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Ana Herica Ramos y Claudia Toledo son dos mujeres de origen latinoamericano afincadas en la ciudad que trabajan para mejorar las condiciones de vida los vecinos de la Zona Sur a través de Ceain y la asociación Mujeres en Pie, respectivamente.

En octubre se celebra el descubrimiento de América. Algunas voces matizan que no fue un descubrimiento, sino un saqueo. Polémica al margen, el tiempo ha corrido y en ciertos aspectos la tortilla ha dado la vuelta. Dos mujeres nacidas en Latinoamérica luchan día a día por mejorar las condiciones de vida de la infancia y los mayores de la Zona Sur de Jerez. Han revertido las circunstancias poco optimistas que se encontraron al tomar tierras jerezanas hasta convertirlas en una oportunidad para ayudar a mejorar esta ciudad y sentirse parte de ella. Tanto que les duele.

Por la infancia de la Zona Sur

Creció en el seno de una familia popular, trabajadora y desestructurada. Esto último, recalca, “marca a una persona, la hace más fuerte”. Ana Herica Ramos (1980), nació en Santa Cruz de la Sierra, potencia económica de Bolivia, donde estudió Comunicación Social porque uno de sus sueños era trabajar en los medios de comunicación. Llegó a España casi sin querer hace 10 años. Su madre trabajaba aquí de forma irregular y vino a solucionar su situación un domingo 5 de marzo y el lunes estaba a las nueve de la mañana en Ceain (Centro de Acogida de Inmigrantes). “Cuando escuché todos los requisitos necesarios para regularizar mi situación creí que me caía de espaldas”, enfatiza esta mujer.

Comenzó como usuaria de Ceain, más tarde voluntaria dando clases de español a niños marroquíes y en los espacios de encuentros. En 2008 le ofrecieron el primer empleo en el centro de acogida. “Mi objetivo era reinventarme; no permanecía aquí por necesidad, ni por motivos económicos. Me dije: te quedas pero mirando al frente”, asegura esta jerezana de origen boliviano.

En la actualidad trabaja como referente en las relaciones ciudadanas dentro del Proyecto de Intervención Comunitaria Intercultural. Presenta estrategias en materia de educación, familia y salud, siempre enfocado en la infancia y la juventud. En coordinación con asociaciones de mujeres, vecinales otras ONG, las parroquias y las administraciones, intentan atenuar el absentismo escolar, mejorar la higiene y las condiciones de vida sobre todo de los niños.

“A veces llegas a una familia y ves que el menor de los problemas es que no vaya al colegio sino que hay otros mucho más graves. Hay niños que sufren que su padre o su madre estén en la cárcel, o tengan adicciones. Entonces hay que trabajar de la mano con los servicios sociales para saber cómo se está haciendo la intervención en esta familia”, explica Ramos. Ella se encarga de establecer los vínculos con la familia, ganarse su confianza y estudiar qué se puede hacer desde las diferentes instituciones para mejorar la calidad de vida. “Como decía un proverbio africano: para educar a un niño hace falta toda la aldea”, puntualiza.

“A veces llegas a una familia y ves que el menor de los problemas es que no vaya al colegio sino que hay otros mucho más graves. Hay niños que sufren que su padre o su madre estén en la cárcel, o tengan adicciones"

En marzo de 2015 recibió el premio Clara Campoamor en el mundo de la integración social, con el que se reconoce la defensa de los derechos de las mujeres y la lucha por la igualdad de oportunidades. Ni se inmuta cuando le mencionan este galardón. Humildemente considera que fue un “premio comunitario”. “Recayó en mí porque se visibiliza más mi trabajo al estar con la gente, pero aquí hay muchas personas que trabajan incluso más que yo. Lo mío es más pomposo porque estoy con los vecinos, me implico con las familias. No es llegar e invitarles al taller de diabetes. Es presentarme, preguntarles qué tal, si tienen este problema les derivo… acercar los recursos a la ciudadanía”, cuenta.

A la joven le duelen las condiciones de vida de las personas de la Zona Sur, el desempleo que están sufriendo. “Políticamente - dice- no hemos sido capaces, y me incluyo yo también porque ya formo parte de Jerez, de crear vías de desarrollo más allá del turismo, más allá del tercer sector, de unas políticas que ayuden a mejorar las condiciones de vida", sentencia.

Ana Érica ha roto moldes. Independiente desde los 17 años, compaginó estudios y trabajo en su país natal. “Lo normal es que estuviese feliz allí, casada después de aprobar el bachiller y con niños. Pero Jerez me ha conquistado”, reconoce. “He conocido a gente de los barrios muy luchadora. A pesar de los problemas sacan fuerzas y siguen adelante, hay alegría. Jerez me conquistó, es mi casa y por los tuyos tienes que luchar”, manifiesta Ana Érica con ahínco.

Del Monte Alto Colombiano a San Benito

Se casó con un jerezano y lo dejó todo. “Se suponía que sería sólo por un año, pero al final no ha sido así”, se lamenta en tono jocoso Claudia Toledo, periodista y política colombiana. Procedía de una clase social medi- alta y no le avergüenza admitir que le costó adaptarse. Justo antes de afincarse en Jerez comenzaba a afianzar su carrera política en Bucaramanga, Colombia. “Estuve tres años llorando. En mi país vivía en una barriada como Montealto”, evoca. El cambio fue radical.

Después del duro periodo de adaptación, Claudia ha vuelto a ser la que era. Se dio cuenta de que el barrio de San Benito donde reside no era como lo pintaban. La mayoría de los vecinos son personas mayores que viven solas, y ahora trabaja para que tengan una vejez cómoda y cuenten con todos los recursos y equipamientos en la barriada, “abandonada” afirma, en los últimos años. Para ello ha constituido recientemente junto a otras vecinas la asociación Mujeres en Pie, de la que es secretaria.

Toledo no sabía hacer las labores de la casa, sólo trabajar fuera. “Mi padre me enseñó que había que ser económicamente independientes, estudiar y trabajar. Quería que sirviéramos a la humanidad, no a un hombre”, recuerda. Y allí en Colombia o en Jerez Claudia procura cumplir la voluntad de su padre.

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