John González es transexual, vive en la calle y busca trabajo en Cádiz

El joven logra una gran repercusión con la publicación de un mensaje de auxilio en Twitter y espera que le sirva para encontrar un empleo. Hace un año que llegó a la ciudad atraído por una oferta de trabajo falsa y su familia, que vive en León, no puede ayudarle

John, sentado en la tienda de campaña donde duerme. FOTO: JUAN CARLOS TORO.
John, sentado en la tienda de campaña donde duerme. FOTO: JUAN CARLOS TORO.

“Resido en Cádiz, trans de 22 años que necesita trabajo para poder salir de la calle, aprendo rápido, no tengo ningún ingreso y sobrevivo a base de comedores sociales, recursos de la ciudad como también organizaciones y si publico esto en internet es debido a mi extrema situación, gracias”. Cuando John González escribió este mensaje en Twitter no esperaba que fuera a tener tanta repercusión. Más de 8.000 retuits —compartidos— acumula cuando se escriben estas líneas. La mayoría, mensajes de apoyo y ofrecimientos de ayuda, alguno hasta se ha materializado. El joven pasa las noches en la calle, en una pequeña tienda de campaña en la que le cuesta dormir. Su vida no ha sido fácil y eso le quita horas de sueño.

John González llegó a Cádiz hace un año, atraído por una oferta laboral que resultó ser una farsa. Con 21 años dejó el pequeño pueblo de León donde vive su familia, y donde cobraba una ayuda municipal de 400 euros, para emanciparse y valerse por sí mismo. "No quiero vivir de ayudas, lo que quiero es encontrar trabajo”, repite machaconamente durante la entrevista. En ello se empeña cada día. La oferta laboral falsa, de mozo de almacén en Puerto Real, resultó ser una mentira de un reclutador que se tornó en impostor, y ahí empezaron sus problemas en la ciudad.

John encontró una habitación en un piso de estudiantes, pero pronto se vio ante la imposibilidad de hacer frente a los pagos porque no tenía trabajo ni forma de conseguir ingresos. De ahí pasó a la calle. Estuvo en albergues, donde consiguió plaza alegando que había perdido el DNI, porque aún no figura su nuevo nombre en el documento, ya que la legislación vigente exige a las personas que quieren cambiar su sexo legal que sean diagnosticadas de disforia de género y que se hormonen durante, al menos, dos años. Ya le queda poco para cumplir ese requisito. La mayor parte de las noches, por eso, las ha pasado al raso, en un saco de dormir o en una tienda de campaña, como la que usa ahora. El confinamiento le pilló en la calle, aunque pudo resguardarse en el centro náutico Elcano, donde el Ayuntamiento acondicionó las instalaciones para las personas sin hogar, pero ya hace unos meses que volvió a la calle.

Cada día, se levanta temprano y va a asearse y desayunar al centro de alta tolerancia para personas sin hogar habilitado por el Ayuntamiento. Luego comienza el reparto de currículum. Recorre tiendas, bares, hoteles… todo lo que se le ocurre. “Mucha gente se me queda mirando cuando lee mi nombre y me ve algún rasgo femenino”, cuenta. Eso supone un hándicap, otro más, a la hora de encontrar un empleo –de hecho, el 85% de las personas trans están en paro—, aunque no desiste. Su sueño es estudiar Medicina. De momento, se ha matriculado en un grado de emergencias sanitarias, aunque no ha conseguido plaza. “Quiero ser cirujano, pero voy poco a poco”, expresa.

John, posando tras la entrevista. FOTO: JUAN CARLOS TORO

John salió huyendo de su casa por los numerosos problemas personales que ha acumulado a lo largo de su vida. El padre de su hermana llegó a ser condenado por abusar sexualmente de él y por agredirlo cuando aun era menor de edad. A ello suma su condición sexual y el rechazo de la sociedad. “Me asignaron mujer al nacer, pero mi madre se dio cuenta desde que era pequeño. No me gustaba vestirme como una chica, ni comportarme como tal, ni tener juguetes de niñas… Me di cuenta cuando estaba acabando la adolescencia”, relata.

