“Se vive muy tranquilo”, dice un vecino, que se queja de la falta de poda de algunos árboles. La limpieza, también entre las principales reivindicaciones.

“Se vive muy tranquilo”, dice un hombre que charla con un amigo frente a la peña xerecista Pedro Ríos. El que entienda algo de fútbol sabrá que el encuentro se da en el Polígono de San Benito, de donde es el futbolista. Luis, que es como se llama el autor de la frase inicial, pone especial atención en la tala de árboles y en la limpieza como cosas a mejorar en la barriada. En la segunda edición de nuestra serie Jerez, barrio a barrio no salimos del Distrito Oeste -en la primera estuvimos en Las Torres-, donde viven casi 29.000 habitantes, 6.700 de ellos en San Benito.

Luis termina la conversación con su amigo y se sigue quejando de las ramas de un árbol que tiene justo enfrente, que “sabrá Dios desde cuando no se poda”, y que supone un peligro para los vecinos, “sobre todo los días de viento”. Enfrente de donde está Luis hay una frutería. Allí, la dependienta, que lleva más de año y medio trabajando en esta tienda, es crítica con el estado de la calzada. La mayoría de sus clientes son personas mayores y ha visto más de una caída. “Una vez se cayó una mujer y tuve que salir a ayudarla, esto está fatal”, dice.

La limpieza es una queja recurrente. “En esta parte no entran”, apunta, por lo que se acumula suciedad en un pequeño jardín que hay junto a la frutería. No es alarmante, pero le han robado varias veces, por lo que pide más seguridad. “Algunos niños se han llevado fruta haciendo la gracia”, explica. Y en otra ocasión un señor llenó el maletero de su coche de productos y se fue. “No sé si es que no podría pagar, pero bueno, es el único robo grande que he tenido”, apunta.

En torno a unas fichas de dominó repartidas en una mesa blanca se reúnen varios hombres de avanzada edad. En el bar pasan la mañana. Ellos también se quejan de las aceras levantadas, que a más de uno le ha dado un disgusto. “Me partí el codo y ahora tengo varios tornillos”, dice uno, y otro recuerda el caso de otro vecino que se tropezó y llegó a fallecer a cuenta de la caída. “El barrio es una mierda”, dice el más pesimista de ellos. “Lo tienen abandonado”, añade. Como en casi todas partes, aquí también hay quien peca de falta de civismo y no recoge los excrementos de su perro. Eso, como es normal, les molesta.

Ellos son de los veteranos del lugar. Algunos llevan más de 40 años viviendo en el barrio. ¿Qué ha cambiado desde que llegaron? “Todo ha ido a peor, ahora hay más droga y más rateros”, cuenta uno, que dice que el día antes intentaron robar en un piso cercano, algo que no es raro del todo en esta zona.

Por un lateral del IES Alvar Nuñez un barrendero recoge hojas caídas de los árboles. El trabajador, que no da su nombre, lamenta que ahora hagan el mismo trabajo entre menos personas. “Antes éramos 15 y ahora si acaso 10”, dice. Pasan entre una y dos veces por semana y en vacaciones son aún menos, por lo que no le extraña que se le quejen los vecinos. Él, con resignación, sigue con su trabajo.

En la calle de atrás, Pepa, una señora mayor que va a un supermercado cercano a comprar yogures, se detiene para contar que el árbol que hay frente a su casa ha levantado la solería de alrededor. Cuenta que lo plantó su marido, fallecido hace unos años, “el día que se inauguró Chapín”, por lo que le tiene especial cariño. “He llamado a Medio Ambiente pero no vienen”, dice. Otra queja: salen ratas del edificio que hay junto a su casa. “Yo he visto salir algunas así de grandes”, dice mostrando con sus manos el tamaño. Luego, prosigue su paseo, no sin antes apuntar que espera que las quejas surtan efecto. Recogidas quedan.

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