Opinión

El debate ‘horribilis’ de Albert Rivera

Pedro Sánchez aguantó con oficio un primer encuentro en el que Pablo Iglesias, bajo el paraguas de la Constitución, salió reforzado. Pablo Casado quedó sorprendentemente eclipsado por un líder de Ciudadanos sobreactuado, ansioso y enfrascado en Cataluña

El primer debate entre los cuatro grandes candidatos a ser el próximo presidente del Gobierno fue, como cabía esperar y si analizamos el clima previo, un debate tenso, bronco pero medianamente respetuoso, meditado y trabajado al milímetro por los equipos de comunicación de los partidos, torpemente dirigido por un moderador que se mojaba más de la cuenta.

En este tipo de debates el presidente del Gobierno en funciones suele partir con ventaja al tener la posibilidad de sacar a relucir las últimas medidas gubernamentales. Sin embargo, Pedro Sánchez no estuvo especialmente brillante en su exposición y siguió apostando por la misma línea conservadora (en el sentido comunicativo) que marcó Susana Díaz en los debates andaluces meses atrás. Sánchez pareció por momentos un espectador aburrido, sabedor de la tendencia de las encuestas, y otras veces un púgil que se defendía con oficio y templanza de los ataques de una derecha encendida y compinchada. Se sabe presidente y no tenía motivos para arriesgar, por eso apenas lanzó propuestas. Es la imagen diseñada desde Ferraz: moderación y diálogo ante todo.

Casado y Rivera, Rivera y Casado, tan fusionados, no dejaron nada en el tintero y sacaron a relucir su esperable retahíla de acusaciones ultrapatrióticas: batasunos, independentistas, golpistas, amigos de Otegi, cómplices de Torra… nada que no hayan repetido una y otra vez en su afán por recuperar los votos migrados hacia Vox. Ambos coincidieron en otro mantra recurrente: la bajada de impuestos (a los más ricos, les faltó decir), referencias a los autónomos y la intención de conectar con las fabulosas (de fábula) clases medias. En lo que se diferenciaron, eso sí, fue en las formas. Casado, que rememoraba lo conseguido por el PP, dibujó un perfil algo más moderado que Rivera, este último más sobreactuado que Al Pacino en Un Domingo Cualquiera, impertinente y tosco por momentos y, sobre todo, ansioso. Sacó una “tarjeta sanitaria única” con la bandera de España y un sinfín de referencias gráficas que no le sirvió para encallar el debate en el asunto catalán.

Su “minuto del silencio” merece una mención especial por lo sonrojante del momento: ese monólogo, con cada palabra estudiada de memoria, parecía el de esos charlatanes de las escuelas de negocio que se abrazan a un marketing de autoayuda empresarial y que luego acaban fracasando. Decía el actor Juan Diego Botto, en su cuenta de Twitter que “cualquier actor sabe que un texto que suena a preparado, a prefabricado, es un fracaso rotundo. A veces, si la cosa sale muy mal, puede llegar a producir vergüenza ajena”. Nadie fue tan duro al respecto y nadie lo expresó mejor.

Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera y Pablo Casado, minutos antes del primer debate electoral. FOTO: DANI GAGO

Pablo Iglesias, por su parte, tenía la difícil tarea de quien debe remontar a marchas forzadas. Hasta ahora su campaña va en fase ascendente, aunque no le queda demasiado tiempo. Anoche fue un hombre a la Constitución pegado. Fue una jugada inteligente porque así mataba dos pájaros de un tiro; el primero, no desviarse en ningún momento del discurso sobre la igualdad y los derechos sociales que debería ser siempre la seña de identidad de Podemos, y el segundo, cubrirse de las esperables acusaciones de anticonstitucionalista por parte de la derecha. Lo cierto es que Iglesias, otrora enfant terrible de los debates, adoptó un rol mesurado, calmado y propositivo, y en honor a la verdad, salió airoso y compitió bien.

El primer debate entre los cuatro candidatos no estuvo exento de falsedades. Según la cuenta Maldito Dato (@malditodato en Twitter), mintieron con alguna cifra Sánchez, Rivera y, sobre todo Casado, que soltó hasta seis documentados embustes. El candidato popular sigue utilizando la mentira y los datos falsos sin pudor alguno, lo que viene siendo una irresponsabilidad con su electorado.

No hubo, en cualquier caso, un claro vencedor de este primer round. En líneas generales, Pablo Iglesias salió algo reforzado, Sánchez aguantó el temporal con oficio (aunque nunca desveló si pactará con Ciudadanos) y Casado perdió protagonismo con respecto al gran perdedor de la noche: un Albert Rivera excesivo y obsesionado, muy muy lejos de la imagen moderada con la que irrumpiera en la escena nacional años atrás. Ciudadanos sigue descarrilando.

