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El disco de Smash y Agujetas (I)

Agujetas era un auténtico purista en temas de flamenco. Pero nosotros conocemos su secreto más vergonzoso: que colaboró en el peor de los sincretismos, la unión más mestiza de su tierra.

“Yo no he vivido la pureza, yo fui el último que salió. Cuando yo salí llevaba Chocolate treinta años; 30 años, Terremoto; 30 años, La Paquera; 40 años llevaba Mairena… Yo fui el último que salió. Salió un año después el Camarón… Pero como yo he estado luchando por el flamenco puro, ¡joé!, que he terminado con todos los que hacían clásico. Se está perdiendo tó. Todo moderno. Yo no paraba de cantar y cantar, y ahora todo el mundo quiere flamenco puro”.

Así se presentaba a lavozdelsur.es don Manuel de los Santos Pastor ‘Agujetas’ (¿1939?-2015), “El rey del cante gitano”, en una de sus últimas entrevistas. Todo el mundo coincide en que el cantaor jerezano era un auténtico purista en temas de flamenco. Pero nosotros conocemos su secreto más vergonzoso: que colaboró en el peor de los sincretismos, la unión más mestiza de su tierra.

La invención del rock andaluz. Y les vamos a narrar cómo sucedió.

Corría el año de 1971 y Smash estaban tiesos. El ecléctico grupo sevillano, formado por Gualberto García (guitarra, sitar, clavicordio y tabla), Julio Matito (voz y bajo), Antonio Samuel Rodríguez (batería) y el danés Henrik Michael Liebgott (violín y guitarra), había grabado su última entrega para Phillips por presión discográfica, obteniendo una placa irregular incluso para sus estándares. No se conoce en la música del siglo XX un título más potencialmente tristón para un segundo intento —eso que los ingleses llaman un sophomore— que We Come to Smash This Time (“Venimos a golpear este tiempo”; pero también “Esta vez venimos a golpear”) (1971). Pero de golpes, poco. Mucho humo en los conciertos y un seguimiento entusiasta por cuatro iluminados de la escena ácida de Sevilla; pero el ácido no da de comer ni da para manzanilla. Cierto es que el álbum flaquea al compararlo con su despampanante debut, Glorieta de los Lotos (1970). Y, como en éste, la vertiente más bluesera pierde interés, lo que quizá no fuera culpa de una banda que, de acuerdo con Gualberto, fue contratada precisamente para “que grabásemos versiones de clásicos de blues y rock”. (¡Feliz desobediencia!)

Aun así, hay tramos que dejarían boquiabierto al mismísimo Frank Zappa: rock clásico entreverao en manteca en la canción título o “First Movement”, flower power de Alameda en “My Funny Girl” y esa “Behind The Stars”, que combina tabla, sitar, raga, psicodelia, ácido y… el quejío insondable de Juan Peña Lebrijano.

Esa “Behind The Stars”… Mil veces nos hemos preguntado cómo se habría gestado aquello. Cómo un buen cristiano de la madera del Lebrijano accedió a sumarse al sincretismo psico-hindú de Smash. Henrik accedió gentilmente a desvelarnos el truco:

“Gualberto tenia la canción y como lo recuerdo yo estábamos probando el sonido en el estudio en Madrid, él con el sitar y yo con unas tablas prestadas. De pronto entró El Lebrijano, que quizás estaba grabando en otro estudio de Philips, puede ser, pero se sentó con nosotros y empezó a cantar, atraído por el sonido hindú quizás. Y se grabó del tirón. Todo improvisado. Nos entendíamos con las miradas, no era planeado”.

¿La atracción del patriarca gitano por sus raíces indostánicas? ¿Fue la India el punto de encuentro del flamenco y el pop?

Las cosas no son tan sencillas. Los guitarristas Sabicas y Joe Beck ya habían fusionado sus estilos en 1966 (Rock Encounter). The Doors habían sorprendido a San Francisco con “Spanish Caravan” en 1968. Y cómo olvidar a Los Brincos y su pastiche “Flamenco” de 1964… Ya dedicamos algún artículo a bucear por los antecedentes. En el entorno de Smash lo más antiguo que hemos desenterrado puede ser el inicio de “Where The Rain Ends Rises The Sun”, que parece datar de 1970. Fue compuesta por Gualberto y su novia estadounidense Jessica Jones, que también colaboró en la composición de “Behind The Stars” (nombre, por cierto, de uno de los primeros shows de Gualberto a su vuelta a Estados Unidos). ¿Tuvo que venir una yanqui hasta Sevilla para enseñarnos que el flamenco y el pop se podían, por ejemplo, mezclar? El caso sigue abierto; quizás es mejor para todos.

Smash se había formado en torno al legendario club Don Gonzalo, de Gonzalo García-Pelayo, mánager de Gong a la sazón. Gualberto venía de Los Murciélagos y de patearse los bares de Sevilla tocando a cambio de unas copitas. Julio Matito y Antoñito Rodríguez procedían del impronunciable Foren Dhaf (que no significaba nada, pero sonaba a inglés y por lo tanto molaba). Y hablando de nombres difíciles de pronunciar, a Henrik Michael Liegbott se lo encontraron como no quiere la cosa en el Festival de Grupos del Estrecho de Algeciras, montado por Jesús Quintero, que ganó Smash. El guitarrista danés pertenecía al grupo jerezano Los Solos.

Smash tenía talento. Smash tenía futuro. Pero Smash no tenía disciplina. En eso coinciden los que se han atrevido a discutir la problemática de una banda que duró un suspiro y cuarenta años de añoranza. Era un grupo que se creía The Beatles o Bob Dylan cuando navegaba por las turbulentas aguas del trip (y lo eran: basta revisar “Love Millonaire” o “Nazarin Again”), y destellaba por cualquier palo durante flashazos súbitos como el rayo, pero al que, según los testigos, le faltó perseverancia y ambiciones para construir una carrera sólida y duradera.

¿Pero acaso tenían algún plan de futuro estable nuestros inquietos rockeros? Contentémonos, de momento, con la descripción de uno de sus shows (por Javier García-Pelayo):

“Comenzó la actuación y fue un lleno completo, allí había más pelos largos de los que yo había visto nunca juntos, se sabían las canciones, aplaudían las improvisaciones y fue una buena, buena actuación, la comunicación fue total y al terminar los 45 minutos de contrato el público pidió bises. El Parque no permite alargar las actuaciones, por marketing de rentabilidad de las otras atracciones, pero la de Smash no podía pararse y ellos seguían tocando. Me ha tocado discutir tanto en esta profesión de manager de grupos de rock que tuve que hacerlo hasta con Torrebruno. Nos conminó varias veces para parar la actuación, y yo jamás paro a un artista en pleno éxito y Torrebruno desenchufó, fue tremendo, el público rugía. Silvio se sentó en la batería e hizo un solo fantástico y larguísimo. Los empleados del Parque le iban quitando tambores, cuando se quedó sin nada la emprendió con las tumbadoras y se tiró con ellas al foso de agua y gran parte del público con él, ¡todos al agua!”

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