El dedo en la llaga

Dos anécdotas en una Feria exquisita

La Feria del Caballo es el momento de gloria para muchos jerezanos que, enfundados en sus trajes  y elevando su catavino al cielo multicolor, se consideran privilegiados por exquisitos. Sin duda que algunos lo son, pero esos no necesitan aparentarlo estirando el cuello desde el reservado y apuntando con la copa  junto al segurata. Ya saben, la clase no se aprende: se tiene o no se tiene y punto.

El lunes de Feria fue de cine, pero no en el sentido metafórico por tener la mejor Feria de Andalucia, que es como decir del mundo. Lo que quiero decir es que hubo un rodaje cinematográfico por el Real, con cámaras filmando en coche de caballos y actores actuando a las puertas de las casetas. Hay que destacar la colaboración de la mayoría del público y, de hecho, los intérpretes del serial brasileño Vacaciones en familia de  la cadena Multishow declinaron amablemente las copas que se les ofrecían desde la terraza de la caseta de la Hermandad del Rocío.

El único problema fue que nos topamos con un “exquisito” de no más de 25 años, con su terno verde, camisa a cuadro del mismo color y corbata salmón con nudo windsor (un cromo de chaval) que, en tono chulesco,  reivindicó su derecho a no retirarse ni un par de metros de la puerta de su caseta, lo que le pedimos amablemente por exigencia del plano. De haber aparecido en esos momentos Torrente montado en su Harley le hubiera dado una buena colleja para que aprendiese a respetar a sus mayores, y más cuando te piden las cosas por favor. Pero como Torrente tampoco es el mejor modelo, me encargué de parlamentar con el chaval de manera que mientras seguía en sus trece de no moverse de la puerta, anduvimos unos cuantos metros de charla, la distancia justa para sacar al jerezanito exquisito del tiro de cámara. En fin, él se quedó con la satisfacción de no “haber cedido” y yo con la tranquilidad de que se pudo rodar el plano.

La Feria del Caballo es un modelo a perfeccionar y a seguir liberando frente a los intentos de esa minoría de “exquisitos” que quieren sevillanizarla. Jerez fue pionera hace 20 años en erradicar la mendicidad infantil del recinto ferial. Y lo hizo ofreciendo una alternativa a las familias ambulantes para que mientras las gitanas se buscan la vida vendiendo claveles, su hijos puedan estar bien atendidos y escolarizados en la zona de acampada. Claro que luego la gran paradoja es que muchos caseteros (o más bien los hosteleros que explotan las casetas) les impiden la entrada para vender claveles. Sucedió en la Caseta del Cristo de la Expiración el miércoles pasado, y, según las propias gitanas, sucede en otras muchas casetas. Afortunadamente, el casetero cedió cuando le hice ver que prohibir la entrada a una gitana en la caseta de un Cristo tan gitano repugnaba a la inteligencia. “Muchas gracias, que eres un marqués” me dijo la gitana de dientes de oro y ojos negros. “Ojalá en todos los lados nos trataran como en Jerez, porque en Sevilla nos tratan como a perros”.

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