Opinión

El arte básico

“La definición es breve y eficaz: pelirroja de tetas grandes. Ahora todos —y todas— saben a quién me refiero”. Eso nos pide el bueno de Arturo.

Lo ha vuelto a hacer. Como él mismo advierte desde sus primeras líneas. Apuesto a que le divierte sobremanera. El último dominical de ABC destapó, como se dice por estos mentideros, la caja de los truenos. Esta vez, son las tetas de una actriz. El columnista Pérez Reverte se lo suele pasar de lujo relatando batallitas cada siete días para el XLSemanal de Vocento. A veces me pregunto si, con semejante disfrute, deberían o no pagarle por su cometido. Pero a resultas de lo que seguro hace ingresar a su empresa, probablemente su caché —que desconozco— se justifique por sí solo. El ex reportero de guerra es ácido, basto, rotundo y malhablado. Los que seguimos su trayectoria, lo sabemos bien. Su pluma es incluso sanguinaria, tanto casi como las luchas armadas que retransmitió en carne propia. Vamos, que la lía y le pone.

En esta ocasión, ha sido Cristina Hendricks, la estadounidense conocida por su papel de Joan Holloway en la serie de la AMC Mad Men. Estaba Reverte narrando una de sus noches de jolgorio viril, cuando la actriz osó acudir a cenar a su mismo restaurante. Así se ganó un hueco entre sus rudas líneas de domingo. En la mesa del escritor se daban cita comensales muy machos, por lo visto; capaces de parir frases tan hermosas como «esa gringa no puede escaparse viva» para referirse, al parecer, a un futurible carnal. Nadie había caído en consultar a la Hendricks si aquel despliegue de testosterona le ponía o no. Pero poco importa. Sobre aquel mantel, el coñac y la ternera extra sustituían al humo de los habanos que hoy la ley prohíbe encender en lugares públicos. Lo que no podía faltar en tan frugal convención testicular eran las palmaditas mutuas y los comentarios soeces: una teta por aquí, un penalti por allá, algún que otro libro para que se note que somos librepensadores de profesión, y varios culos de por medio para aliñar el cubata del estribo.

“Reconozcan que la definición es breve y eficaz a tope: pelirroja de tetas grandes. Ahora todos —y todas— saben a quién me refiero”. Eso nos pide el bueno de Arturo, que reduzcamos a la señora de Mad Men a su pechambre para, en un ejercicio de economía lingüística, ahorrar en circunloquios descriptivos adyacentes. Y es que ya sabemos que en la lengua, como en el vestir, menos es más. Este despliegue de metonimia pectoral no ha gustado a muchos y ha indignado a otros tantos. Sin embargo, el autor del desaguisado andará frotándose las manos sobre su sofá de piel de rinoceronte —como poco— . La razón: tanto los incondicionales de su artem básicus como los enemigos acérrimos de su provocación, han compartido su texto y multiplicado el tráfico de visitas de la página del citado semanal. Objetivo conseguido.

Hace unos días llegó a mis manos —más bien a mi pantalla— un fragmento del primer número de un nuevo fanzine editado en Murcia por una asociación feminista. Vulva Estelar se llama y en él aparecía, a modo de sátira, una lista de requisitos para conseguir el carnet de feminista. Entre las actitudes que restan puntos figuraba el ser heterosexual, estar casada, maquillarse, hacer dieta o depilarse. Por el contrario, hacerte “poliamorosa”, ser lesbiana, fabricarte un bolso con cuerdas, trapos y hojas secas o llevar botas de montaña a diario sirven para irlos recuperando. Imagino que entre las infracciones censurables de esta lista debería añadirse que te guste el halo machista y tosco de las columnas de Pérez Reverte. Si ya te desata una sonrisa ver cómo Bertín Osborne sigue sin saber encender los fogones de su casa tras unas cuantas temporadas, el carné es ya irrecuperable.  Si la segunda lectura es paródica, no veo por qué no tratar de rescatar la ironía en la primera, aunque solo sea por esos días —infrecuentes— en los que quedamos con las amigas y tras repasar la teoría de la crítica política de Hannah Arendt, nos da por mirar a la mesa de al lado y descubrir a unos caballeros de bellos ojos y culo resultón. La charla sesuda se interrumpe (solo un momento, claro) para dejar entrar a la canalla; pero en la cercanía, a veces hasta aflora el arte básico.

Lo vuelve a hacer. Eso le encanta. 

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