Negro sobre blanco

‘Dolor y gloria’ de Almodóvar

¿Por qué acudimos a ver una película y no otra? ¿Qué nos empuja a salir de casa para ir al cine y pagar la entrada si disfrutamos más con Netflix y el gratis total? Misterios de la vida moderna. El caso es que me apetecía ir a ver Dolor y gloria el día de su estreno. Tal vez, me llamó la atención el título o el careto de Antonio Banderas. O, quizá, la historia del director que se siente fracasado y las enfermedades lo cercan hasta hacer de él un ser mísero que se niega a seguir viviendo; es decir, rodando. Puede ser. Sí, seguramente estas razones sean poderosas. Disfruto con los desheredados del reino de los cielos. 

Todo estreno de Pedro Almodóvar supone un auténtico acontecimiento. Lo suyo va más allá del cine. Es un evento sociológico. Y es normal. Hace años que el cineasta manchego se ha convertido en un clásico. Clásico moderno, pero clásico al fin. En esta película, encontramos a un autor en perfecto estado de  forma. Se trata de una producción cuidada y por todo lo alto, a media entre El Deseo (productora de los hermanos Pedro y Agustín Almodóvar) y Sony Pictures como distribuidora. Para esta ocasión vuelven alguno de sus actores más fetiches como Antonio Banderas, Penélope Cruz, Cecilia Roth o Julieta Serrano.

Los hermanos Almodóvar siempre han sabido hacer la mar de bien la campaña de promoción. La pompa y el beato es marca de la casa. Ese sello entre la sofisticación y lo camp. Entre lo que se lleva y lo que se dejó de llevar en la posguerra. Esa iconografía desfasada y, a la vez, el último grito de la modernez imperante es tan importante en el cine de Almodóvar como su contenido. No olvidemos que estéticamente Almodóvar ya es un adjetivo denominador de un género, el género almodovariano. Por ejemplo, hablando de campañas de promoción que arrasan con todo, recuerdo un viaje con mis padres al Madrid post 11-M donde, como siempre por otra parte, la Gran Vía estaba manga por hombro, nada que ver como está ahora, y un gran cartel de su película La mala educación lo inundaba todo. Recuerdo aquel cartel, enorme y sobrecogedor. Bien es cierto que yo era un pipiolo y aquella Gran Vía que yo me recuerdo también era enorme y sobrecogedora. Un cartel rojo total. Imagen poderosísima que marcó a fuego mi adolescencia de forma turbadora. La película no tanto.

Volvamos a lo mollar, la película a pelo. Viernes 22 de marzo. Estreno. Acudo al cine más cercano. Horario de tarde y la sala prácticamente llena. Público variopinto, desclasado. Público del gusto de Almodóvar. Supongo. El arranque es ingenioso, los grafismos y la voz del protagonista nos adentra en su mundo de enfermedades paralizantes. Rápidamente vemos a un Antonio Banderas caracterizado de Almodóvar. Curioso. Llega a ser cómica la interpretación. La imitación, sin llegar a ser paródica, logra sacar en mí sonrisas y risitas de perplejidad. Tras la primera media hora empiezo a olvidarme de esta impostura y a disfrutar de la interpretación de este malagueño universal. Y es que, como bien ha apuntado la crítica, las actuaciones del reparto están, en líneas generales, estupendamente. Algunas muy conseguidas, otras no tanto. Las madres, Julieta Serrano y Penélope Cruz, creíbles y disfrutables. El niño, insuperable. El resto, bien a secas. Destaca, eso sí, una intérprete del reparto coral. 

¿Algo más que añadir sin caer en destripamientos argumentativos? No mucho más. Animar a todo seguidor del oscarizado director manchego a sacar un tiempito y algo de dinero para acercarse a las salas comerciales a ver este Dolor y gloria. Es puro Almodóvar, todo su imaginario reunido en una película que, ojalá, sirva de punto y seguido en su filmografía. 

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