Celia Asencio ejerce como profesora de español para extranjeros en la universidad de Krasnoyarsk, donde permanece este curso escolar antes de poner rumbo a Kirguistán.

Celia vive en Krasnoyarsk, en la región rusa de Siberia, donde soporta temperaturas muy por debajo de los cero grados, por lo que proveniente de Jerez, se ha tenido que acostumbrar a un país, a un clima y a una forma de vida que está muy lejos de las que conocía hasta ahora. ¿Qué hace allí? Pues da clases de español para extranjeros en la Universidad Federal de Siberia, donde ha llegado después de cursar el máster de Estudios Hispánicos de la Universidad de Cádiz (UCA). Aunque Celia Asencio es periodista, “la educación me parece la base de cualquier sociedad y siempre me llamó la atención”, cuenta, por lo que no dudó a la hora de inscribirse en el máster y hacer las maletas para poner rumbo a Rusia el pasado mes de septiembre, donde lleva todo el curso escolar.

“Ha sido una experiencia brutal, llena de encuentros y desencuentros, de ilusiones y desilusiones, de momentos felices y difíciles, un año en el que he aprendido a hablar en otro lenguaje en las clases para poder enseñar español”, relata la jerezana, que continúa: “Todavía me acuerdo del primer día de clase en Rostov del Don, al sur de Rusia, cerca del Mar Negro, donde empecé este recorrido. Aquel día estaba nerviosísima, iba a enfrentarme a alumnos de primero de carrera que no entendían nada de español ni yo podía comunicarme en ruso, pensaba en dinámicas, estrategias comunicativas distintas que nunca antes me había planteado. Es un mundo también muy bonito”.

Krasnoyarsk, relata Celia, “es una ciudad muy soviética”, es decir, “industrial, donde predominan las avenidas largas y anchas, llenas de tráfico y de edificios parecidos entre sí, donde el color que predomina es el gris”. La periodista jerezana se queja, eso sí, de que está “echando humo las veinticuatro horas del día”, lo que para ella es “la peor parte” de vivir allí, ya que “todavía aquí queda mucho por hacer en cuestiones medioambientales, pero aunque se me parta el corazón pensando en lo que cada día se vierte al aire no les culpo por ello”. Para compensar, señala, “la naturaleza aquí es abundante, irrumpe en todas las esquinas de la ciudad, es indescriptible, esplendorosa, verde verdísima e infinita. Es lo que le da el punto a esto, la que lo hace original y salvaje”.

La joven periodista-profesora ha recalado en Rusia después de intentar hacerse un hueco en el complicado mundo de la comunicación. Su carrera la comenzó haciendo prácticas en Diario de Jerez —“recuerdo sentirme perdida en muchos momentos, aunque me di cuenta enseguida de que la prensa era el medio en el que me quería situar”, dice—. Después estuvo colaborando con la página web de un profesor de la universidad, y empezó a sentir curiosidad por el periodismo de viajes, su gran pasión. Tras realizar unas prácticas en una agencia de comunicación, en RNE y colaborar con lavozdelsur.es, acabó como voluntaria en Bulgaria, concretamente en Varna, una ciudad de la costa del Mar Negro, donde vivió “una experiencia muy bonita”.

Con Rusia, Celia asegura que tiene una relación de amor-odio. Por un lado, le fascina la “variedad cultural” del país, aunque confiesa que es difícil desplazarse y amoldarse al estilo de vida. “Nosotros somos muy callejeros y nos encanta tener una vida social dinámica y satisfactoria. Aquí es otra historia, el frío hace que durante casi todo el año prácticamente hagas vida de interior. No existe esa movilidad en las calles, ni las relaciones sociales son como las nuestras, son más individuales, más pausadas”, explica. “Lo mejor —continúa— es la experiencia en sí, el poder estar en la otra parte del mundo conociendo a gente, historias y sitios impresionantes, tan distintos de los míos y con tanta fuerza”. El clima extremo de Siberia es una de las cosas que peor lleva —“se pasa de los 35ºC bajo cero que puede hacer en invierno a un día de 32ºC en verano; que dura tres semanas”—. “Aquí el tiempo vuela a la velocidad de la luz, hay cambios radicales. Me acuerdo de que a las semanas de llegar aquí tuvimos una semana de 20 grados, tonta de mí que pensé que estaba llegando el verano, y, de repente, me levanté una mañana con todo el barrio nevado hasta las trancas y por debajo de cero”.

Aunque en Rusia ejerza de profesora, la vena periodística hace que Celia no pare de contar historias, fotografiarlo todo y escribirlo para “darle voz allí donde voy a los que quieren expresarse y no pueden, a las injusticias, a lo curioso… En definitiva, retratar todo lo positivo y lo negativo del país al que voy”, relata. Por eso ha rescatado su blog personal (manhattaneterno.com), “un espacio abierto al periodismo de viajes, al artístico, al periodismo reflexivo, al pausado, al poético, al fotográfico…” Ella, a pesar de todo, pretende vivir del periodismo “de verdad”, como ella lo define, “al de papel y lápiz, no al de community manager: “yo no estudié para eso, yo me formé porque quería escribir, escribir y escribir”.

Celia relata que echa de menos de Jerez a su familia, amigos, además de “la luz, el vino, el ambiente en las calles, el flamenco, nuestra forma de vivir, tener el mar a diez minutos en coche, a tomarme un buen café en el bar de toda la vida de mi barrio…” En resumen: “Andalucía y sus colores”. Y aunque ahora mismo está lejos de su tierra, piensa en volver momentáneamente pero ya tiene decidido su nuevo destino: Kirguistán. Allí le han dado plaza de lectora en la universidad de Osh para abrir el primer centro de español del país, “un reto difícil e interesantísimo”, cuenta, al que no ha podido decir que no, y que acepta en espera de que se le presenten en su tierra las oportunidades que ahora mismo se le niegan.

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