Ojo por diente

El Chusco de Jerez. Retratos (VI)

Le dieron por muerto.

Y no hablo de aquella vez que se desmayó en mitad de una caseta repleta de gente para perder el pulso y hasta el alma durante unos minutos. En esa ocasión resucitó de entre los flamencos con dos golpes de abanico y un chute de glucosa que le hicieron regresar al lugar donde dicen morir los vivos, con un jaleo suyo que hizo reír hasta al enfermero de turno.

No. Esa vez no. Yo me estoy refiriendo a la mañana que lo mataron entre unos pocos del barrio.

Así fui imaginándomelo mientras me lo contaban: enguatao en una cama blanca y con la camisa del día anterior oliendo a calle empedrá, con las cuerdas de su guitarra aún calientes y la punta de los zapatos, bajo el colchón, apuntando a la ventana de la calle; destrozado de madrugada, arrumbao en una esquina de su cama y con un hilillo de saliva tibia recorriendo la cara de lado a lado con la gran diferencia de que yo, en ningún momento, le di por muerto.

Es cierto que todos los que hicieron correr su muerte por las calles desconocían de su situación, pero estuvo incluso a punto de poder levantarse esa misma mañana. Y esto no es invento mío sino que Paquito es y será de los que les fallen las fuerzas antes que la propia voluntad.

¿Tú sabes quién ha muerto? /¿Quién? / El Chusco. Me lo ha dicho uno que estuvo hace dos días con él y que lo dejó en su casa más pallá que pacá. Y luego no ha vuelto a saber más de él y que…

Yo, conforme me relataban con todo tipo de detalles su muerte anunciada, le hacía teniendo sus dos mañanas de barbecho y cejilla al aire, sus desayunos a las seis de la tarde y vuelta al purgatorio en los postres, el canal erótico a media voz y la bombilla de la cocina temblando al compás del martinete.

Lo sé porque Paco, llanamente, no sabe morir. No sabe, y si supiera cómo hacerlo seguro que ya lo habría conseguido.

No sé cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que al Chusco lo mató la palabra y el rumor. Sólo sé que fueron demasiadas las veces que acabaron con él y ninguna las veces que le dieron honrosa sepultura.

Será por eso que hoy he decidido mirar la única foto que conservo de él, por el tiempo que hace que no me lo encuentro por la Porvera. Aunque, sinceramente, no me preocupa ya que no sabe morir.

Estará detrás de la vida, escondiéndose de ella y de todos, como veo que hace en la foto con la ayuda de la guitarra de mi padre, reduciéndose a una camisa celeste sin mangas, unos pantalones de pinzas azules y unos zapatos de piel muy gastados, con remate a lo torero, apuntando a la calle. Siempre a la calle como hacen los que se les queda el mundo demasiado pequeño.

Etiquetas

Más artículos en esta categoría:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.