Raquel Sempere perdió la audición a los pocos meses de nacer y que es la protagonista de un vídeo en el que interpreta una canción en lengua de signos.

Se llama Raquel, tiene 24 años, y su cara le sonará a los que hayan visto un vídeo suyo que se ha compartido miles de veces en Facebook. En él interpreta en lengua de signos una canción de Manuel Carrasco. Más de 170.000 reproducciones en apenas unos días. Se le ha ido de las manos. “No esperaba tanta repercusión”, cuenta. Ya hizo otro hace unos meses, con un tema de Vanesa Martín, que no tuvo tanto éxito. Forma parte de la impredecibilidad de las redes sociales. Pero es sólo una anécdota. Detrás de la chica morena, con tatuajes y un piercing en la nariz que aparece en el vídeo hay una gran historia de superación. Una luchadora. A los pocos meses de nacer, Raquel Sempere perdió repentinamente el 100% de la audición. Ni los médicos saben explicar el motivo. “Puede ser por los efectos secundarios de algún medicamento”, dice ella. “Me tocó a mí”, añade. Y lo lleva con mucha entereza.

“La sordera es la persona que soy ahora mismo, no es una parte de mí, es lo que soy, convivo con ella”, cuenta Raquel. El hecho de no escuchar, evidentemente, le ha supuesto tener que hacer esfuerzos extra para comunicarse. No logró hablar bien hasta las 12 años, cuando le hicieron un implante coclear que complementaba la labor del audífono que lleva desde pequeña, que no hace que oiga perfectamente. “Es un apoyo, como el bastón para el ciego”, explica. Hasta esa edad no pudo comunicarse verbalmente con fluidez, tras muchas horas de esfuerzo y dedicación de sus padres, a los que les está muy agradecida. “Tuve que aprender a escuchar, a identificar qué era cada sonido, a relacionar sonidos con cosas”. Las tardes de su infancia las recuerda metidas en su casa, practicando con sus padres o leyendo, su gran pasión. “Colegio, casa, hablar y escuchar”. Así resume cómo fue su niñez.

Durante esa etapa se volcó en la lectura y se sigue volcando para conseguir la información que no obtiene a través de sus oídos. “En el colegio me perdía mucho, no entendía a los compañeros ni a los profesores… Es muy difícil llenar ese vacío”, cuenta Raquel. Pero ella lo consiguió. Empezó con cómics, ya que le era más fácil identificar el significado de las palabras relacionándolas con ilustraciones. “He crecido entre libros –relata–, mi padre de pequeña me regaló la colección entera de Zipi y Zape y cuando no entendía algo iba a preguntarle qué significaba”.

La pasión por la lectura la mantiene. “Hace poco fui a comprarme diez libros y todavía no los he empezado”, cuenta. Sobre todo de poesía, algo que ha leído desde muy pequeña. “Siempre me ha gustado Bécquer, lo leía con 11 o 12 años y recitaba en voz alta para ejercer el habla”. Con la televisión siempre lo ha tenido mucho más complicado. Sólo veía “cosas mudas”, dice, como Tom y Jerry o películas de Chaplin. “No hay accesibilidad a la información”, se queja, “hacen falta subtítulos”. Sobre todo en el cine, al que apenas puede ir. “Voy a ver películas de miedo, porque son muy previsibles, pero poco más”, dice.

"Convivir con algo que no has elegido y que encima no tengas acceso a determinada información jode mucho"

“Convivir con algo que no has elegido y que encima no tengas acceso a determinada información jode mucho”, señala. Eso sí, no le ha impedido terminar sus estudios como educadora infantil, otra de sus pasiones. “Siempre me han gustado los niños, eso es obvio, y quiero dedicarme a la educación especial”, explica. A través de su experiencia quiere hacer “un poquito mejor” el mundo de pequeños con alguna discapacidad. No descarta seguir estudiando, por supuesto, algo relacionado con la educación, que para ella es “el motor del mundo, al igual que el amor, es la clave de todo”.

Mientras espera que llegue su oportunidad en el mundo de la enseñanza, trabaja limpiando coches. “Me piden experiencia, ¿pero cómo voy a tenerla si no me dan la oportunidad”, se pregunta. Es un bucle. A eso tiene que sumar que su sordera, en algunos casos, ha sido un impedimento. “Varias guarderías a las que he llevado el currículum me han puesto pegas, me dicen que no estoy capacitada para cuidar a un niño”, dice. Algo que, cuenta, no le hace bajar los brazos. Todo lo contrario: “No me preocupa, me hace crecer y ser más fuerte, hay que tener paciencia con las mentes tan cerradas”. Y sentencia: “Me da igual que no creas en mí, yo sí creo”.

“Uno aprende a sobrevivir con tantos límites y barreras”, dice Raquel, que con los años ha sabido sacarle partido a su condición. “No vayas a poner solo lo negativo”, señala en mitad de la conversación. Y luego añade entre risas: “Me encanta no escuchar”. Sobre todo cuando hay alguna discusión cerca o está en algún lugar ruidoso. Entonces es la envidia de sus amigos. “Lo aprovecho mucho –relata–, llego a casa y me quito los aparatos, desconecto mentalmente”. “Acepto la vida que me ha tocado y punto”, señala. “Te hace ver las cosas de otra forma, naces con empatía, con más templanza, más paciencia”. He aquí una historia de superación de las que hacen reflexionar.

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