimi Hendrix desgañitándose como en otro tiempo. Tocaron Alameda, Silvio, Pata Negra y otros muchos. Memorable fue el directo de Lole. Rompehielos interpretó oportunamente el Rock del psicoanalista. La banda Dulce Venganza tocó su genial Quiero matar a una chica dejando atónitos a todos los presentes. Esa noche todo fue posible en Miraflores.

Fue la consecuencia de una nueva visión de la asistencia psiquiátrica, surgida cuando ocupaba la dirección del centro el doctor González Chaves, como una iniciativa del psicólogo Juan Luis Piñera. Se trataba de eliminar paulatinamente la diferencia entre los de dentro y los de fuera.

Y al menos se consiguió esa noche. Son los años los que parecen haberles dado la razón cuando nos preguntamos si seguirá vagando por las casi ruinas de Miraflores Mateo, aquel paciente loco que cantó Hey Joe y fue estrella por una noche.

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