Manuel Fernández, 30 años de aquel piquete de la vid: "Ganamos la 'guerra' en esa huelga, pero Jerez se lo cargaron"

El que fuera sindicalista de Savid retrata en una historia novelada su verdad sobre un conflicto laboral que duró dos meses. "Jerez se volcó con nosotros, porque afectaba a todos: trabajadores, jubilados, familias". Los beneficios irán a Intermón Oxfam

Manuel Fernández, frente a Harveys, donde trabajó, posa con su libro.
Manuel Fernández, frente a Harveys, donde trabajó, posa con su libro. MANU GARCÍA

En aquel 1991 había en Jerez, calcula Manuel Fernández (Jerez, 1954) "unas 3.000 personas en el sector de las bodegas". "Olía a vino por Jerez de los cascos que estaban dentro de la ciudad. Ahora viven unas 800". Procedente de comunidades de base católicas, "de aquellos curas comunistas", ya durante la dictadura le llegó esa sensación de conciencia de "cómo trataban a los trabajadores. Empecé a trabajar con 14 años para dar un empujoncito en casa, en una familia muy humilde". Después le llegan las militancias políticas en ASA (germen del PSA) para pasar al PCE y a IU, aunque su militancia ha sido más de calle, de ampas, de vecinos, y que en representación fue de cuatro años desde 2015 en Ganemos como concejal. 

La trayectoria sindical pasó por USO, primero, pero el acercamiento de este importante colectivo en la Transición hacia la UCD le hizo marcharse y, en las bodegas, comenzó a formar parte del Sindicato de la Vid, Savid. "Era de un sentimiento andalucista, muy sectorial, con presencia en toda la Campiña y el Marco, de Sanlúcar, El Puerto, Trebujena, Chiclana, Chipiona, y con Jerez, éramos muy potentes". Y fue piquete en aquella huelga de 1991, que ahora Fernández cuenta en un libro, La fuerza de la razón.

El Savid fue el fraguados de la huelga de 1991, un pulso con la patronal con cuatro asuntos importantes: que los 3.000 jubilados continuaran con el Montepío de San Ginés ("que se lo querían cargar", explica), la caja para prestaciones, de la que se beneficiaban otras 3.000 personas; que se mantuvieran el sistema de eventuales por bolsa frente al intento de poner en marcha las contrataciones por ETT, "para que se contrataran los amigos de los jefes y no el orden democrático de que hicieran fijos a quienes iban quedando en el número uno"; o que las viviendas que construyeron las bodegas, auténticas barriadas, donde habían vivido esos trabajadores, se vendieran "por un dineral, no por un precio módico". Por todo eso, dice Fernández, que fue piquete en aquellos dos meses de tensión, "la ciudad se vuelca, porque afectaba a trabajadores, jubilados y familias".

Eventuales, en los techos de González Byass, durante la huelga, imagen que es portada del libro de Manuel Fernández. FOTO: Cedida
Eventuales, en los techos de González Byass, durante la huelga, imagen que es portada del libro de Manuel Fernández. FOTO: Cedida

Tras tiras y aflojas de años, "Fedejerez" (la patronal) "nos hace un desafío un mes de enero: en la vendimia nos veremos. Se nos quedó grabado, aunque una huelga es lo último que quiere un trabajador". Les dijeron, así, que no serían capaces en una mesa de negociación. "Fuimos en septiembre. Teníamos clara una cosa, que nuestra huelga tenía que comenzar donde empezaba el mosto, no en la uva ni en el transporte. Lo que teníamos que evitar es que se pisara, aunque dejábamos cortar".

