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En la grada o en los palcos. El GP se puede disfrutar de maneras muy diferentes. Y también trabajando: desde cortando jamón hasta siendo comisaria de pista. Así se vive desde uno y otro prisma.

La mañana amanece nublada, pero para cuando van a empezar las carreras ya está abierto el cielo. El refranero español no falla. El circuito empieza a llenarse desde bien temprano. Muchos madrugadores –quizás también guiándose del refranero– comienzan a poblar las gradas del trazado. La peregrinación, desde los aparcamientos, hasta ocupar sus asientos en zonas como Pelousse –la parte más barata– no se hace con las manos vacías. La nevera, indispensable un día como éste, sillas de playa, prismáticos o sombrillas y cualquier objeto susceptible de proteger del sol. Desde cartón hasta las propias camisetas o la sombra que dan los pocos arbustos que hay por la zona.

“Qué calor”, dice un aficionado que se resguarda bajo una sombrilla. A media mañana el lorenzo pega con fuerza. José viene de Valencia, 34 años, y no es nuevo en esto. Hace una década que viene al circuito a disfrutar del Gran Premio con amigos. Está atento a la carrera, pero asegura que este año hay más gente que en algunas ediciones anteriores. “Nos ha costado más aparcar y coger un sitio”, cuenta. “Dame una cervecita anda, que deshidratarse es muy malo”, dice otro aficionado a un amigo a unos metros. Hace escasos momentos que Álvaro Bautista se ha caído de la moto. “Se la ha jugado”, comenta Luis, más de siete años viniendo al Gran Premio.

Dentro del recinto del circuito, en días de campeonato, se pueden ver escenas tan diversas como gente disfrazada, o incluso un cortador de jamón. En la entrada a Pelousse, junto a un puesto de comida de un catering, cuchillo en mano y soltando loncha a loncha en un plato. “Es la primera vez que se corta jamón dentro del circuito”, dice orgulloso quien habrá protagonizado una agradable sorpresa para muchos aficionados que no esperaban encontrarse una escena así dentro del circuito.

“¡Vuelta rápida de Rossi!”, se escucha por megafonía, y las gradas rugen. Hay mucho fan de Il Dottore. Como Juan, que viene desde Madrid sólo para verlo correr. “Es el mejor de todos, muchos dicen que se tiene que retirar ya, ¡y ahí lo tienes!”, exclama entusiasmado. Le ha merecido la pena el viaje. Rossi acaba ganando, nueve veces ya en Jerez.

Federico escucha los acelerones de las motos desde lejos. Trabaja en un puesto de venta de camisetas y, durante las carreras, lógicamente, tiene menos tarea. Aunque cuenta que hace unos años no era así. “Antes los domingos eran de no levantar la cabeza”. Ahora, aunque los precios se han mantenido e incluso han bajado, se vende mucho menos, dice. “La gente mira mucho el dinero y hasta te intenta regatear”, cuenta riéndose. Eso sí, el calor de esta jornada les vino bien para dar salida a un buen número de gorras. Algo es algo.

Realmente, hay dos visiones del Gran Premio –por simplificar–. La del aficionado que madruga, carga con comida y bebida hasta las gradas y aguanta estoicamente horas y horas para ver a sus pilotos preferidos, y luego está el Gran Premio VIP. El del paddock, los palcos donde se ven a los pilotos por televisión –sólo girando la cabeza se pueda disfrutar de ellos en directo, aunque pocos lo hacen– y donde apenas se pasa calor. 

Por estas zonas VIP –o mezzaninas– se ven muchas caras nuevas. Las de los concejales del Ayuntamiento, muchos de ellos con poca trayectoria en la vida pública y menos en este tipo de actos. Al menos en esta parte del Gran Premio. El panorama aquí es distinto. Las nevera de mano se cambian por barras donde los camareros atienden con gran velocidad y no hacen falta sombrillas para protegerse del sol, el aire acondicionado hace su trabajo.

Pero claro, para que un evento de esta dimensión funcione tiene que haber muchos curritos que lo sostengan, muchas de ellas mujeres. Y no, no necesariamente azafatas despampanantes que, sombrilla en mano, se pasean por el paddock para deleite de los hombres que se cruzan con ellas. “Tenemos que darnos a valer para que el mito de mujer florero desaparezca poco a poco”, dice una de ellas en un reportaje publicado en lavozdelsur.es. Pero no son las únicas mujeres que trabajan durante un Gran Premio. Ni mucho menos.

María Gil, 29 años, es trabajadora social, está en una empresa como personal de seguridad, oposita y quiere montar una asociación para ayudar a niños con discapacidad. Pero también es comisaria de pista. Lleva 12 años trabajando en el circuito y, hace poco, se ha sacado la licencia de directora de carrera. Todavía no ejerce en Jerez, pero espera hacerlo más pronto que tarde. El año pasado ya dio la salida a los pilotos de MotoGP. “Eso me marcó, poder mirar a los pilotos a los ojos y ver la concentración y la pasión que sienten”, dice. Su trabajo, y el de otras muchas compañeras, vale para “defender el trabajo de la mujer: servimos para hacer rescates, como directoras de carrera…” Recibe apoyo de la grada, dice. “Torera” o “con dos ovarios”, son algunos de los comentarios que le dedican. A ella, que por su labor conoce a mucho personal relacionado con el motociclismo, le marcó una frase que le dijo el padre de Marco Simoncelli, piloto fallecido tras una caída en 2011: “La vida sólo tiene sentido si la inviertes en lo que amas”. Y en eso se empeña, en luchar por conseguir sus sueños.

Cerca de donde trabaja, en uno de los accesos a la calle de boxes –pit lane para los entendidos–, los aficionados se amontonan para intentar ver, aunque sea de lejos, a sus ídolos. Un pequeño, con gorra de Rossi, se tira al suelo para asomarse por debajo de una valla. Pero no hay suerte. Otros jóvenes, amontonados en la parte que da acceso a boxes desde los camiones de los equipos, esperan por si tienen suerte y ven cruzar a algún piloto. Pasa Jorge Lorenzo y gritan. “Te va a dar un infarto”, le advierte uno a un amigo, que se va decepcionado: “¿Todo eso para esto? Vámonos, anda”.

El espectáculo, este Gran Premio, no sólo está a ras de suelo. En el cielo, aviones de la patrulla águila del Ejército del Aire dibujan la bandera de España que hacen que los aficionados retiren la vista del asfalto y la dirijan hacia arriba. Con el paso de las horas las gradas se van vaciando. Muchos no esperan ni que termine la carrera. “Está claro que va a ganar Rossi ya”, dice uno mientras enfila una de las salidas del circuito. Así fue. Aunque la previsión de muchos ya no es necesaria. En apenas media hora, si no hay imprevistos, se llega del trazado a la ciudad. Algo impensable hace unos años. Pero los tiempos cambian y los dispositivos se perfeccionan. Un año en el que no hay que lamentar que haya moteros fallecidos es un buen año. Que el que viene no cambie la tónica.

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