El asesino de la hoz de Jerez

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El asesino de la hoz de Jerez

La historia de José de Rojas, que murió a garrote vil en la plaza del Mercado tras asesinar a Juan Fernández.

12-01-2018 / 10:29 h.
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Era José de Rojas, de elevada estatura, su color trigueño, de edad 38 años, de poco ánimo y de no muy malas intenciones. Indudablemente fue tan desgraciado como criminal, pues su nombre jamás se contó entre los ladrones y facinerosos famosos.

Mediaron, algunas cuestiones entre él y su víctima, Juan Fernández, y cuando la disputa estaba al parecer concluida, fue a su casa José de Rojas, tomó una hoz de podar y salió precipitadamente en busca del Fernández. En vano este huía pálido de su terrible enemigo; en vano entró en su casa intentando cerrar la puerta; en vano, abrazado a una columna, imploró la clemencia de su contrario, diciéndole que no le matara pues estaba en pecado y tenía un hijo… José de Rojas arrolló la puerta, desoyendo las súplicas de su contrario, ya inerme y arrodillado y rasgándole con la hoz el pecho, rodó a sus pies el cadáver, rodeado de una laguna de sangre.

Corría el año de 1846, a las once y media de la mañana en la plaza del Mercado de Jerez de la Frontera, y a la vista de un numeroso gentío, cerca de la que fue su casa y del sitio donde perpetró un delito horrendo, sufrió la pena de muerte en garrote vil José de Rojas, homicida alevoso de Juan Fernández.

En las horas de agonía que ha estado en la capilla, ha mostrado toda la conformidad de un cristiano. Sublime fue ver como aquel hombre, lloroso y exhalando tristísimos alaridos, fue recobrando la serenidad posible cuando los ministros de la religión le recordaban las máximas santas del Evangelio. Al segundo día de estar en la capilla llamó a su hijo, de edad de 11 años, diole sentidos y tiernísimos consejos, le hizo ver su estado deplorable, y por último se despidió de él diciéndole que no era digno de bendecirlo antes de morir.

Sus postreros momentos han sido de expiación y de penitencia: los ojos se le secaron de llorar sus extravíos y los labios de pedir misericordia al juez eterno que le esperaba acaso para coronar su afrentosa muerte con la diadema de la salvación… A paso lento caminó hacia el patíbulo; subió sereno las escaleras del cadalso, y fijó los ojos en un crucifijo y los oídos en la voz amiga del sacerdote para dejar de existir a manos del ejecutor de la justicia.

Fuentes: Cirera González, otros.

 
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