“El sexo siempre se ha tratado de forma natural en mi casa, pero me costó contarlo”, confiesa John. Solo cuando inició el cambio de sexo y empezó a experimentar cambios en su aspecto, cortándose el pelo o vistiendo con ropa de hombre, sintió una liberación. “Mi madre me dijo que estaba muy guapo y que tenía buen gusto vistiendo. Antes era muy dejado, no me preocupaba por aspecto físico porque no me quería”, cuenta. “Personalmente me ha mejorado la vida, socialmente no”, añade, porque ha tenido que aguantar insultos de toda clase. "Siempre he sido el raro de la clase, me juntaba con chicos, mi forma de ser era muy masculina y me insultaban todo el rato, eso lo sufrió mi autoestima”, señala.

“Al iniciar el cambio de sexo me sentía más cómodo”, agrega John, quien se hormona desde hace un año. “Tengo fobia social y he ido mejorando”, señala. Además, padece depresión crónica, ansiedad, trastorno límite de la personalidad, estrés postraumático… todo causado por su ajetreada vida. Ahora solo toma medicación para dormir, aunque hay veces que ni así puede conciliar el sueño. La situación de su madre tampoco ayuda. Hace seis años que se sometió a una operación para tratarse un esguince moderado, pero le colocaron mal la férula y eso derivó en una trombosis venosa profunda que le dificulta caminar. “Mi madre no puede trabajar y no tiene dinero para un abogado y hacer Justicia, lo que es vergonzoso”, expresó en un pleno de Cádiz a inicios de año, cuando expuso su situación. Aún sigue esperando ayuda.

John González, con las Puertas de Tierra al fondo. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Con su madre habla las pocas veces que coinciden que ambos tienen internet. “Yo no puedo llamar”. Él busca WiFi en cafeterías o edificios públicos, ella cuando le llega la señal al pueblo. “No me cuenta cómo está de salud para no preocuparme, ni de dinero, hablamos de lo que hacemos durante el día”, dice John. A su casa no se plantea volver, porque no tiene dinero para desplazarse hasta allí, ni para moverse hasta un hipotético lugar de trabajo desde un pueblo en el que “hay más gatos que habitantes”. “No pueden hacerse cargo de mí”, expresa John, que hace un año y medio que no ve a su hermano pequeño, que ahora tiene tres. “Todo esto es muy duro, si la gente se pusiera en la piel de los que estamos en la calle no dirían muchas de las cosas que dicen”, agrega.

“Quiero hacer mi vida”, dice el joven, que cumple 23 años en diciembre, para cuando espera estar en una mejor situación. “Hay quien me ha ofrecido techo y comida por trabajo. Lo agradezco mucho, pero no soy un esclavo, estoy desesperado pero no tanto”, señala sobre la repercusión de su mensaje en redes sociales. Incluso hay quien le ha preguntado si se dedica a la prostitución. Pero la mayoría de mensajes han sido de “gente buena” que lo ha intentado ayudar. Asociaciones como Calor en la Noche, Somos Cádiz o la Cruz Roja le aportan comida y ropa. A los comedores de María Arteaga y Valvanuz acude a por los bocadillos que almuerza casi todos los días. “Para las cenas me busco la vida. Si tengo dinero me compro algo”, dice.

“No pienso en el futuro, porque no tengo presente, entonces no veo futuro”, comenta John al final de la conversación. En Cádiz, a pesar de todo, está a gusto. “Mi abuelo paterno fue marinero, así que cuando tengo problemas me voy a La Caleta o a la Bahía y mi mente se despeja”, cuenta. “Los gaditanos son gente muy trabajadora que sale adelante”. Y remata: “Yo quiero salir adelante como ellos”, para así dejar de formar parte del centenar de personas que vive en la calle en la ciudad. 

Las personas que quieran colaborar con John González pueden hacer aportaciones en el número de cuenta: ES56 2100 6242 2101 0008 1343.

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