Todas las mañanas le suena el despertador a las siete y cuarto. Entonces Antonio se levanta, desayuna, se prepara y sale para calle Algarve, abre la Mantequería Jerezana a las ocho y media, y se pone detrás del mostrador hasta las dos de la tarde, para retomar luego pasadas las cinco y media, hasta la hora de cierre, sobre las nueve. La ruta es la misma todos los días, aunque pronto dejará de hacerla. Antonio Reyes, 17 años despachando salazones, chacinas, jamones y todo tipo de conservas, se jubila en marzo, diciendo así adiós al que ha sido su trabajo y su pasión durante buena parte de su vida.

Mantequería Jerezana, cuenta el propio Antonio, es una tienda gourmet. En ella tiene jamones 5 jotas, queso de cabra y payoyo, mejillones, bacalao… y un amplio surtido de licores y vinos de Jerez, muy difícil de encontrar en otros establecimientos. “Hasta un coñac de 120 años”, cuenta orgulloso Antonio, que asegura que “los clientes que vienen saben la variedad que tenemos”. El negocio familiar lleva en calle Algarve desde 2009, pero antes estuvo en otras ubicaciones. Lo que se puede considerar como el germen de la actual mantequería vio la luz en La Constancia, concretamente en la calle Manuel Lara, número 7, donde ahora está el Bar El Rubio. En ese establecimiento, llamado Ultramarino Fino La Gloria, Antonio empezó vendiendo salazones, bacalao, sardinas o chacina. La esencia de lo que es hoy la mantequería. Por aquel entonces, la barriada estaba habitada por trabajadores de bodegas, recuerda Antonio, que rememora aquellos años con cariño.

El negocio tuvo una segunda vida en la calle Mesones, donde en 1985 nació la llamada Charcutería Reyes. Allí, los clientes podían observar un rótulo —que está ahora en la actual mantequería—, hecho con azulejos, en el que se podía leer “El rey del bacalao”, que es una de las especialidades de la tienda y uno de los productos más demandados. Antonio cuenta que lo puso su hermano Luis, que es realmente el dueño del negocio. La vida de Antonio no se explica sin estar detrás de un mostrador. Lo intentó en otros oficios, lejos de las conservas y los embutidos, pero terminó volviendo a la que es su debilidad. “Estuve dos o tres años vendiendo coches y luego monté una papelería en la calle Cerrón que duró diez años, pero la cabra tira al monte”, dice. Por eso no pudo evitar regresar al negocio familiar, primero charcutería y luego mantequería.

“He estado muy a gusto”, cuenta Antonio, que sin embargo, prefiere que sus hijos enfoquen sus carreras profesionales a otros sectores. Norberto y Valeria, que así se llaman, se dedicaron más a los libros que a las conservas y los salazones. “No he querido que estén aquí”, dice su padre, “ellos no lo llevan en la sangre como yo”. Y aunque está enamorado de su trabajo, es tajante: “No lo recomendaría porque son muchas horas y es muy sacrificado”. La cuenta atrás ya ha comenzado. En pocos días dejará de atender a su clientela, fiel con el paso de los años por el trato que les dispensa, amable y cercano. Su bata blanca, que tanto tiempo le ha acompañado, y su característica corbata roja, ya no forman parte de su indumentaria. Ahora está en un periodo de transición. El heredero es El Peri, un “aprendiz” —así lo llama— con 25 años de experiencia en la charcutería de El Corte Inglés, al que le dará el testigo. “Antonio es un hombre serio, pero muy bueno, de vez en cuando se pone a contar chistes, y por supuesto, se desvive por sus clientes”, dice el sucesor de la bata blanca.

“Aquí nos hacemos amigos hasta del que viene por un bocadillo”, dice el futuro jubilado, que cuenta que aunque la tienda se caracterice por ofrecer productos de gran calidad, también tiene precios asequibles. "El bocadillo de mortadela vale 80 céntimos”, señala. La Mantequería Jerezana, que fue la continuación de la antigua Mantequera Jerezana, situada en la esquina de la misma calle Algarve —de distinto dueño—, no será lo mismo sin Antonio, al que ya muchos clientes le dicen que lo echarán de menos. ¿Y él? ¿Extrañará la bata y el mostrador? “Sí, vendré de vez en cuando y me tomaré una cervecita, pero ya me toca descansar”, señala. Desde que empezó a trabajar, en 1968, han pasado ya 49 años. Merecido lo tiene.

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