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De pequeño era un niño inquieto. Solía jugar con sus He-Man, con los Lego o con clicks de Playmobil. Peloteaba en su calle con sus vecinos, en el barrio de Zafer, cerca de La Asunción, o se dedicaba “a cualquier otro de esos hobbies callejeros que se llevaban antes de que Internet y los smartphones dominaran la Tierra”, dice Pablo Rosado. “Recuerdo que las horas de la siesta eran muy aburridas, no me gustaba dormir, así que tenía que buscar algún entretenimiento. Durante una época a mi hermana y a mí nos dio por grabarnos cantando o contando pamplinas, como si estuviésemos en la radio”, añade Pablo, uno de tantos físicos españoles que han tenido que irse fuera del país para poder trabajar. Aunque nacido en Sevilla, pasó su infancia y su adolescencia en la ciudad.

No fue hasta que entró en bachillerato cuando la física se cruzó en su camino. Antes estuvo la música. “Un día mi madre me llevó a casa de una amiga suya que tenía un piano y descubrí que me gustaba ese juguete más que cualquier otro”. Más tarde logró convencer a sus padres para que le regalaran un piano digital “en condiciones” y fue cuando empezó a componer y a escribir historias –“relatos, e incluso un libro, que jamás será editado”–, aunque también le gustaba dibujar y pintar. En la Escuela Municipal de Música tuvo como maestro a Juliol Lozano: "Me enseñó que amar la música es más importante que aprender cómo mover los dedos sobre el piano”, dice.

Todo apuntaba a que iba a dedicarse a la música, pero no. “Durante el bachillerato fui escogiendo las materias que se consideraban difíciles”, señala Pablo, que confiesa: “No tenía la menor idea de lo que significaba estudiar física. La gente decía que estudiar física era para ser maestro, y que si quería hacer algo distinto debería estudiar alguna ingeniería. Por alguna razón, mi instinto me dijo que la física era algo más”. Y entró en Sevilla. Allí estuvo el primer año de carrera compatibilizando las clases con el Conservatorio, pero lo terminó dejando: “No solo era demasiado estresante, sino que tampoco me motivaba la manera en que se enseñaba: sacar buenas o malas notas era más una cuestión de cómo mover los dedos sobre el piano, no de creatividad”. 

En Sevilla, cuenta, aprendió bastantes cosas, pero cree que sus estudios en la facultad sevillana “están llenos de lagunas”. “La mayoría de cosas que necesito en mi investigación de cada día las aprendí durante el doctorado”, señala. Aunque antes de hacerlo estuvo tres meses como becario en el Instituto de Ciencias Fotónicas de Barcelona. “Fueron geniales, una gran experiencia”, comenta. Luego se fue a Alemania, donde estudió el doctorado –en ondas gravitacionales–, en el instituto Max Planck de Física de la Gravitación –también llamado Albert Einstein–. En el país germano también cursó un máster en física nuclear. Allí ganó el Fast Forward Science, un prestigioso concurso que premia vídeos que versan sobre ciencia e investigación. “Hicimos el vídeo en bastante poco tiempo, con prisas y estrés. De haber tenido más tiempo habríamos mejorado algunas cosas, pero bueno, funcionó y ganamos el concurso”, dice Pablo. Con The Invisible Colours of the Universe se alzaron con el primer premio. Al año siguiente volvió a presentarse y quedaron en segundo lugar. Este año tuvo menos suerte. “El tiempo me jugó una mala pasada, edité gran parte del vídeo mientras volaba de una conferencia a otra, y el resultado no fue lo suficientemente bueno”, dice el jerezano, que sin embargo no se rinde: “Pienso editarlo un poco más y presentarlo quizás a otro concurso”.

Ahora vive en Australia. Está haciendo un postdoctorado en el Centro de Astrofísica y Supercomputación de la Universidad de Swinburne (Melbourne), donde trabaja, entre otros, con Matthew Bailes, un científico australiano que participa en el proyecto Breakthrough Listen –financiado por un millonario ruso y apoyado por Stephen Hawking–, que pretende emplear 100 millones de dólares en buscar vida extraterrestre.

Pablo se dedica a la investigación y en estos momentos está centrado en los púlsares. Él mismo explica lo que son: “Es un objeto astrofísico bastante impresionante. Pesa más que el Sol, pero es más pequeño que la distancia entre Jerez y el Puerto. Y, aún siendo tan denso, es capaz de rotar sobre sí mismo casi mil veces por segundo, con una precisión comparable a la de los mejores relojes atómicos que existen”. Observándolos, explica, se pueden detectar ondas gravitacionales y elaborar otros tests sobre la teoría de la relatividad de Albert Einstein.