Aquellos años fueron los de movimientos la propiedad empresarial, una especie de desembarco del capitalismo en paralelo a lo que ocurría en los procesos de los 80 y 90 con la entrada en la UE. "Llegaron las transnacionales, que son fondos de inversión, que eliminan el trabajo y los trabajadores. El ejemplo es el brandy. Es magnífico, puede pelear con el coñac. Pero si observas para muchas marcas no es brandy, es espirituoso, porque le bajan tres grados y el brandy tiene que tener de 36 a 40. ¿Qué consiguen? Ganarle más dinero, sustentados por mascas conocidas, y ya no necesitas usar alcoholes vínicos, porque ya no estás en el Consejo. Es desvirtuar productos y pasa con la complicidad de mucha gente".

Beneficios para Intermón

La ONG Intermón Oxfam llegó a Jerez por el trabajo de personas como Manuel Fernández. Involucrado con ella, una vez cubiertos los gastos, el dinero de las ventas irá íntegramente dedicado a la organización no gubernamental. "Ahora los distribuyo a mano, no lleva código de barras. Lo pueden pedir buscándome en redes y se lo doy". Tiene un precio de 13 euros. Pronto, indica, podrá comprarse en librerías. "Lo que estoy intentando es que no se vaya a vender nunca en Amazon, porque es una empresa que se dedica a esclavizar", señala sobre el gigante tecnológico. La idea surgió durante el confinamiento aunque llevaba tiempo en su cabeza. La crisis sanitaria y, en consecuencia, la necesidad de estar en casa, le dio pie a sentarse a ponerlo en marcha. "Hay que contar esta parte, que es la verdad, no lo que dicen de que no ganamos la huelga. Sí ganamos", y en el libro, lo cuenta.

"El capitalismo nos ha ganado en el consumo", reflexiona Fernández. "Ahora paso a veces por la bodega donde trabajaba y se ven BMW y Mercedes. Todos queremos aspirar, pero hemos sido cautivos de ese consumo y te individualiza". Entonces, en el 91, era diferente. "Salías de la bodega y te ibas al tabanco a contar penas y glorias, con una actitud de estar juntos, de solidaridad".

Fernández era auditor de calidad, un trabajo pegado al vino. "La huelga estaba siendo un éxito, porque aunque vendían que ganaban porque muchos técnicos administrativos sí iban, otros muchos estaban de huelga, y no se deshizo la solidaridad. Además, que quienes llenaban no eran los administrativos". Una huelga de 6.000, la mitad, empleados, y la otra, pensionistas.

El que fuera piquete cuenta su historia en una historia real novelada, "donde uso los nombres que nos dimos para hablar por radio sin que la Policía y la Guardia Civil pudieran saber quiénes íbamos y adónde, como nos pasó en el 87, que nos cortaban en las carreteras. Yo era El Gordito, pero aunque las posibles faltas hayan prescrito, no queríamos que tuviera nadie una problemática", señala. Hubo momentos tensos en aquella huelga por el control de la uva. "Pasé miedo, de erizarte la piel del cuello, de tener el corazón en la boca, por ir en carretera en busca de los camiones que mandaban a Córdoba, porque teníamos que interceptarlos". Pero nunca tuvo miedo.

Pensionistas, durante las protestas. FOTO: Cedida
Pensionistas, durante las protestas. FOTO: Cedida

"Sí lloramos algunos, cuando nos sacaron 12 camiones de uva con mucha Guardia Civil, con Antidisturbios, y aquel día sentíamos que perdíamos una batalla, aunque, al final, ganamos la guerra", dice. Eso, contra una idea extendida de que la huelga de dos meses no sirvió. "Sí lo hizo, con otros nombres. Las pensiones, que el 40% las pagaba el Montepío, pasaron a pagarlas aseguradoras privadas, cada bodega el suyo, y mi madre, por ejemplo, murió cobrando de La Estrella por el trabajo de mi padre. A los trabajadores en activo se nos hizo un plan de pensiones. Se mantuvieron los eventuales, y al final las viviendas se vendieron por un precio módico. Conseguimos todo lo que propusimos, aunque aún haya a quien le molesta reconocerlo. En aquel tiempo tuvimos que editar un diario de la huelga que llevábamos a las puertas a las seis de la mañana, nunca faltó, y de él me he guiado para escribir. Aquel diario venía a evitar que los periódicos manipularan la situación". 

