Opinión

El eco del grito de los olivos

Hace un par de años, un profesor de la carrera que es de Pozoblanco nos contaba que tradicionalmente la recogida de la aceituna empezaba a partir del día de la Inmaculada. Hoy día se sabe que la recogida empieza sobre octubre y noviembre, quizás consecuencia del cambio climático y el adelanto de las estaciones como le pasa a la vid. No tengo dudas de que mi familia empieza a trabajar en el campo sobre el mes de noviembre y que mi abuelo recuerda que en su tiempo ya participaba en la recogida de la aceituna antes de la Inmaculada.

Aun así, dice que una vez trabajó en Jaén y allí si estuvieron hasta abril porque se recogía la aceituna una vez que maduraba por completo y dejaba de ser verde para ennegrecer. No tengo evidencias que confirmen o desmientan la afirmación de mi profesor. Pero entre el cariño y el buen recuerdo que le tengo es imposible no acordarme de ello llegado este día. Por ello, tampoco puedo olvidar la historia de los olivares andaluces, que también se la debo a otra gran profesora.

Para el caso de la historia económica de Andalucía parece haber amnesia general. Con suerte un libro de texto de bachillerato se puede acordar de los altos hornos de Manuel Agustín Heredia en Málaga, pero casi como una anécdota. A pesar de lo que pueda pensar la mayoría de la gente en un primer momento, Andalucía fue durante siglos la región más rica de la península. Incluso a las puertas del siglo XX seguía siendo una de las tres regiones más ricas de España. Este hecho es normal si pensamos en Andalucía como una tierra fértil, abundante en recursos mineros y con acceso al Atlántico, haciéndola protagonista de la carrera de indias. Los historiadores económicos más críticos hablan de varios abortos industriales en Andalucía. Hoy somos el fruto de una política económica, fiscal, comercial e industrial que nos perjudicó durante 400 años. Sin posibilidad de importar carbón barato por los altos aranceles, dificultando la inversión nacional con una deuda de la corona que ofrecía hasta el 25% de intereses, etcétera.

El caso de los olivares andaluces es de completa superación, nada tiene que ver el panorama actual con sus inicios. La gran expansión del olivo se inicia en el siglo XIX. El uso principal que tenía el aceite de la época difiere por completo respecto al de hoy. Por aquel entonces, existía una fuerte demanda británica de lubricante para toda su maquinaria industrial. El aceite de oliva se popularizó en las fábricas inglesas, donde los pistones de las máquinas rezumaban esencia andaluza liquida. Aunque a priori esto parece un desperdicio de aceite, realmente no era así. El aceite de la época tampoco tenía nada que ver con el actual. Se trataba de un aceite pestilente, bastante lejos de tener un uso alimentario. Esto se debía a que sus métodos de obtención preindustrial no eran los mejores desde el punto de vista fitosanitario. El lento proceso de los molinos facilitaba que tanto las aceitunas por moler como la pasta resultante para prensar fermentaran. Por lo tanto, se trata de un aceite completamente distinto a nuestro actual oro líquido.

La gran expansión olivarera se detuvo por caprichos del destino. Los lubricantes derivados del petróleo y otras grasas vegetales como el aceite de lino o palma procedentes de Latinoamérica desplazaron al aceite de oliva. La obtención de estos sustitutivos era más barata y los olivares andaluces no pudieron competir en precio. Existió un arranque muy tímido de olivos, pero sobre todo lo que se dio fue una reconversión. Nuevos molinos y prensas y un mejor tratamiento de la aceituna que permitiese la obtención de aceite de oliva para uso alimentario.

Una de las primeras medidas que se tomó fue evitar el vareo del olivo todo lo posible. Con ello se esperaba recoger aceitunas menos apaleadas y por lo tanto de mejor calidad. Para esto, se contrataban mujeres para la recogida a mano de las aceitunas más bajas y para después recoger las caídas al suelo durante el vareo. En algunos casos a estas mujeres se les pagaba por adelantado una gran suma de dinero en el momento de firmar su contrato de trabajo. Por este contrato al final quedaban obligadas a trabajar una cantidad de días y horas que realmente no compensaba por lo que habían recibido, pero ya era tarde. Tampoco es que tuviesen muchas más opciones en la época.

Con mucho esfuerzo y el sacrificio de muchas personas la industria del aceite de oliva es lo que es hoy. Aunque hay quien pueda ver los botes de aceite virgen extra en los estantes de los supermercados como un artículo inocente, detrás cargan una historia muy profunda. La historia económica de Andalucía no es solo como nos impidieron aprovechar varias oportunidades, sino también como en el proceso se condenó a gran parte de su población a la pobreza. La misma población que realizaba los trabajos más duros en el campo y que protagonizó duros episodios en su lucha por mejores condiciones de vida. Las revueltas de El Arahal y Utrera en 1857 son la principal prueba de ello. Incluso las revueltas de 1883 de Jerez, aunque se trate de otros cultivos y bajo contexto de crisis agraria. Qué menos que su historia no caiga en el olvido.

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