En Australia trabaja en el estudio de las ondas gravitacionales, habla de agujeros negros, estrellas de neutrones, supernovas, relatividad, cosmología, efectos cuánticos y hasta teorías alternativas a la de Einstein

En el centro donde trabaja se encarga de organizar coloquios y de invitar a físicos y astrónomos para que den charlas. De su trabajo valora la libertad de horarios. “Hay reuniones, teleconferencias y otras cosas que exigen puntualidad, pero normalmente uno puede administrarse el tiempo como quiera”. Y lo dedica a leer artículos, responder emails y a hacer observaciones con un radiotelescopio de 64 metros, pero la mayor parte del día lo pasa haciendo cálculos con papel y lápiz –“soy bastante tradicional”– o esbozando gráficos. “Pero también, por suerte o por desgracia, como cualquier otro científico del siglo XXI, paso una enorme parte del tiempo frente al ordenador, escribiendo artículos o programando, análisis de datos, cálculos, simulaciones…”, enumera. “Es difícil resumir en pocas palabras mi trabajo”, se justifica Pablo, que asegura que, trabajando en el estudio de las ondas gravitacionales, habla de agujeros negros, estrellas de neutrones, supernovas, cosmología, efectos cuánticos y hasta teorías alternativas a la de Einstein. “Hay un poco de todo”, dice. “Entre otras cosas, buscamos detectar colisiones de agujeros negros supermasivos, o vestigios del Big Bang (o sea, el primer eructito del Universo)”, cuenta.

En Australia le queda un año de contrato, aunque seguramente le renueven otro más. “La verdad es que no tengo claro lo que quiero hacer con mi futuro”, comenta. Allí está contento. “Cada día hay cientos de actividades de todo tipo, hay muchísima diversidad cultural, y, a pesar de haber sido colonia británica, se come muy bien”, añade. Pero se plantea volver a España algún día. Aunque por el momento, no le convence lo que le ofrece el país. De hecho, toda su carrera profesional la ha desarrollado en el extranjero. “Supongo que tarde o temprano encontraría algo y sería feliz, pero no sé si sería tan gratificante como en otros países”, dice Pablo, que cree que “España necesita invertir más en educación y en investigación”. Para eso, “se necesita una vuelta de tortilla en la política, aunque pensándolo bien la tortilla tiene sólo dos caras, y las dos están ya muy quemadas”, dice. “Lo que hace falta son nuevas recetas de cocina. A poder ser, veganas”.

A lo largo de su carrera ha trabajado con físicos de renombre, aunque se queda con el que dirigió su tesis doctoral: Bruce Allen. “Él hizo su doctorado en cosmología teórica con Stephen Hawking y es una de esas personas capaces de hacer que un problema extremadamente complicado suene sencillo. Esa es una cualidad que admiro”, cuenta Pablo. “También admiro a muchos otros compañeros con los que he trabajado o con los que me he cruzado a lo largo de mi travesía científica”, añade. Hace unas semanas estuvo cenando con Kip Thorne, una eminencia en el mundo de la física teórica, y coguionista de la película Interstellar. “Ser capaz de entender los entresijos de la relatividad general y a la vez poder contribuir en proyectos creativos como una película de Hollywood es algo al alcance de muy pocos”, relata Pablo.

“Cada vez que veo en Jerez alguna tienda nueva o bar que parece interesante, pienso en lo poco que va a durar abierto”

Desde la distancia le llegan noticias de Jerez. La mayoría, malas. “Siento que Jerez no avanza, está estancada. Parece que el hecho de que sea una ciudad antigua y con historia implica vivir en el pasado, pero no debería ser así”, dice Pablo. Cada vez que viene se cabrea por las limitaciones del transporte público, el poco uso de bicicletas o la escasa variedad de actividades culturales. “También me fastidian los canis y la flora de paquetes de patatas que crece en los jardines, así como la raza endémica de señoritos y sus apariencias”, añade.

“Cada vez que veo en Jerez alguna tienda nueva o bar que parece interesante, automáticamente pienso en lo poco que va a durar abierto”. Él, que ha viajado tanto, asegura: “España no tiene que convertirse en Alemania, pero tiene que cambiar unas cuantas cosas para estar a la altura de otros países europeos”.

De la ciudad echa de menos, como no podía ser de otra manera, a su familia y a sus amigos –“aunque la mayoría están desperdigados por el mundo”–. Tras vivir en Alemania y en Australia y haber estado en EEUU, India, Tailandia, Japón, Corea del Sur y media Europa impartiendo cursos y conferencias –el año que viene irá a Sudáfrica y Nueva Zelanda– no parece que la vuelta de Pablo esté cercana. Uno de tantos ejemplos de la fuga de cerebros que ha sufrido la ciudad y, por ende el país. Ya va siendo hora de empezar a recuperar el talento perdido.

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