"A Jerez le deben una reconversión"

El devenir de las bodegas en Jerez es bien conocido. Pasaron a suponer una menor proporción en el total de empleos de la ciudad, y es, a consecuencia de ello, por lo que Jerez mantiene altas tasas de paro que no había experimentado durante el esplendor bodeguero. 

¿Tuvo aquella huelga algún componente de curritos contra señoritos?

No. Habría alguna familia, pero entonces los que estaban eran los empresarios. Los empresarios siempre cuentan lo sufridos que son ellos, y que teníamos buenos salarios en la vid, pero era porque estábamos bien organizados. Ellos viven de vender botellas, pero son los trabajadores los que generan esa plusvalía, para llenarse los bolsillos. Cuando las bodegas estaban en manos de las familias, había al menos una relación entre personas. Cuando se instalan las transnacionales, no vienen a defender los productos, sino a ganar dinero, sin importarle nada. En aquellos años en Jerez se hacían vino, brandy, ponche y anís. Ahora, cerveza, whisky, ginebra, ron... Nada de lo que hacemos aquí. Las transnacionales se instalan aquí no para el producto, sino por las grandes redes de distribución, que eran tan potentes. Vienen a por réditos, no al trabajo artesanal que nos hizo famosos, y se han encargado ellos de matarlo. A mí me da alegría ver a ciertas familias que ahora quieren recuperar el crédito del vino, con pequeñas bodeguitas.

Manuel Fernández, con su libro frente a un letrero de Harveys, en la bodega de la avenida de Arcos.
Manuel Fernández, con su libro frente a un letrero de Harveys, en la bodega de la avenida de Arcos. FOTO: MANU GARCÍA

En el proceso, Jerez ha cambiado.

Las bodegas se han deshecho de los cascos de bodega. El olor a vino de la ciudad... Inundaba las barriadas. En la calle Zaragoza se hacían los tapones, había dos fábricas de botellas, una en Jerez y otra en El Puerto, había montones, se hacían litografías... Ahora, el tapón viene de Portugal porque es más barato; el cartón, de Suecia; las etiquetas, de Francia e Italia... Eso ha ido matando a la ciudad. Lo digo en voz alta, a Jerez se le debe una reconversión, como la tuvieron en Sagunto o en los Altos Hornos. Eso fue con el PSOE en el Gobierno. Aquí no. Aquí los empresarios ponían dinero por delante y la gente se volvía loca. Diez, quince, nueve millones. Pensaban que montando un bar ya no tendrían que trabajar dando cuentas. Hoy, en la vida social, donde esto, veo a compañeros que cogieron el dinero en la pobreza extrema, porque el dinero se acaba. Es una vergüenza que la empresa más grande de Jerez sea el Hospital.

¿Hizo el Ayuntamiento lo posible para evitarlo? Trató de contrarrestar esa pérdida de empleo con contrataciones.

El Ayuntamiento, ahí hubo un aparte. Pacheco dijo: "No recalificaré ni un metro de teja", refiriéndose a las bodegas. Es una promesa que no cumplió. Agustín Blázquez en el Mamelón o la bodega Williams en la barriada España.

Como dice Manuel Fernández, ya no huele a vino. Y hoy, una protesta social como la de entonces, parece impensable.

Un corte de carretera para evitar el paso de camiones. FOTO: Cedida
Un corte de carretera para evitar el paso de camiones. FOTO: Cedida

Sobre el autor:

Pablo Fdez. Quintanilla

Licenciado en Periodismo y Máster en Comunicación Institucional y Política por la Universidad de Sevilla. Comencé mi trayectoria periodística en cabeceras de Grupo Joly y he trabajado como responsable de contenidos y redes sociales en un departamento de marketing antes de volver a la prensa digital en lavozdelsur.es.

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