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Dunas de madera blanca y joyas de nogal

La polifacética artista italiana Serena Fortín, afincada en Jerez desde 2006, talla accesorios de madera en su domicilio

Cuando Serena Fortín llegó a Jerez en 2006 se dio a conocer como restauradora de antigüedades. Al tiempo, algunos empezaron a llamarla artesana al contemplar los pendientes de madera que normalmente lucía, pero ante todo, es una tallista. Una artista. Nació en Rovigo, una ciudad al norte de Italia y próxima a Venecia. Estudió música, piano, danza, ballet, gimnasia rítmica, patinaje, participó en un coro profesional… “Mi abuela se ponía a recortar papel, me enseñó a coser con una Singer… Ella fue la que siempre me transmitió esa pasión por crear cosas con tus propias manos”. Con una madre dedicada a la música, Fortín se crió rodeada de arte. No era de extrañar que luego quisiera, en algún momento, llegar a ser artista. No obstante, su padre no entendía su mundo, su ilusión. Quiso que su hija estudiara algo que significara estabilidad económica, “un trabajo que te diera de comer”. Es por ello que cuando cumple 19 años, ingresa en la Escuela de Arte de la Toscana para aprender a ser restauradora de muebles de madera, al conseguir la aprobación de su padre. “Nunca había pensado trabajar la madera. Fue una casualidad”, confiesa. Pero desde entonces, no se ha despegado de ella: “Es algo que te engancha”.

Se marchó a vivir sola a un estudio pequeño, a 250 kilómetros de su ciudad natal, para poder asistir a clase. Allí aprendió carpintería, ebanistería, marquetería… “Fueron seis años muy bonitos donde me empapé de arte”. Pero sobre todo aprendió a valerse por sí misma, a ser independiente. Fortín accedió a la escuela con unos años de más. Mientras ella tenía 20, sus compañeros tenían 14. Como ya había aprobado las asignaturas troncales en la enseñanza obligatoria ordinaria, tuvo más tiempo para dedicarse a las especialidades en la Toscana. “Por las tardes aprovechaba y me iba siempre al taller de mi profesor de talla, Alfiero Coleschi”, una persona clave en su formación. Lo concibe como uno de sus maestros. “Él me transmitió su pasión”, cuenta evocando momentos que le irradian nostalgia y alegría.

“Mi abuela me transmitió la pasión por crear cosas con mis propias manos”

Recuerda a Silvia Zampieri, una célebre restauradora italiana que también le dio la oportunidad de aprender en su estudio. “Aquello era como un centro cultural: pintores, un anticuario…”, sonríe. “Yo allí flipaba. Conocía a artistas buenísimos”. Con 24 años, se mudó a Sansepolcro, municipio donde nació Piero della Francesca, pintor italiano del Quattrocento, para trabajar en un estudio de restauración de antigüedades. A los pocos meses sus padres le exigieron que volviera a casa y muy a su pesar, regresó al pueblo. “Empecé, de nuevo, solita, en el sótano de la casa de mi madre. Allí estuve restaurando muebles y trabajé para un museo arreglando puertas que databan del siglo XV”. Pero se aburría. Si bien desde pequeña Fortín quería crear cosas con sus manos, hasta el momento solo estaba restaurando, rehabilitando la madera deteriorada y sin brillo. “Hasta que un día, al ver un escaparate de joyas, me dio por hacer un colgante de madera”.

Fortín mostrando una de las joyas de madera fabricadas artesanalmente por ella. FOTO: CLAUDIA GONZÁLEZ ROMERO.

“La gente alucinó, me pedían más y más joyas”, comenta sobre sus originales pendientes y collares de madera. Le iba tan bien que incluso registró su propia marca. “Me gusta hacer formas libres, movimientos, curvas… A mis esculturas las llamo forma pura, de ahí que mi marca se llame Formapura”. Llevó sus creaciones a diferentes joyeros de Rovigo y participó en la feria internacional de artesanías más famosa de su país. Aunque como narra, la cosa finalmente no cuajó. Los joyeros empezaron a pedirle una producción en serie y ella se negó a que su producto dejase de salir de sus manos y perdiera el carácter exclusivo. “A mí me gusta hacer piezas únicas y creo que ahí está la diferencia entre el artesano y el artista, porque el artista no reproduce, crea”.

