Opinión

El caballero de la última hoja, un homenaje a Manuel Alcántara

Su particular prosa nos ha acompañado a varias generaciones de malagueños. Desde la llegada del dudoso uso de razón, su rostro permaneció impasible al tiempo en la contraportada del Diario SUR, y hasta el final regaló una columna a todos sus lectores.

Don Manuel nació en calle Agua del barrio de la Victoria, y con 18 años marcharía a Madrid. En su haber cuenta con el Premio de Poesía Antonio Machado y el Nacional de Literatura, los cuales lograría con menos de 35 años. Posteriormente, obtendría galardones de gran prestigio periodístioco, como el Mariano de Cavia en 1974 y el González Ruano en 1979.

Ajeno a afinidades durante la dictadura, se jactaba de nunca haber escrito ‘Franco’ en ninguna de sus publicaciones. Hasta hoy, hablábamos del más longevo articulista de España, con más de seis décadas casi ininterrumpidas de pensamiento diario bañado en tinta.

Poeta columnista, y redactor de las que se dice han sido las mejores crónicas de boxeo de Marca, don Manuel cubriría veladas de combates históricos en Tokio, Washington, Dublín o Roma. Allí entablaría una bonita amistad con el mítico Pepe Legrá.

Hoy es día para recordar tantos momentos que su vida y su pluma grabaron en cuartillas, así como la repercusión que su obra tuvo en otros. Y es que hasta antes de que Francisco Umbral creara escuela y a sus seguidores les llamaran ‘umbralitos’, el propio Umbral tenía a don Manuel como un referente.

Digna de recuerdo aquella columna que García Barbeito le escribiera en endecasílabos, titulada ‘Alcántara’ y que decía así:

“Lo mejor del recuerdo es que te pienso

y sé que escribes, fumas, hablas, bebes,

y te rebosa el mar por esos ojos

que son endecasílabos de olas.”

Sonada fue también su columna en defensa de José Utrera Molina, quien fuera secretario general del Movimiento durante la dictadura junto a Fernando Herrero Tejedor y Torcuato Fernández de Miranda, al cual la Diputación quiso eliminarle su condición de Hijo Predilecto. En noviembre de 2008 escribiría una conmovedora columna en su defensa, llamada ‘Pepe Utrera’. Porque Manuel conoció a Pepe ‘casi en el Antiguo Testamento’, cuando contaba diez primaveras y Pepe doce. Su defensa escapaba a las ideologías que cada uno hubiera abrazado, ‘este falangista es amigo mío’ escribiría Manuel en un arraigado sentido de la lealtad que enarbola la amistad verdadera.

Con las mismas, Manuel sacaría pecho al recordar su amistad con Pablo Neruda. ‘¿Qué puede ser de una nación que mata a sus poetas?’,  se decía don Manuel. El ‘salvador de instantes’, como lo bautizaría Gerardo Diego.

Es cierto que las personas tenemos el mal hábito de no agradecer y reconocer en vida a quienes lo merecen. Por eso se dan más flores a los muertos que a los vivos. Sin embargo, con Manuel, su ciudad, Andalucía y España hicieron una excepción, y hoy cuenta con un colegio con su nombre, la Medalla de Andalucía que le otorgaran en 2001 o la Encomienda de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, entre otros reconocimientos.

Su compañera de vida, Paula, marchó en 2007 tras más de medio siglo de matrimonio. ‘Amadís de Paula’ se definía a sí mismo, en guiño a la obra maestra de la literatura medieval española. Su partida detuvo su estilográfica por un tiempo, y al volver escribió:

“A mí también me han pasado cosas estos días. La más importante que podía ocurrirme. Podría decir que ya están solos mi corazón y el mar, pero ya lo dijo alguien que expresaba mucho mejor que yo sus sentimientos. Además no sería verdad. Yo soy solo, pero no estoy solo. Vuelven rápidos fotogramas. Quizá el tiempo sea plano. Estoy algo aturdido, con esto de mi memoria histórica personal. ‘La vida sigue’, me dicen mis amigos. La verdad es que no estoy muy seguro. Según a lo que llamemos vida”.

No sé cuál serían sus ideas políticas, ni a qué partido votaría. Tampoco me interesa lo más mínimo. Hoy, a don Manuel, el hombre de la última hoja, como yo lo llamaba, y al que no entendía cuando apenas comenzaba a leer, todos los malagueños queremos agradecerle su vida, su obra, y en su marcha, hacer inmortal su recuerdo. Para los que te admirábamos y leíamos tus reflexiones, aunque no siempre coincidiéramos en el fondo y a la vez envidiara la forma, dejas un legado enorme, y desde hoy, el niño que estudiaba segundo de jazmines llega para quedarse en la cúspide del columnismo periodístico español.

Hasta siempre Maestro.

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