Opinión

El don del lenguaje

“Pido la paz y la palabra”, decía en 1955 Blas de Otero, importante exponente de nuestra poesía social y comprometida de aquellos años. La palabra fue su refugio frente a una vida que no fue fácil y en un mundo cegado por la injusticia y la barbarie. Con ella pedía la libertad de expresión, uno de los derechos fundamentales vedado en aquellos tiempos a los españoles.

Y es que los seres humanos nos expresamos básicamente —aunque también hay otros medios— a través de la palabra. Los especialistas están de acuerdo en que la capacidad de emitir sonidos articulados es uno de los rasgos que nos define como humanos, y que esta capacidad se alcanzó en la más remota Prehistoria, hace aproximadamente dos millones de años. Evidentemente, el lenguaje del Homo Sapiens ha evolucionado enormemente respecto al de nuestros ancestros, y cuando entramos en la Historia fue porque habíamos inventado ya también la palabra escrita.

Fueron los griegos los que dieron una gran relevancia al logos, es decir, a la palabra o relato portador de razón, frente al mythos, el relato transmitido de carácter sagrado y no racional, del que paulatinamente se fue despegando esta civilización, dando origen a la filosofía, la ciencia y por tanto al progreso.

Un famoso coro de la Antígona de Sófocles subraya que hay muchas maravillas en el mundo, pero que la más sorprendente es el hombre, porque, entre otros muchos logros,

                                       … se adiestró en el arte de la palabra
                                           y en el pensamiento…
                                           que dio vida a las costumbres urbanas que rigen las ciudades.

Surge así la oratoria, el arte de hablar en público, tan útil en política como en el campo judicial. Fueron los sofistas los que en la Atenas del siglo V a.C. desarrollaron la retórica, hasta el punto de que todavía se puede decir a alguien “eres un sofista” cuando es capaz de convencernos con su discurso de cualquier cosa, aunque sepamos que es inapropiada o falsa. Y es que estos maestros presumían de ser capaces de convencer a su auditorio tanto de un argumento como del contrario, independientemente de su veracidad o de su contenido moral.

Es tan grande el poder de la palabra que durante siglos ha servido para persuadir, para seducir, para consolar, para, en forma de canción, acunar a los niños o manifestar el duelo por los muertos, para acompañar el trabajo en el campo o el  doméstico. Hoy ya casi nadie canta ni siquiera en la ducha. Incluso, en forma de ensalmos, podía curar enfermedades. Nuestros médicos no tienen muy en cuenta estos efectos terapeúticos y se limitan, obligados por la falta de tiempo, a recetar sin más un medicamento.

La formación retórica fue también imprescindible en Roma si se quería hacer el cursus honorum, y hoy en día vuelve a estar de moda por su importancia en el terreno judicial o en la vida pública. Decimos “no me vengas con retóricas”, porque el término puede también significar palabrería, lenguaje vistoso pero hueco y sin un mensaje real. Ese que tantas veces utilizan todavía, por desgracia, nuestros políticos.

En el Viejo Testamento se produjo, como castigo a la construcción de la desmedida torre de Babel, la “confusión de lenguas”, que hizo que los seres humanos, que antes hablaban un único idioma, no pudieran entenderse entre sí (Génesis, 11: 1-9). En el Nuevo, en cambio, se dice en diferentes pasajes que a los discípulos de Jesús el Espíritu Santo les concedió “el don de lenguas” -ojalá todavía lo tuviéramos hoy, sería fantástico- con el que poder dar a las gentes “la buena nueva”, que es lo que significa la palabra “evangelio”.

En el siglo XVIII florecieron, sobre todo en las mansiones de los nobles e ilustrados, las tertulias, donde se practicaba durante horas el arte de la conversación. Todavía tenemos, afortunadamente, algunas, sobre todo en torno a temas literarios, y debates fundamentalmente políticos. En los pueblos, como en las antiguas ágoras griegas, desde tiempo inmemorial se reunía la gente en la plaza, los pregoneros anunciaban en voz alta las novedades o disposiciones de la autoridad  y se pregonaban por las calles mercancías y servicios, desde higos chumbos hasta la posibilidad de afilar cuchillos o arreglar palanganas.

En época mucho más reciente se inventó el teléfono, que facilitaba la comunicación hablada a distancia, y que aunque no nos dejaba ver la cara del otro, sí podíamos al menos escuchar las modulaciones de su voz. Apareció también la radio, que todavía acompaña a la gente solitaria y nos permite escuchar, si no responder. La familia se reunía en torno al aparato para oír y comentar las noticias, llorábamos con los melodramas radiofónicos, que dejaban mucho espacio a la imaginación, o nos reíamos con las vicisitudes de Matilde, Perico y Periquín.

En mi infancia, en las noches de verano, cuando todavía no existía la televisión, los vecinos salían a la puerta para tomar el fresco, pero también para charlar y relacionarse. Después, con la caja tonta, la fascinación de la imagen condenó al silencio a los comensales, redujo la comunicación entre padres e hijos y encerró a la gente en sus casas.

Y hoy en día tenemos el móvil, en el que todo el mundo parece estar inmerso —y digo inmerso porque es una actividad básicamente solitaria— en conversaciones donde no vemos la cara del otro, ni sus gestos, ni sus reacciones. Podemos estar en una mesa con nuestra pareja enfrascados cada uno en su smartphone, podemos cruzarnos con conocidos por la calle y no darnos ni cuenta, podemos tropezar y rompernos un pie, pero lo más importante es estar conectado todo el tiempo. Vamos a cualquier sitio o transporte público y, en vez de hablar con el de al lado, miramos el móvil. Es un tipo de interrelación que nos desvincula del mundo real, y que, sobre todo en niños y adolescentes, incluso cuando están físicamente juntos, consiste muchas veces en pulsar teclas compulsivamente durante horas.

Es además un hecho que el vocabulario de nuestros jóvenes es cada vez más pobre y limitado, porque también lo es la lectura que tanto enriquece y amplía nuestra visión del mundo. Se puede leer por Internet, claro, pero me temo que con demasiada frecuencia las actividades que se realizan a través de las redes sociales no favorecen la empatía ni la auténtica socialización, sino todo lo contrario.

¿Estamos en vías de perder la capacidad del lenguaje, el gusto por la conversación cara a cara?

José Mª Bermúdez de Castro, investigador del yacimiento de Atapuerca, afirma que durante cientos de miles de años hemos vivido en armonía con la naturaleza, pero que esa armonía se ha roto con el enorme avance de la tecnología. La tecnología es útil, es imprescindible, pero su abuso puede ser devastador.

Por fortuna —asegura Bermúdez de Castro—, somos creativos e innovadores, capaces de generar arte, como la Literatura —originalmente oral o leída en voz alta— y de admirar la belleza.

Somos también seres sociales —afirma— y practicamos la solidaridad, y, por tanto, debemos conservar la esperanza en nuestra especie.

Volviendo a Blas de Otero, podemos decir con él que, cuando todo lo que se ha sido ya no exista, cuando todo lo demás desaparezca, cuando nos rodeen las sombras,

                               Me queda la palabra, 
                               Nos queda la palabra.

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Un comentario

  1. La supuesta y manida antítesis entre el logos y el mito es falsa. Los mitos tienen su logos interno, su razón. Todo cuento tiene su lógica interna, cosa que detectan muy bien los niños. Los mitos no son irracionales, sino falsos, imaginarios, y se pueden distinguir en mitos luminosos, que ayudan a entender tesis y hay que mantenerlos, como el mito de la caverna de Platón, y mitos oscurantistas que buscan enmascarar y oscurecer la realidad, que hay que triturar.

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