Cansada de Italia, Serena Fortín y su marido, Silvio, decidieron volar hacia las Islas Canarias en 2006 con el objetivo de encontrar un establecimiento en España que le sirviera de tienda y taller para poder vender sus accesorios. Probó suerte en Tenerife y en Fuerteventura, y destaca que encontró una fuente de inspiración en la naturaleza de esta última. “Las dunas, su movimiento… quise imitarlas en mis esculturas”. Pero a los meses la crisis les devoró como el mar a la arena y decidieron viajar a la Península Ibérica. Ella deseaba echar raíces en una ciudad costera y se inclinaba por vivir en Andalucía. Pasearon por Málaga, Sanlúcar y Jerez, pero finalmente se quedaron con la única que no olía a mar… Fortín lo describe como un flechazo. “Me encantaba la arquitectura… Y degusté por primera vez la cola de toro en un bar de la plaza del Banco. Me quedé prendada de ese rincón y del ficus enorme que hay en la alameda”. Una vez ya establecidos, forraron la ciudad de currículos para intentar hallar un empleo. No obstante, le aconsejaron que abriera su propio taller, “porque si no, no iba a conseguir nunca un trabajo”, le decían los anticuarios. Es por ello que ella y Silvio apostaron por inaugurar, en septiembre de 2006, su taller de restauración de antigüedades en la calle Caracuel.

“A mí me gusta hacer piezas únicas y creo que ahí está la diferencia entre el artesano y el artista, porque el artista no reproduce, crea”

“La gente entraba porque veía a mi marido trabajando y le hablaban a él. Silvio era mi ayudante y se sorprendían cuando veían que yo era la jefa”. Al principio lo pasaron mal. Casi nadie pasaba por el marco de su puerta. Pero poco a poco, gracias al boca a boca, empezaron a “llover” clientes. Incluso llegaron a ser los restauradores particulares de la cabina de mando del Buque Escuela Juan Sebastián de Elcano. “Fue todo un reconocimiento a nuestro trabajo. Estábamos muy satisfechos”. Serena Fortín también consiguió hacer su primera exposición individual en Jerez, en la antigua Galería Belén regentada por Ramón Martín y Paloma Caparrós. Pero tanto a ella como a la pareja les engulló la mayor crisis financiera. Serena aguantó con su tienda abierta hasta 2011, y la sala cerró un año más tarde. El centro empezó a empequeñecerse, culturalmente hablando. Desde entonces, Fortín disfrutó un tiempo de la danza oriental, del yoga e hizo algo de coro. “Pero yo tenía que volver a mis cosas. Quería volver a crear”. Y volvió a tallar joyas de madera.

Serena Fortín posando tras la entrevista. FOTO: CLAUDIA GONZÁLEZ ROMERO.

A día de hoy, en su colección tiene colgantes con piezas de madera boj que forman pequeñas olas, una marea clara y lisa que se puede palpar. “A diferencia del mármol, la madera está caliente, es una materia viva y aunque el árbol esté cortado, este sigue moviéndose, se rompe, se abre…”. También utiliza nogal, amaranto, arce, ipe, mongoy y árboles tropicales y autóctonos de Italia. Actualmente vende sus joyas en su web y en la tienda María José Moda Mujer, en calle Sevilla. “La restauración ahora no me está dando nada”, a diferencia de su abanico de pendientes y collares.

Comparte que le encantaría organizar una exposición para personas ciegas que visualizaran sus esculturas de madera a través del tacto. “A la Galería Belén vino una persona ciega que quería ver mi arte. Me preguntó si podía tocar las obras, y le dije que sí. Él, sin conocerme de nada, comenzó a decir lo que le transmitían mis formas y hasta cómo era yo solo por las piezas que había tallado”, cuenta aún fascinada. Lo que sí tiene ya cerrado es una exposición conjunta con el pintor Carlos Jorkareli titulada In dialogo, en junio de 2017, en la Sala Pescadería Vieja. “Me encanta colaborar con otro artista, es una manera de multiplicar el conocimiento y así te llegan más y más ideas”, concluye, mientras continúa lijando una de sus onduladas esculturas en el taller de su domicilio. En su casa guarda muchas de las singularidades que ella misma ha tallado. Sus cuadros despistan. Lo que parece un marco, es un expositor, y lo que parece una hoja seca, es una hoja de hiedra tallada. Y así juega, esta italiana enamorada de Jerez, entre la naturaleza y la libertad.

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