Sociedad

El espárrago como medio de supervivencia

Eva Lebrón gestiona un cultivo de esta planta en plena campiña jerezana, donde cosecha un producto de calidad que ella misma distribuye en tiendas y supermercados de la provincia

A Eva le dijeron que no podría. Que ella era solo la cara visible pero que detrás habría algún hombre al frente. Pero no es así. Ella, harta de trabajar como camarera, al cuidado de niños, en tareas agrícolas o incluso en la construcción —“donde era la única mujer”, apunta—, decidió ser su propia jefa y gestionar una plantación. De espárragos, en este caso. Una decisión valiente y arriesgada teniendo en cuenta que el terreno se encuentra en plena campiña jerezana —hay varias en la Sierra de Cádiz, pero no tantas aquí—, en un punto indeterminado que prefiere no desvelar.

El sol pega con fuerza la mañana que lavozdelsur.es visita la plantación de espárragos de Eva. Antes de llegar a la puerta que da acceso a los terrenos hay que sortear un estrecho camino que conduce justo hasta la entrada, donde está esperando. Eva viste camiseta granate, pantalones vaqueros y zapatos de deporte, además de llevar guantes y gorra, complementos indispensables durante su jornada laboral, que se extiende durante todo el día. ¿Cuánto horas le dedica? “Incalculables”, responde, hasta el punto de que sus hijos hacen la tarea allí. “Les pongo una mesa y ahí estudian”, dice.

Eva Lebrón es natural de Alcalá de los Gazules, pero lleva viviendo desde 2001 en Torrecera, una Entidad Local Autónoma de Jerez, donde hace vida junto a su marido y sus dos hijos pequeños, de trece y nueve años. Fue en 2015 cuando decidió sembrar espárragos en la hectárea que le cedió su padre, para recoger la primera cosecha al año siguiente. Desde entonces, “sobrevive” gracias a ella. Pero no ha sido nada fácil. Cuando empezó, confiesa, “no sabía nada” acerca de este cultivo, pero a base de experiencia y de “mucho internet” se ha ido abriendo un hueco en supermercados y tiendas de la provincia, a las que vende su producto.

Eva con un manojo de sus espárragos recién cortados. FOTO: MANU GARCÍA

Cuando sus hijos se van al colegio y al instituto, ella enfila el camino hacia su plantación de espárragos, donde está hasta mediodía, y corta, si le toca, para volver por la tarde a repetir la tarea. “Si no lo haces a tiempo se ponen cabezones”, explica, y entonces ya no tienen cabida en el mercado, cuando ya de por sí tienen difícil salida. “Si hay tres o cuatro agricultores vendiendo espárragos baja mucho el precio”, dice. Por eso ella apuesta por la diferenciación a través de la calidad que ofrece.

“Pero hay quien compra de Perú porque es más barato, ¿pero ese cuánto tiempo lleva cortado?”, se pregunta. El suyo pasa directamente del campo a la mesa, sin más intermediarios que su furgoneta. “La calidad que tenemos no se valora”, se lamenta, aunque aún así sostiene que está “satisfecha” con la experiencia que inició hace ya tres años. “No trabajo para nadie y me organizo el día como yo quiero”, dice. Eso no tiene precio. Su producto, sí. Unos tres o cuatro euros el kilo. Hay quien ha intentado pagarle menos, pero se niega. “Con el trabajo que tiene esto…”, apunta.

La vida de Eva gira en torno a sus espárragos. De ellos dependen sus vacaciones y días libres. “Cuando estamos en temporada, olvídate de fines de semana”, señala. Y de hecho cuenta que su descanso estival, que en principio tenía previsto que fuera de nueve días, se quedó en siete porque “habían crecido esparragueras”. “Dependes del cultivo”, explica.

Los espárragos de Eva destacan por su contundencia. FOTO: MANU GARCÍA

Eva cuenta que tiene dos épocas de recogida de la cosecha anualmente, en torno a los meses de marzo y junio. “Hice una prueba para poder coger dos veces al año”, relata. Y eso hace. La hectárea de los terrenos donde tiene sus espárragos la gestiona por partes. Mientras una mitad está plagada de esparragueras y “descansando”, la otra la cuida para poder recolectar el producto. Unos 100 manojos diarios, de unos 350 gramos, distribuye diariamente, siempre que los conejos o gusanos no ataquen la cosecha, aunque confiesa que tiene suerte en ese sentido. El abono ecológico que aplica y el cuidado diario de la tierra —“las malas hierbas se quitan con zoleta”— hacen el resto.

“El espárrago no quiere ni calor ni frío. Con el frío no crece. Con el calor se abre”, dice Eva, que prefiere no revelar de dónde provienen las plantas que tiene sembradas. “Hay mucha competencia”, argumenta. Por eso “no se paga como debería”. Y tampoco puede dar trabajo a nadie, de momento.

Eva pidió ayuda antes de iniciar su actividad. Después de acudir a la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG) le informaron de que podía acogerse al Programa de Desarrollo Rural (PDR) 2014-2020. Ella es una de las 2.700 beneficiarias de estas ayudas europeas, dotadas con 168 millones de euros, que recientemente se ha visto incrementada con otros 30 millones. Aún le queda una subvención por cobrar —“menos mal que tenía ahorros”—, pero le sirvió para poder lanzar su negocio, que mantiene, para muchos, contra todo pronóstico. Para ella no, siempre se vio capaz.

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