Jerez, y especialmente los vecinos de la zona rural, escapan a las Baleares en busca de una oportunidad tras años azotados por la crisis, castigados con trabajos precarios y con las ayudas prácticamente agotadas.

Uno de los destinos preferidos de los turistas españoles y extranjeros es el archipiélago balear. El clima y el paisaje paradisíaco, casi idílico, les atrapa. Otros muchos se trasladan a vivir allí, donde hallan la oportunidad laboral que no encuentran en la península. Ya en los años 90 del pasado siglo una avalancha de personas de Jerez y la provincia se trasladaron hasta allí para ganarse el pan y tras el retorno de muchos, en la actualidad tiene lugar un nuevo éxodo. Para muestra un dato: en apenas un año y medio La Barca ha pasado de contar con 4.800 habitantes a tener unos 4.200, según fuentes municipales, de los que se presupone que un amplísimo porcentaje ha abandonado la ELA para trasladarse a las Baleares, tras años de crisis y una vez agotados el desempleo y las ayudas. La historia se repite: licenciados, jóvenes cansados de trabajos precarios, y padres de familia de nuevo se ven obligados a cruzar el Mediterráneo para trabajar dignamente en la jaula de oro que les separa de su tierra natal y de sus seres queridos.

Segunda generación de emigrantes

Minerva tiene 22 años y es de La Barca. Ella y su novio llegaron a Mallorca el pasado mes de febrero. Sus padres la apoyaron. Cómo no, si la historia se repite, ya que ellos también estuvieron trabajando muchos años en el archipiélago y en la Costa del Sol. Esta joven terminó su formación en la Escuela de Hostelería con la mayoría de edad. Después ha trabajado de forma esporádica en diferentes restaurantes y cáterings de los alrededores. Muchos kilómetros y poco dinero, —1,20 la hora— y todo ello, además sin estar dada de alta en la Seguridad Social.

Al aterrizar en la isla repartía currículums cuando se encontró con su actual jefe y éste le pidió que le entregase uno. Ahora trabaja en un minimarket —zona de tienda, bar y panadería— integrado en un apartotel. “Lo mismo me toca reponer las estanterías, hornear pan o atender las mesas”. Echa mucho de menos a su familia, aunque allí tiene bastantes amigos y conocidos de La Barca y los alrededores. Prácticamente, asegura, todos los barqueños de su generación están allí, pero más allá de las circunstancias personales y de los lazos sentimentales, piensa que si se explotara mejor el potencial de Jerez y la provincia no tendrían que salir fuera a buscar trabajo. “Es una pena que teniendo buenos sitios como hay en Andalucía nos tengamos que venir aquí, que también es bonito, pero es mejor trabajar en tu tierra”. 

‘Reincidentes’

Diego, natural de Cuartillos, tiene 51 años y ha sobrevivido a las diferentes crisis de la Democracia. Él, junto a su familia, buscó una solución a sus problemas en Mallorca allá por el 97. Poco más de un año después volvió. Ahora tras más de tres años y medio en paro, mal viviendo con apenas 420 euros con los que, dice, no tiene para hacer frente a todos los gastos, ha vuelto a la isla. Trabaja de nuevo en el sector de la construcción, reformando hoteles y chalets. Esta vez solo. Su mujer se queda en Cuartillos con el resto de la familia. “¿No me va a dar penita…? Yo quisiera estar a su lado pero hay que buscar el pan. Es muy duro. No estamos fuera de España, pero debería haber más trabajo en la zona”. Su hijo de 19 años confiesa que le animó a irse, “no porque quisiera, sino porque no encontrábamos otra salida, lo poco que consiguiera allí sería mejor que la nada que teníamos aquí. Ya no había mucho que perder; es difícil tener unos padres separados geográficamente estando juntos y siendo una familia unida, pero por difícil que sea, nos permite al menos pagar las trampas”.

Este padre y abuelo de familia se desplaza diariamente desde Artá donde se aloja en casa de una hermana para ahorrar gastos a Palma: 70 kilómetros, que no son pocos. Con todo gana entre 1.000 y 1.200 euros al mes, trabajando unas ocho ó nueve horas al día, de lunes a viernes. En su tiempo libre pasea "y pienso y pienso... en una salida a esta situación".

Friegaplatos titulados

Psicólogo de formación, friegaplatos de profesión. José Carlos, ha estudiado Psicología en Málaga, solo le falta realizar el master. O mejor dicho, el dinero para ello. Los tres últimos años había compatibilizado sus estudios con diferentes empleos como montador de placas solares, repartidor de butano… aunque las condiciones que tenía no eran las mejores. Esa es la razón que le ha hecho hacer las maletas y poner rumbo a la isla de Mallorca, concretamente a Cala Rajada. “No tenía vida, no tenía dinero. Tenía trabajo, pero no me aseguraban, las condiciones no eran las mejores; necesito el dinero para pagar el máster y para subsistir”, afirma.

Decidió llegar a la isla sin vivienda y sin trabajo. Para esto último no encontró muchos obstáculos, pronto le contrataron como friegaplatos y ayudante de cocina en un hotel donde trabajaba todos los días casi diez horas. Así que decidió cambiar de empleo. Ahora está contratado en un restaurante con un sueldo 1.200 euros, más las horas extras y las propinas, unos 300 euros más al mes. “Puede que en La Barca lo ganes, pero me extraña a mí que los cotices”, sentencia. Según cuenta no le resultó fácil encontrar un piso y las dos semanas de compartir uno se enteró de que la persona que se lo alquiló no era el verdadero propietario sino una okupa. “Nos han cortado la luz, el agua; todas las noches hay peleas entre ellos… no sé lo que va a pasar”.

La experiencia para él es “dura”. Unos 600 euros debe destinarlos a los gastos y reconoce que se ha visto en la calle. Sin embargo, pese a todo, baraja la posibilidad de asentarse allí, pero no para continuar en el sector de la hostelería. “Aquí tengo más posibilidades de trabajar como psicólogo, aunque te contratan como terapeuta”. No tiene a los familiares y amigos de su círculo más cercano, pero un trozo de La Barca y el entorno le rodea. Coincide con bastantes conocidos. “Todo el mundo se cree que el La Barca es un pueblo grande porque hay mucha gente aquí pero es que se viene todo el mundo”. Tras su agridulce experiencia cree que los Ayuntamientos de La Barca y de Jerez deberían asesorar y ayudar a quienes se marchan en busca de un futuro mejor, “sobre todo cuando somos tantos, en mi trabajo el 70% de los currículums son de la provincia de Cádiz.

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