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Comentarios

  1. ¿Acaso el autor vio otro debate? No, vio el mismo que hemos visto todos los que decidimos perder el tiempo anoche, si bien, con la diferencia de que él tiene la servidumbre de tener que reinterpretar lo que, a todas luces, allí pasó para arrimar el ascua a sus querencias políticas, por las que parece tener más devoción que por sus lectores.
    Lo que allí se vio fue que Sánchez fue barrido por Rivera, quien le dejó en evidencia y sin respuesta convincente en muchos temas, especialmente en el asunto del secesionismo catalán, quedó claro que Sánchez se aliará con los secesionistas antiespañoles e indultará a los previsiblemente condenados por el golpe de Estado de septiembre-octubre de 2017 con tal de ser investido Presidente del Gobierno si los números le dan; quedó claro el patetismo de Iglesias, quien, sabedor de lo mal que le pintan las encuestas y del esperable batacazo electoral, adoptó un perfil bajo y acomodaticio abrazándose impostadamente a una Constitución que, en tiempos pasados, recientes y más prometedores, no cejaba en denostar y en clara contradicción con sus arrumacos con los secesionistas antiespañoles de Bildu, ERC, CUP y hasta los canarios (con cuya bandera secesionista se exhibió la semana pasada), eso sí que es “veletismo” político; Casado estuvo, en general, en muy baja forma y tuvo una intervención anodina; y Rivera fue el que puso realmente a Sánchez contra las cuerdas evidenciando sus contradicciones, su falta de solvencia y sus elocuentes faltas de respuestas concretas, sus evasivas. Rivera ganó el debate a los puntos, más que por sus méritos, por los deméritos de los demás. Sin embargo, el debate, como era esperable, no ha aportado ninguna propuesta realmente relevante para la política española; en eso, nuestros políticos nunca defraudan.

      1. Efectivamente, Sra. Carmen, no se notan mis preferencias políticas porque yo no he votado ni voy a votar a C´s; inclusive aún no he decidido si votaré.

    1. ¿De verdad crees que una persona con dos dedos de frente va a discutir con dos loros que repiten lo mismo hasta la saciedad?. Un andaluz, un gallego, un valenciano, un balear, un vasco, un catalán, un astur, ¿no pueden desear independizarse de los castellanos?. Ya lo decían Azorín y Unamuno: ”
      En 1898, en “El Progreso”, Azorín escribía: “Cada vez admiro más a Cataluña. No se mide la estatura de un pueblo, de una época, por sus hombres eminentes, por el número de sus genios en las ciencias, en las artes, en las letras; se mide por la masa, por el pueblo, por la clase que trabaja, que produce” y por eso decía Azorín: “la tierra catalana es admirable”. Azorín continuaba así su artículo: “Cataluña es un pueblo aparte. Es una nación independiente”.
      En una carta que Miguel de Unamuno (crítico con el catalanismo pero a la vez, crítico también con el trato que la prensa madrileña daba a Cataluña) el profesor Unamuno le decía a Azorín: “Merecemos perder Cataluña. Esa cochina prensa madrileña está haciendo la misma labor que con Cuba. No se altera. Es la bárbara mentalidad castellana, su cerebro cojonudo (tiene testículos en vez de sesos en la mollera)”.

      1. Ni Azorín ni Unamuno son precisamente voces de autoridad en materia de pensamiento político; es la manía falaz de creer que la “opinión” u ocurrencia de cualquier intelectual sobre cualquier tema ajeno a su especialidad esté revestida de una singular preeminencia. Mucho menos aquellos dos, tan mediatizados por la leyenda negra y por el pesimismo existencial de cierta intelectualidad española de finales del XIX y principios del XX.
        Cualquier andaluz, gallego, valenciano, balear, vasco, catalán o asturiano puede desear independizarse de los castellanos (en todo caso sería de Castilla), como puede desear ser registrador de la propiedad. Pero lo que cada uno desee o “sienta” (como suelen decir) es un mero psicologismo, una ensoñación, que nada tiene que ver con lo que es, con la realidad. Castilla no es la metrópoli de ningún “imperio” en el que las demás regiones sean “colonias” (curioso “imperio” sería ese, en el que las colonias son más ricas que la metrópoli), eso es una alucinación, cuando no una flagrante mentira, ni tampoco en España hay regiones cuyos naturales sean superiores en cualidades a los de otras, que es la tesis supremacista de los secesionistas, ni, menos aún, España explota o expolia a ninguna región. La realidad, guste o no, es que España es una nación desde hace más de 500 años, la más antigua de Europa y la única, junto a Portugal, cuyas fronteras apenas han cambiado en los últimos 300 años. La realidad es que España es una nación política desde la Constitución de 1812, la cuarta del mundo (tras las de Estados Unidos, Francia y Polonia). La realidad es que España es una de las pocas y grandes naciones sin las que no se podría entender la Historia Universal porque fueron determinantes para que el mundo sea como hoy es. La realidad es que España es una de las pocas democracias de primer orden que hay en el mundo. La realidad es que España es la 12ª economía mundial y la 4ª ó 5ª (depende del Brexit) de la UE. La realidad es que España es uno de los mejores países del mundo para vivir y para morir. La realidad es que los intereses verdaderos de todos los españoles, sin excepción, están mucho mejor protegidos frente a Europa (y frente al mundo) permaneciendo unidos que dividiéndonos. La realidad es que la voluntad (manipulada durante 30 años) de algo más de 2 millones de catalanes y vascos no se va a imponer sobre la voluntad mayoritaria de 47 millones de españoles ni por las buenas ni por las malas. Y la realidad es que quienes pretenden la destrucción de la Nación española no solo están abocados al fracaso, como ha sucedido reiteradamente en anteriores ocasiones históricas mucho más desfavorables, sino que son unos irresponsables que juegan con fuego azuzando odios que solo podrían conducirnos a un nuevo y sangriento enfrentamiento civil y que defienden privilegios de ciertas castas regionales alineadas con sectores reaccionarios internos y con intereses extranjeros, y opuestos, por definición, a los principios de racionalidad e igualdad que, desde siempre, han sido consustanciales al auténtico pensamiento político de izquierda; son unos incendiarios insolidarios y papanatas. El secesionismo, se disfrace de lo que se disfrace, está alineado con la derecha más cateta y reaccionaria.

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