Rocío se levanta todas las mañanas y, tras desayunar, coge su maletín de maquillaje, se va al salón y se pinta. Hasta que no lo hace no está preparada para cantar. Ensaya todos los días, unas veces menos, y otras hasta dos y tres horas. Después de merendar dedica otro rato al ensayo. Copla, bulería, pasodoble, fandango… Le da a todos los palos. Lo ha mamado desde pequeña en una casa en la que nunca ha faltado el cante y el baile. De hecho, su padre era vecino de La Paquera, con la que sus familiares dicen que "moría". Como para no gustarle el flamenco. Su madre le cantaba desde pequeña. Y ella, con el tiempo, se fue arrancando también.

En su casa, que es la de su hermana, se respira flamenco por los cuatro costados. Los armarios de la cocina, de habitaciones y hasta el baño, están adornados con lunares. “Siempre me han gustado”, dice la hermana de Rocío, Paqui, o Curra –Curriti la llama ella–. Aunque canta desde pequeña, lleva unos cuatro años de escenario en escenario intentando hacerse un hueco en el mundillo.

Ya le ha bailado al Capullo de Jerez, ha actuado junto a Charo Reina y se ha presentado a casting de Se llama copla y Got talent. En el programa de Canal Sur cumplió el que dice que era su sueño, cantar copla junto a Cintia Merino, una de sus artistas preferidas. “Mi compañera”, la llama Rocío. Luego dice que le encanta José Mercé.

Le cuesta articular palabra, está nerviosa. Pero cuando se arranca a cantar es otra. Antes, bebe vino para aclararse la voz y se lo dedica a su madre, fallecida hace un par de años. “Va por ti, zentraña, te como tu cara”. Empieza con María de la O y se despereza. Y luego con algo de El Torta: “Abrázame, no preguntes de dónde vengo…” Y hasta se marca una pataíta. Como hizo en la mayor actuación que ha tenido hasta ahora, en el auditorio Príncipe de Asturias de Torremolinos, donde puso en pie a las 1.400 personas que lo abarrotaron para presenciar el espectáculo Dos hombres solos sin punto com… ni ná, de Manolo Medina y Javier Vallespín, en el que participó. También lo ha hecho en galas benéficas de todo pelaje y condición.

Ahora tiene en mente la Feria, donde participa en varios cuadros flamencos. Y nada más terminar, empezará a prepararse para otra fiesta que, quizás, le guste hasta más, El Rocío. La primera vez que fue tenía dos meses y medio. Y desde entonces ha faltado pocas veces, principalmente tras fallecer sus padres. Hace unos años que retomó la costumbre. Y se prepara a conciencia. En su casa ya tiene preparados los trajes de flamenca. Al menos nueve usará.

Cada cumpleaños renueva el vestuario. Siempre le regalan algún traje más. “Sus cumpleaños parecen bodas”, dice la hermana, que cuenta que lo celebran por todo lo alto, normalmente en alguna bodega. Hasta en Semana Santa canta saetas. Este año, al Prendimiento, al Cristo de la Expiración y a la Sentencia. Poco a poco se va haciendo hueco, por eso la hermana cuando coge el teléfono para concertar la entrevista tiene que mirar la agenda, que cada vez está más apretada

“No tiene hartura”, confiesa Paqui, que habla por ella, aturdida por la presencia de la cámara y la grabadora. “No me salen las palabras”, dice Rocío. Pero no hace falta. Le salen cuando le tienen que salir, cantando, que es lo que más le gusta hacer. Hasta le está ayudando a sobrellevar la pérdida de su madre, cuenta su hermana.

Mientras, su manager, Juan José, el marido de su hermana, o su novio, como lo llama ella, se la lleva a actuaciones que tiene con su grupo, Marismas. “Si no llega a un tono, se alivia, sabe cuando no va a tono, maneja muy bien los tiempos”, dice Juan José. Lo lleva en la sangre, no lo puede evitar. Es casi la hora de comer y termina la entrevista. Rocío, muy coqueta, busca el carmín. “Está todo el día pintándose”, dice la hermana. Ella tiene síndrome de Down pero, evidentemente, eso no le ha impedido luchar por alcanzar su sueño.

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