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É così

¿Qué hacemos yendo al cine si perdimos la fe?

Tengo un amigo que es un pesimista tremebundo: cada vez que las cosas van bien él inmediatamente piensa en que en algún momento las cosas empeorarán. Debo admitir que se me ha pegado algo ese pesimismo existencial: con el paso de los años he desarrollado cierta aversión por el cine actual. Compruebo aterrado la aplicación irrefutable de la ley de Murphy: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”. El espectador debe ignorar en cada momento de su representación por cada protosecuela estrenada. Parece que el cine actual vive una auténtica mala racha: la crisis creativa es su estado natural. En virtud de la cual, el remedo es el mejor de los plagios. Uno asiste estupefacto a los estrenos semanales con esa sensación tan ingrata de la vergüenza ajena. Entonces nos preguntamos lo que se pregunta Carlos Boyero cada vez que va a la Berlinale: ¿Qué hacemos yendo al cine si perdimos la fe? Fidelidad al séptimo arte. El amor es ciego.

Aprendimos por las canciones que el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos, que el mundo, cada vez más ancho y más ajeno, sigue girando sin demasiado sentido y que las guerras se pierden antes de empezarla. Cada acción trae una consecuencia y modificar ésta no es más que un imposible. La noche se agavilla entre seis tequilas de más (y cien ducados de menos), merodeando entre los senderos secretos, se desliza una musa llevándose el talento de su trovador. Tal vez por eso para Benjamín Prado “la poesía es todo/lo que hay entre un disparo y el animal herido”.

En una entrevista reciente, Fernando Arrabal dijo que “el amor, e incluso la admiración, es una experiencia salvaje únicamente cuando provoca conceptos inesperados”. Nadie nace con los padres adecuados. Tampoco los hijos lo son. Algo así ocurre con el amor.

Tal vez la más hermosa canción de amor jamás escrita (con permiso del robusto bolero Contigo aprendí o del eterno tango El día que me quieras -versos que te recuerdan que aún podrías matar por amor-) sea Woman, que le hizo John Lennon a su esposa Yoko Ono en el que resultaría ser su último disco, Double Fantasy. Aunque la destinataria se sepa inherente no podemos olvidar que versos como “please remember my life is in your hands” son de un poder tan universal para asociar el ruego infantil de un amante que se sabe frágil ante su amada que ese Woman es el nombre de todas las mujeres (como nos recuerda Luis Alberto de Cuenca respecto a la musa). Porque para la segunda persona del singular queda abierta la veda de la personificación: a Dante no se le constata relación carnal alguna con Beatrice ni nece­sitamos apellidar crípticamente a la mujer que hace crujir a Borges para derretirnos al leer: ”Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca/ aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbaq”.            

La otra noche tuve un sueño con Yoko Ono. Me habló de cuando Lennon fue libre y malo. Me contó cómo lo rescató del cubo de la basura . Me explicó el concepto musical de las líneas paralelas. Me dio recuerdos de Beatriz. 

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